martes, 27 de diciembre de 2022

Lista ni tan lista de películas que me he fumado

Querida señorita R:
 
Mientras platicaba, me di cuenta que estaba haciendo demasiadas referencias a películas, creo que ya eran como 3 referencias. Demasiadas para lo que recuerdo haber hecho nunca. Y todas me servían plenamente para ilustrar lo que quería decir. O sea, no eran referencias gratuitas, sacadas de la manga, sino que cumplían plenamente su función. Entonces, una parte de mí, subterránea, guardó la observación con una pequeña nota: «para platicarle a alguien que como yo, disfruta mucho de las elipsis». De acuerdo, esa última palabra, «elipsis», acaba de aparecer, no estaba en la experiencia inmediata a la que refiero, pero que me sirve, ahora, para poder decir que, en aquél momento, de manera muy sutil quería hacer el comentario a alguien de que, para alguien a quien el cine le parecería una trivialidad insignificante (hay trivialidades no tan insignificantes), eso era demasiado.

Y bueno, el párrafo anterior ha sido de un solo aliento, y después lo he revisado y no ha estado tan mal. Bien, me dispongo a contarte cosas, a estas horas de la noche (2:30 de la madrugada) que vengo de una velada en la que he tomado mucho vino, pero que aún estoy lúcido, o más o menos, empezaba a ver la película de Luca Guadagnino esa que va de chavales que comen gente, (que me recuerda a la película de Ducournau que recuerdo que no te gustó tanto como a mí, la de las hermanas caníbales), y como es la última película que pienso ver en este año para que sean exactamente 200 películas en mi lista (he visto más pero no las pongo porque son para niños pues las he visto con mi sobrino entre otras que mejor olvidar), y pues, es inevitable pensar en ti con una intensidad que pongo en duda en el hecho de que no esté enamorado de ti.

De acuerdo, ni te conozco ni nada. Y pienso que…mejor antes de entrar a temas escabrosos, mejor te digo que te dejo esta lista de 200 películas que vi en el lapso de 2 años y que, según nuestra costumbre que teníamos, te comparto para que te rías o burles o te alegres de que compartamos gustos o lo que tú más quieras.

Y ya eso es todo, me voy porque esto se está volviendo infinito y porque quiero seguir emborrachándome.

Qué cosa tan bonita


Un Héroe o Los límites de lo moral



Incluso a los escépticos por naturaleza entusiasmará


Una para que desempolven su DVD


Esa morra tiene flow


De esas que te devuelven la fe y esperanza en el cine


A qué cosa tan deliciosa



Joyita, capricho de mi corazón


Una antiromántica que hará que te quieras enamorar








martes, 29 de noviembre de 2022

La destructividad del genio

 





Acabo de ver Tár (Field, 22), que, aunque no me gustó (es elegante, por momentos exquisita, cuyo preciosismo termina por desparramarse en nada. La culpa es de la ausencia de sentimientos verdaderos: el drama es falso, va en un crescendo forzado que no termina por cuajar en la respuesta verosímil que ameritaba una virtuosa de la dirección: de tornar bello el dolor más profundo), me parece que da parcialmente al traste con el hecho interesante de que todos, más o menos, en la medida en la que somos más nosotros mismos, es decir, poseemos más carácter que el resto, terminamos por ser unos cabronazos. Así como los momentos de felicidad los olvidamos con facilidad, y los dolores nos marcan de por vida, nuestras bajezas nos definen; pero no como atributos que se contabilizan en una gran suma, sino como efectos naturales, como frutos fatales. Lo que prueba que el ser humano está llamado a estar solo y alimentar esa soledad (campo ideal para un verdadero creador), o preservarla, haciéndose odioso.

Las biografías que dan cuenta de personas buenas, son, evidentemente, falsas. Todo biógrafo, en realidad, es un hagiógrafo más o menos disimulado; es decir, que termina por falsear datos por el afán de edificar nuevos mitos. Es curioso que el personaje central, haya sacado a relucir como ironía, el hecho de que Schopenhauer haya pregonado la búsqueda del Nirvana, cuando fue él quien empujó a una mujer por unas escaleras. Fue un asunto que le costó muchos dolores al filósofo, y que incluso aclara en sus póstumos; detalle que denota la pesada carga que le resultaba, tanto en lo moral como en lo económico pues por mandato judicial tuvo que pagarle una pensión vitalicia a la mujer. Pues bien, resulta muy parecida la vida de esta directora, interesante personaje, (Lydia Tár, si mal no recuerdo su nombre), con la que al final, todos, como zopilotes, comieran del muertito de sus excesos. Esta falta de énfasis en la naturaleza carroñera de los seres humanos en la película fue lo que me produjo malestar. Particularmente porque el crimen mayor de la protagonista fue odiar por despecho a alguien y cerrarle los caminos profesionales, como si eso fuese suficiente para orillarle al suicidio (Un suicida ni siquiera él mismo es responsable de su muerte, es algo que le antecede y que se manifiesta con el mínimo pretexto). Sus otras bajezas, casi travesuras infantiles, carecen de relación verosímil con una personalidad que tiende a la consecución del elevado arte de la música. No existe persona más inofensiva que un músico, dicho sea de paso.

Pero lo que me interesa, el tema que considero más importante, es el hecho desventurado, maldito, de que no se es realmente uno, esto es, auténtico, como cuando el demonio que somos obtiene el poder, teniendo al alcance los recursos que sus ansias expansivas le procuran. El ejemplo del dictador es pedagógico: no es un sujeto excepcionalmente megalómano, sino que estuvo en las condiciones azarosas que posibilitaron que su personalidad se amplificara. Nerón, Calígula, Stalin, Hitler, eran sujetos normales, cuyo único problema fue que podían hacer lo que querían, impunemente. De acuerdo, otros estuvieron en posiciones similares y no hicieron lo mismo, lo que probaría lo falso de nuestra hipótesis. Sin embargo, ¿qué le hace falta al misántropo para tornarse sociópata sino la posibilidad de hacer eficaz su deseo? Ese abismo que hay entre la teoría y la práctica, la utopía y el revólver, nos salva de convertirnos en los monstruos que todo ideal desearía para su causa.

Iremos más lejos: el egoísmo humano, su vileza, su miseria, su arrogancia que antepone su yo a cualquier género de multitud, es el motor real que le dota de sustancia al mundo, entendido éste como una dinámica de actos, de acciones, energías que buscan la consecución de un fin. Este fin, por más noble que sea, termina por ensuciarse pues las condiciones, las circunstancias, los sudores a los que se ve expuesta en el logro de su hipostasis, la embarran, la someten a condiciones bajas. Así, el ser humano, por más que intente lo bueno, termina por ser mal entendido; el fruto, mal aplicado; la resonancia, distorsionada; e, incluso, termina por revirarle. Los matrimonios no han servido sino para crear odio, las universidades ignorancia, y las iglesias homicidas. Las excepciones confirman la regla.




A lo largo de toda la película no pude evitar pensar en el Hannibal Lecter de la serie magistralmente caracterizada por Mads Mikkelsen. Ese oxímoron provocador de que un caníbal sea una persona refinada, hipercivilizada, y que exponga poéticamente el hecho biológicamente descarnado de que no dejamos de ser homínidos que visten seda, es una idea omniabarcante de la película en cuestión. La selección natural, la falsa idea evolutiva de que el más apto sobrevive como un león sobrevive entre corderos (de esto hay mucho qué decir, pero no es el tema), se regodea en el fracaso de lo refinado, de la sutileza del genio que se descalabra por ser inepto en la vida ordinaria. Nos recuerda a Nietzsche, a Sartre, a esos preciosos ridículos que no podían evitar ser unos genios carentes de espíritu, todo lo culturalmente interesantes que se quiera, pero cuyas vidas cotidianas dejaban mucho que desear. Porque, hay que decirlo: una cosa es la vida espiritual y muy otra, la del genio.

La vida del genio es la riqueza interior que uno crea en base a la imaginación y el culto a la belleza, al orden y a la individualidad (no al individuo, puesto que éste puede no valer nada si carece de la ambición de querer ser único), siempre surgida de un don particular, de un tono, de un talento. El genio es centrípeto, va hacía sí, se edifica un altar hacia sí mismo, por eso es imbatible, y termina por imponer sus verdades. El espíritu, por el contrario, es disperso, centrifugo, se abre, es generoso porque se cansa pronto de sí y busca una nueva posición desde cuál narrar sus procesos vitales. El espíritu se aferra a un yo para no sucumbir a la disgregación, el genio no se aferra a un yo: no le hace falta, para él no existe más posibilidad fuera de sí que la de toparse con su proyección. El espíritu es empático, tiende a la santidad; el genio es egoísta, tiende a lo místico, a fundirse en Dios como una forma velada de desaparecer en sí mismo. El genio recurre al espíritu para ser creativo, de lo contrario, se autodestruiría. Los artistas, los creadores, viven en el drama de esa tensión que el mayor del tiempo produce esterilidad, caos, tragedia. En términos simples, el espíritu es moralidad, y el genio, aptitud.




Pues bien, la historia, las biografías de los grandes hombres, por darles un nombre vulgar, son aquellas en las que ha prevalecido el lado destructivo del genio (como en Raskolnikov). Eso ocurre porque nos dejamos seducir por nuestros recursos, nuestras capacidades, y víctimas de que eso nos da derecho a querer cosas prohibidas, sacrificamos nuestra vida, sin percatarnos de que eso arrastrará a más de uno. Los que nos aman son los primeros en pagar esa osadía, para luego ir cayendo de la gracia de nuestros admiradores. Porque, el ser humano no puede evitar pensar en que Picasso era un misógino, Heidegger un nazi, Wagner un antisemita: para la vista común, genio y espíritu se confunden. Puedo advertir, por ello, que les era consustancial el que sus personas se inclinaran por tal o cuál tara, porque el genio es en sí mismo una tara: la hipertrofia de crear, de no contentarse con ser, sino elevarse por encima de todos y de todo, en una corrección al «creador primigenio».

Pero el ser hipercivilizado no produce estridencias tan llamativas, no se embarca en ese proceso de autodestrucción que ha llamado tanto la atención en el artista; no, el sujeto de esa estirpe encalla en la muerte del espíritu que es, en suma, la caída en el abismo de la esterilidad, el desencanto y el marasmo. No es lo mismo correr hacia la muerte que saberse ya muerto y seguir caminando. El hartazgo es, por una desgracia o un milagro, proveniente de voltear los ojos atrás y percatarse de que el reino de la cultura, de las artes, de las ciencias, de la filosofía, no han servido ni servirán para inspirarnos a continuar en un proceso histórico esperanzador. El aristócrata caníbal, sigue teniendo ese tufo al epiléptico que cree en el progreso y en las revoluciones, al avance de la historia hacia una meta en la que el hombre es mejor cada día. No hay asomo de lucidez que nos desnude el hecho de que no se avanza más que a la muerte, a la extinción total de la especie, a la imposibilidad no sólo de otro mundo, sino de éste mismo: lo «real», el espíritu flotando sobre la vida pura, es una alucinación de un Dios demente.

Al final de la película, la protagonista, marchita y desterrada, dirige una ínfima obra sinfónica dirigida a un público de creeps; es decir, todo sigue igual…no, es mejor: se ha desnudado la mascarada y tornado explicita la verdad de que sólo el dolor produce sabiduría, y sólo la soledad posibilita ese silencio en la que se hace audible el universo.




miércoles, 23 de noviembre de 2022

Adiós a la Soberbia Inutilidad

 


Sin duda, una raza muy noble
Una raza muy noble, sin duda


El asunto con «perder el tiempo», no es que se pierda, sino que ese tiempo sea exclusivamente de nuestra propiedad. En cuanto nos debemos o alguien cree que ese tiempo le corresponde, estamos acabados. Ya no se podrá ser libre de la más íntima manera: dejándonos ir, a la deriva, en manos del hastío. Para poder hacer una ofrenda propiciatoria de tal lujo y extravagancia, se necesita ser dueño de lo que se ofrece. Pero, ¿hasta dónde, cuánto y cómo somos dueños de nuestras energías?

Sustraerse del mundo tiene un precio: ser capaz de romper con todo lazo, no por obligación, porque se huya del compromiso, sino porque uno así lo quiere, porque se quiere el destino de vivir de distinto modo. En un principio se tiene la necesidad de romper por hartazgo, porque, incluso, se sabe del profundo desprecio necesario hacia ciertas cosas del mundo. Uno está en ello, lo solivianta, lo azuza, le prende fuego. Nos marchamos y por negatividad la vida nos desgarra. Pero no puede durar pues es una ficción: todos somos víctimas del caos de tener que abrirse paso entre empujones y golpes de codo. No hay odio hacia ningún ser humano que no provenga de una insuficiencia consigo mismo. Odiar a un enemigo es el rodeo para terminar por odiarnos. El odio es la reacción del organismo que no ha podido desprenderse, en franco vuelo cenital, de la masa, y así perderse en algo superior a sí mismo.

Por continuación uno busca lo exactamente contrario a la huida; esto es, el amor hacia un lugar, un sitio. Ahí uno se instala, y cultiva esa adhesión, seguro ya que eso habrá de darnos paz hacia el final de nuestros días. Desde luego, aún nos falta la sabiduría máxima: la pasión también es un espejismo, pero no cuenta como conocimiento más que después de haberlo vivido. Esto es muy importante decirlo pues en el terreno vital es ineficaz que tengamos mucha de esa imaginación que cree poder vivir las hipótesis fatales. Incluso, la inteligencia, del tipo que sea, es débil ante las fuerzas emocionales que nos definen de fondo y que ya han optado por su camino aún en contra de los paisajes que nos hayamos pintado, sueños y expectativas proyectados.

(Uno se enoja porque necesita enojarse, tener espuma en la boca a fin de impulsarse y saltar. A quien lastimemos con eso, será cosa secundaria, pues tendremos una explicación legítima, una causa legal que nos dicte sentencia absolutoria. O al menos eso creemos firmemente).

Todos los días comprobamos que estamos presos, que somos convictos de todo aquello que no queremos. Buscamos algo y terminamos en exactamente lo contrario. Queríamos amor, y he aquí que acabamos en una malquerencia. Queríamos paz, y nos la desvivimos en las ansias de que no nos sea arrebatada. Fácil es llegar a la conclusión de que sólo logramos conseguir exactamente lo contrario a lo que nos proponíamos. Es como si el universo fuese la encarnación de la ironía, una máquina grotesca de producir sarcasmos y bromas, paradojas y disparates… Habrá que desear el odio y la angustia, a ver qué pasa.

Despersonalizamos al universo desde hace mucho: esto no puede ser obra de un Dios bueno. Así, tan abandonados, tan huérfanos de toda seguridad y comodidad,  nuestras mentes naufragan y se entregan a la dulzura de tramar venganzas, de concebir un forma refinada de darle sentido a lo que nos pasa y así sentirnos menos presos. A veces lo conseguimos, a veces no. Un invento, un arma a la que solemos recurrir es la de burlarnos del mundo, de la vida, desapareciendo de ella, entregándonos a la soberbia inutilidad.

Concedido: es imposible tal, pero no es imposible elevarlo a categoría de valor máximo, sagrada guía moral. Vamos, ¿quién demonios ha alcanzado el Nirvana que no pongamos en entredicho?

La soberbia inutilidad no es una huelga, un mitin para amagar al poder, hacerle dieta forzosa al sistema. No, nada de eso. Su esencia se asemeja más a la idea de la ofrenda, aquél obsequio que se les hacía a deidades cruentas y antiguas que exigían la separación de los objetos valiosos de su trama de eficacia, del círculo económico y funcional de la vida. Optar por ser un inútil se asemeja a la reclusión monacal, que por desprecio y repudio al mundo (desde luego disfrazado de pasión por lo divino), veía consumarse una vida sin obtención de fruto de ningún tipo. No hay némesis más radical al paradigma de lo útil de nuestro mundo vulgar y bajo, que esa fuga. Y aunque se nos diga que tales renuncias no tienen nada de original, con ello nos inflan más de orgullo: sólo las almas superficiales tienen un apego por lo novedoso.

La soberbia inutilidad podría ser nuestro galardón de no ser por un obstáculo mayúsculo con el que nos topamos: de manera natural e intrínseca estamos entregados al autoboicot, a la concepción mutilada, al esbozo abortado. Esta imagen nos va justa a pesar de ser reiterativa: todo lo que hacemos es como un fruto que no logró madurar y caer al suelo pues los pájaros y el gusano se lo devoraron en el árbol. Nos surge una duda: ¿hemos postulado un valor, que vale tanto como decir una deidad, para justificación de nuestras debilidades, nuestros vicios y taras? O para ser más exactos: ¿hemos vuelto libertad nuestro destino? Estábamos condenados a ser presos, pero fingimos optar por esa reclusión. Así, elevamos nuestra condición a un plano digno, a una situación «existencial».

(El existencialismo, esa payasada que cree que podemos elegir ser mártires de nuestras obsesiones e insuficiencias, etc.)

Nos pudre la vulgaridad de esa salida. Ni siquiera nuestra vida nos pertenece, no podemos hacer lo que nos venga en gana, no podemos ser un genio o un idiota, pues algo definió eso por nosotros. Pero sí podemos, pues ahora aquí sí tiene valor, imaginarnos el porqué de esas taras, o mejor dicho, por qué el boicot de querer elevar a categoría de paradigma supremo a la inutilidad absoluta.

Las personas con talento que no se aventuran a más, que se quedan en el gustoso y hasta digno plan de ser unos aficionados, suelen inventarse un instrumento eficaz de lisonjearse sus cobardías: el miedo al ridículo, a ser un pretencioso que no valía nada; a ser un imitador de quién sabe quién, o de producir golosinas culturales que a nadie le sacia el hambre. Ese miedo es muy fundado, por cierto, porque cruel es la verdad. Pero no vale como forma de conseguir una plenitud personal a la que no le bastan esas verdades, pues si la vida es una gran destructora de éstas, nuestros organismos vivientes también lo son. Por más que nos lo ocultemos, en nuestro interior, se sigue fraguando la sed de seguir adelante, no con éxito o con reconocimiento, trivialidades procaces, sino con el placer de crear expandiendo los límites creativos, de pasar de lo ordenado a lo bello, y de lo bello a lo sublime, por decirlo en términos simples.

Existe otra forma espuria y particular por la cual se opta por no entregar por completo el fruto de nuestro trabajo: por la estrategia ladina de que crean que podíamos más. En el terreno intelectual es cosa corriente los póstumos incompletos, los cuadernos abandonados, e, incluso, las explicaciones de nuestros métodos de inspiración, ¡valga el oxímoron!, para que el público divague hasta la especulación desmesurada sobre la clase de genio sacrificado que se era. Pero el ser humano no tiende ni tenderá a la consecución de propósitos tan píos. No hay nada que admirar en lo periclitado más que una soberana mixtificación de insuficiencias en el talento.

Pese a que existen obras literarias u otros productos artísticos que fueron coronados con el suicidio de sus autores, la creatividad se encuentra íntimamente ligada con el instinto de supervivencia. La creatividad suprema se da cuando en psicología, somos capaces de ver una salida a nuestros laberintos emocionales, los que, por no haber sido solucionados en su momento, se acumulan y ensañan con nuestras fuerzas. La mente, inflexible, corrosiva (o incompetente, sino es que es lo mismo), suele hacer dicotomías que le brindan capacidad de comprensión, hasta que desde abajo, pulsaciones más fidedignas a lo vital, ejerzan coacción para cambiar de perspectiva. Una realidad que los filósofos parecen desconocer pues a lo largo de sus biografías es notorio el empeño en sacrificarse en aras de una cosmovisión que sus mismos organismos rechazan. Hemos tomado «decisiones» (por darles un nombre), siguiendo quimeras mentales, o, mejor dicho, hemos hecho interpretación de nuestros movimientos biológicos, siguiendo cierto paradigma de explicación que a la larga deviene obsoleto. En efecto: lo primordial en psicología es saber que el organismo siempre está adelante, que lo que llamamos voluntad, está cargada (como se carga un dado), por la fuerza de necesidades hondas que, al menos en un principio, son difíciles de prever y de valorar.

Como un sinodal, nuestras vidas podrían sentar a nuestras verdades y hacerles ciertas preguntas, del tipo: «contigo, ¿se puede suficientemente vivir a fin de poder morir en paz?» Porque, parece ser, a la verdad no se le escoge, sino que se trata de una proyección personal. Esto quiere decir que no se le escoge, pero que no por eso no nos convenga. De hecho, es más apropiado decir que, precisamente porque nos conviene, no se le escoge. Estamos forzados, por necesidad, a echarnos a sus brazos. Es de hecho, lo más convenenciero que existe porque solapa la parte más «beligerante» de nuestro ser. La prueba de ello es que el ser humano, narcisista y ególatra por naturaleza, no puede vivir sin religión, es decir, sin alguien que continuamente lo sobaje y humille…a cambio de la eternidad, desde luego.

La vida humana requiere de lapsos de distensión y contención, de extremos en los que colocar las certidumbres contradictorias que su ser le arrojan. Una salida fácil a esas paradojas desmesuradas es la creación de cosas como la dialéctica, que no son más que galimatías sin sentido que no terminan sino por revelar la gran fragilidad de la inteligencia humana. No: la vida requiere de renuncias, rupturas, herejías y nuevos comienzos sin conciliación de ninguna especie, y no se puede pasar todo el tiempo divagando en una verdad tan omniabarcante que nos seque los caminos. La verdad es insoportable, de ahí la necesidad de refugiarnos en el nomadismo, en la suprema mutación perenne del artificio. Si todo eso, desde fuera, da la imagen de sistema, de proceso, es cosa que no sólo no importa, sino que no nos debiera de importar.

Así, nos contorsionamos en una negación de nosotros mismos, luego, por hartazgo, nos recreamos en la prolongación de nuestro yo, para luego, regresar y etc. Pero todo ello no ocurre de manera racional, ni lógica, ni entendible por ninguna ciencia por el ser humano inventada. El consejo que podemos discernir entre tanto ruido es el de aprender a escuchar nuestras necesidades, a potenciarlas y liberarlas…porque un satisfactor le espera, seguramente, pendiendo de alguna rama. Se optó por la inutilidad absoluta, en su momento, porque eso aquilataba las ansias creadoras, el añejo de la rabia de querer vivir.

La soberbia inutilidad, finalmente, gana porque de fondo debemos reconocer que nada en esta vida logrará sobrevivir. Todo perecerá, en miles de años ya no se sabrá más de nosotros, e incluso, en un millón más, la civilización habrá desaparecido. Pero eso aún no ocurre, y sería necio, como el ansioso que no bastándole los males presentes, desea también los futuros, negarse a darle rienda suelta a la vida que nos tocó vivir.

viernes, 18 de noviembre de 2022

La creación como crecimiento

 




Los escritores jóvenes, o la gran mayoría, les ocurre lo que a otros artistas en otros géneros, en particular en la música: al carecer de cultura suficiente (por más devoradores de acetatos o libros que hayan sido), terminan por repetir esquemas o tonos enteros que a un conocedor ya hasta le aburren. El resultado es una especie de plagio inédito, de pan con lo mismo de ínfima calidad que morirá abortado. Carecerá de futuro, pero, sobre todo y más que nada, de influencia en la cultura en el devenir de los siglos.

Es una paradoja puesto que sólo tienen ganas de publicar o de alcanzar el prestigio de publicar, los jóvenes, por lo común, carentes de toda profundidad. Sólo los genios se salvan de ello y pueden, al menos con algún suicidio, salvar la insidiosa ingenuidad de ser escritor.

Ha pasado que las primeras publicaciones sólo sirven como degustación. Que ya luego viene lo serio, lo real, el platillo principal, siguiendo con la metáfora sospechosa. Muchos autores reniegan de sus primogénitos como a bastardos. Y sin embargo, es ilustrativo percibir qué tanto ya estaban ellos todos ahí, incoados, en potencia. Tal es el caso de Dostoievsky, que después de la experiencia siberiana será casi por completo otro. Si hay alguien que contraviene la idea de que el destino es nuestro temperamento, ese es el escritor ruso. Una toma de consciencia como ninguna otra se obró, arrebatándole a su destino la fuerza de su inercia: la insustancialidad del ser humano y lo sospechosa de toda forma de salvación. Esto es superlativo si observamos que proviene de quien solía ser un romántico revolucionario, un creyente en el porvenir humanitario.

Esa transfiguración ha tenido muchas interpretaciones, incluso la que lo convierte en mártir cristiano. Pero nada de eso; sólo una lectura desatenta nos impedirá ver que Dostoievsky siempre se está burlando de sus lectores, lo que lo torna escurridizo, y sólo legible a los desahuciados y nihilistas. Pero ese es otro tema.

Lo que importa aquí es hacer ver que, incluso el autor más profundo que ha dado la humanidad, tuvo que emprender su odisea de lo vulgar, de la simplonada, lo bonito y lo socialmente aceptable. Era hijo aún de la literatura clásica, de Pushkin y Gogol, etc. No podía, para poder vivir de su pluma, dejar de vérselas con temas tradicionales, desde enfoques convencionales. Pero el paso y repaso, dominio hasta la saciedad de esos aspectos técnicos le ayudó a adquirir una maestría inusitada en la creación de personajes y de circunstancias como nunca se ha vuelto a ver en la literatura. Desde luego el tipo de literatura en la que se desarrolló Dostoievsky ya terminó, y ya nunca más se podrá regresar a ella.

En pintura ese recorrido es mucho más claro, casi pueril de poder entenderlo, con todo y Van Gogh (ese insólito aficionado), quien como Bach y Rimbaud, es uno, desde el principio hasta el final (Nótese como el primero es el summum, en este caso del barroco, y como el segundo, el pionero de la poesía moderna). Pero el caso de la literatura es un campo aún intermedio, pues en el dominio en el que menos visible resulta es en la música: un buen músico suele no conocer limitantes técnicos cuando su imaginación está desatada. De hecho, pese a los muchos conocimientos teóricos que adquiera después, él mismo se seguirá maravillando que haya hecho composiciones juveniles tan acabadas. Sólo acertará a decir: «yo no creé este engendro, me vino de un sueño, sólo fui un instrumento para que viniese a la vida». Como Napoleón en Santa Helena, que no sabía nada en su última batalla que no supiera desde la primera, Bach carece por completo de evolución real: todo él es unitario, monolítico. Es como si el músico estuviese más cercano al espíritu del héroe deportivo que en un destello de pocos años conoce su plenitud. Precisamente, la música, ese arte tan aéreo, gran parte de su nobleza proviene de la total ausencia de necesidad de conocimientos teóricos para poder darle su mágico esplendor. Eso también explica por qué hay mucho resentido que se venga del creador puro sacando a relucir en la crítica los aspectos menos briosos de su técnica o formalidad. En música, como en casi todas las artes, hay mucho maestro, mucho conocedor, eruditos, pero soberanamente estériles, incapaces de crear una sola pieza medianamente disfrutable. Así, el virtuoso es una extensión del crítico en tanto atiende a una formalidad excelsamente hueca. Un fenómeno que suele repetirse una y otra vez: que en atención de los aspectos formales se olvide por completo el panorama total de la obra, el universo al que atiende, el tono subterráneo del que proviene.

En literatura eso es mucho más complejo pues la mayoría empieza por imitación, como por un acto reflejo. Sin embargo no es imposible adivinar, como pasa con los malos poetas y los malos filósofos, que sus lecturas han malamente consistido en leer poesía y filosofía, respectivamente, cuando sus fuentes debieron haber sido muy otras. Incluso, y para acabar pronto: leer demasiado también puede ser perjudicial para un escritor. En el caso de ignorar libros y autores, pueden ocurrir dos cosas: una, o se reinventa el agua tibia, o se revela un universo más o menos inédito. Recordemos: nadie puede ser original, a lo sumo se aspira a hacer plagios inadvertidos, en una síntesis sutil que borre las fuentes; por lo que casi tenemos una respuesta en materia de riesgos del dilema anterior.

Eso, respecto a las causas, respecto a los efectos, es pertinente señalar que todo autor debe necesariamente cultivar la soledad. Un escritor que conoce continuamente la tertulia, termina por secarse. De ahí la observación muy bien hecha de que los autores latinos suelan divagar debido a su excesivo desgaste en la cháchara. Llegados al momento de expresarse sobre la hoja en blanco, ya no tienen nada que decir. Los espíritus taciturnos, como el caso de los europeos del este o los nórdicos, quizás los orientales también, son privilegiados en ese campo: sus laconismos y hasta sus mutismos los enriquece interiormente, para mejor aprovechamiento de sus artes. Situación que, por otra parte, aprovechan los críticos de la cultura para sacar a relucir el carácter banal de toda creación, su artificialidad frívola. Es verdad: mucho se dice que la verdadera vida es mucho más ocurrente, que existen crápulas ingeniosos en cuyas borracheras conciben aforismos que hasta La Rochefoucauld envidiaría y que quedarán para siempre en el instante perdido.

Todo arte busca, así, arrebatarle a la eternidad la vida que parimos, dejar la huella de nuestro insustancial «yo». Porque de lo que se trata no es de soslayar la muerte, sino de una acción modesta y realista: advertir que nuestra identidad, nuestra persona, es tan pobre como para poder preservarse en el frasco de lo literario. Pensándolo bien, replanteando todo, la acción de escribir y dejar huella de sí, es un acto estremecedor, con una mezcla sutil de lo macabro, lo sublime, y lo sensual. De ahí que dar muestra de un proceso de despliegue de nuestro ser, en inicios trompicados y desastrosos, como si aún nos costara romper cordones umbilicales espirituales, sea la medida humanamente necesaria para llegar a convertirnos en quien deberíamos llegar a ser.


martes, 27 de octubre de 2020

ENSAYO SOBRE EL «ENSAYO SOBRE CIORAN» DE SAVATER

 



Puedes bajar en PDF "Ensayo sobre Cioran" aquí:   https://epublibre.org/libro/detalle/35737


1. Introducción: la maldición de Casandra

 

Entiendo a Susan Sontag cuando sugiere que la obra de Cioran es la continuación de la de Nietzsche. Esencialmente ambos miran al mundo tal cuál es: drenado de contenidos reales, de sustancias valiosas, de misterio. ¿De dónde inventa Nietzsche que el hombre puede, justamente por eso, proveerle de contenido al universo? Ese Will Zur Match, «voluntad de poderío», ¿no es acaso tan estéril como el imperativo categórico kantiano, la forma queriendo ser fondo, la voluntad que se quiere a sí misma pues por que sí?

Al respecto he pensado en el argumento fallido de Jonathan Nolan sobre la tercera temporada de la serie televisiva «Westworld». Habría que porfiarle al argumento que una máquina que pudiese prever el futuro es imposible puesto que se tendría que enfrentar a la paradoja temporal de que ese conocimiento incide sobre la realización de la predicción, creando un círculo vicioso imposible de resolver, un bucle temporal eterno. Debió espiar mejor a Asimov y su solución: en el «Ciclo de Trantor», Harry Seldon, el creador de la «psicohistoria», prevé el fallo de su propio sistema, y por ello crea un sistema alterno, una «Segunda Fundación». Aún más: es demasiado famosa la paradoja favorita de Jorge Luis Borges respecto de los juegos recursivos, de los conjuntos que se incluyen a sí mismos, ejemplificando el tema matemático del regreso al infinito. Después de analizar la paradoja del mentiroso («En estos momentos te estoy mintiendo») señala la del caso del aprendiz de vidente cuyo sinodal le pregunta acerca del resultado de su examen para obtener su grado de adivino. ¿No conocía Nolan todos estos absurdos deliciosos de refinados ociosos con afanes de Dédalo? Desde luego, pero –nosotros creemos- en pos de tomarle el pelo a su audiencia, los ignoró. Era más comercialmente vendible pensar que una máquina, a la manera de la «oráculo» de las hermanas Wachonsky en Matrix, encarnada por Dolores Abernathy en «Westworld», podía plantarle una revolución anarquista a la mente todopoderosa «Salomón» (cuyo análogo en la susodicha cinta noventera es la del «arquitecto») y así liberar a la raza humana de su aciago destino. Todo ello imposible, desde luego, pues algo que realmente predice el futuro da por fatal lo previsto.


Dolores Abernathy: Neo feminista
Dolores Abernathy: La Neo feminista



Es posible que dicha estrategia de Nolan sea la misma que aplicó Nietzsche cuando «introdujo» el eterno retorno de lo mismo. La idea en sí no era lo importante, sino el guiño de ignorar voluntariamente que él no era el creador de esa idea. Esto quiere decir que quien crea la realidad puede adjudicarse cualquier creación que en ella se encuentre, lo cual, desde luego, es un disparate. Y eso lo sabía Cioran: saber no es lo mismo que ser, y el primero no tiene posibilidades de cambiar lo segundo. Por continuidad con Schopenhauer, diremos que el interés define al conocimiento, y que es la voluntad de la naturaleza quien determina qué existe y qué no, qué puede ser conocido y a qué precio.

Cioran conoce al ser, la totalidad, el fin de todo. Sabe que eso no puede ser cambiado, que hemos nacido, desgracia suprema, y acabará el infierno cuando muramos. Sabe que en balde nos agitamos por cambiar eso (Nos recuerda tanto al argumento de «12 Monos» de Terry Gilliam). Nietzsche cree que eso es verdad, pero con un ligero matiz: ya que no hay nada, ¡hagámoslo todo y hagámonos a nosotros mismos como queramos!, aunque sepamos que no sirve de nada: esa es la dignidad que hay que pregonar, que precisamente porque carece de sentido es valioso. Nada nos obliga a ser mejores, hagámoslo simplemente porque nos place.


El hundimiento de Nietzsche: el arquetipo de la destrucción de una mente que no se conformó con ser humana



En realidad, Cioran no niega a Nietzsche (aunque le parezca un ingenuo y le parezca que se haya negado a naufragar en la asistemicidad salvándose como filósofo y hundiéndose como poeta), sino más bien diremos, ¡oh cliché de clichés!, que lo complementa. O, mejor dicho, el último complementa al primero pues, en todo momento hay que notar la superioridad del pensamiento del rumano sobre el del alemán, porque, paradójicamente, no se está más cerca de la transformación total que cuando la consciencia avizora la imposibilidad del cambio, cuando se rinde a lo imposible, cuando la fatalidad presenta todo su rostro y ya inane es poderosa máscara a nuestro servicio.

Tales conclusiones pueden ser el resumen del Ensayo sobre Cioran de Fernando Savater. Pero no me quiero adelantar a hablar de éste. Quedémonos en el asunto de la forma en la que la realidad, desnuda de misterios, de supersticiones y cambio, nos resulta útil, al menos en el sentido en el que a Casandra le era útil saber sobre la destrucción de Troya.

 

2. Conveniencias de mirar a la realidad desnuda

 

La primera distinción que observamos es la de la desaparición del misterio de la muerte, la certidumbre de su consistencia y, por ende, la perdida completa del miedo a morir. En efecto: morir es el acto inverso a venir a la vida y, siendo este un acto gratuito y arbitrario, se muere por una causa lógica simple: morimos porque no tuvimos que haber nacido (no «no debimos»). Y, finalmente, lo más importante: morir es regresar a la nada que nos precedió. Es importante que esa «nada» carezca por completo del matiz occidental violento que suyo han hecho los discursos nihilistas y existencialistas. No, esa nada es un limbo amniótico, un lecho vacío de toda oscuridad y luz, hecho del silencio más puro. Si nuestra imaginación es escasa al respecto, habríamos que compararla, si se quiere, con el Sunyata («cualidad de lo vacuo») budista, con un estado de completa inexistencia serena. Sin embargo, no hay que olvidar que es totalmente negativa, no depositaria de las condiciones del ser, y que,  por lo tanto, no representa ninguna forma de premio o estado de perfección. Es inadecuado decir que cuando morimos caemos en el «descanso eterno». No es ni más ni menos que eso, se trata de una categoría por completo diferente: es la cesación de las categorías.


¿Píldora roja o azul? Disyuntiva de iniciarse en la lucidez, según la cultura popular



Señalamos lo referente a la negatividad de estar muerto, porque no se debe pensar que la vida es un proceso de purga o redención. Si fuera así, las religiones estarían en lo cierto. Pero no es así: no vivimos para redimirnos, ni para perfeccionarnos, ni para ejercitarse en un proceso meritorio (ni para tomar una decisión absoluta). ¿Qué habría que salvar cuando hemos venido al mundo sin que queramos, y no hemos tenido más remedio que sobrellevar su pesado fardo de oprobio y enajenación? Ver al ser, su vacío, es mirar la fatalidad de nuestras naturalezas y saber que somos inimputables, irreprochables, que, como decía Camus, debemos partir de nuestra suprema inocencia, porque estamos a merced de la condición de la vida, y que nadie tiene la voluntad suficiente para escapar de ese ciclo de penuria. Así, la vida no es nada, y no habría que mirarla como un territorio de sacralización.

Como consecuencia, la moralidad de los individuos en esta tierra es totalmente convencional: se trata de un juego de palabras, de un discurso impuesto. Nadie en realidad puede entender sus acciones, ni nadie está en aptitud de frenar sus obsesiones e impulsos. Decimos que los hombres son buenos o malos, mezquinos o generosos, por una forma de hablar. Si nacer es una acción arbitraria que puede generar consecuencias imprevistas, y que, a su vez, la causa que la engendró carece de peso moral, los juicios nacen por conveniencia vital, como un a posteriori fatal: algo es bueno o malo según preserve o dé impulso a la vida; claro, dentro de una exégesis abstracta. Esto es más que obvio y no es necesario recordar que la cultura es el artífice que vertebra nuestra buena o mala consciencia. Así, después de la muerte no hay nada como el infierno o el cielo, y que, lo justo, lo malo y lo bueno, son términos relativos y sin existencia real, y superar esta visión infantil habla mucho del grado de madurez de un ser humano.

 

 

3. El quid del asunto de vivir

 

Tener «la revelación esencial», como le llama Savater en su ya citado libro, deriva en el juego de «hacer como si», pues ya siendo consciente de lo inane de la vida, se continúa por un afán de supervivencia en la ficción actoral, dramática, lúdica. Así, llegamos al quid del asunto, la tercera consecuencia de la revelación esencial: Los motivos para que se viva son, y deben ser, desconocidos. Precisamente aquí es donde entraría la nulidad de la filosofía y el conocimiento humano en general. El fondo de la reflexión de Cioran es precisamente ese: no existe razón, ni causa, ni motivo que le dé impulso y fuego, sentido o finalidad a la vida en general y a cada una de nuestras existencias concretas. Reconocer tal conlleva a que se torne banal preguntarse si eso es bueno: de todos modos no hay posibilidad de otra cosa.





Lo que quiere Cioran es salvarnos a toda costa de que nos durmamos en los laureles de la comodidad del delirio de un espíritu demasiado expansivo, de un entusiasmo a lo übermensch. No se trata de cambiar de adoración, sino de adorar en lo absoluto. El «superhombre» de Nietzsche no se debió de mostrar más que como una hipótesis de trabajo, de un planteamiento para cuando logremos, muy de vez en cuando, posicionarnos en el instante, en el presente eufórico de actividad que, en lugar de dirigirse hacia Dios o a cualquier valor que se invente, lo hace hacia sí mismo. Es evidente que ese egoísmo que se quiere apoteósico tiene un aire loco, inhumano, romántico en exceso, ingenuo: no somos dignos de admiración porque el ser humano no es nada. En realidad, la naturaleza de la lucidez es por completo distinta al delirio del tiempo, al afán de rebeldía, a la inclinación malsana a procrear y crear: siempre se resbala, siempre se termina por naufragar de él y encallar en las islas de la perpetua luz sórdida del sinsentido. Cioran habita las cumbres de la total inanidad, de lo eterno: ve su vida y la de los demás como apenas una chispa diminuta, irrisoria en sus intentos de perdurar, y que descorazona cuando se agita por ser eficaz o gloriosa. «Nada de lo que hagamos posee sentido alguno: ¿quieres aun así emprender la realización de tus anhelos?» pareciera sugerirnos a fin de poner verdaderamente a prueba nuestra capacidad para el deseo y -su fruto- la acción. Insistimos: si se carece de una respuesta al por qué hacer las cosas, a por qué vivir, se está en la senda más plena: nada de lo que hagamos aumenta a nuestra estatura un codo, ni nos corona de aureolas, prestigio o longevidad que no traigamos ya desde nuestro nacimiento, y sí, en cambio, muy probablemente se aumenten las cadenas de movimiento que originan dolor y pesadumbre, pues para Cioran los actos tienen solo dos posibilidades: la inutilidad, que es cuando bien nos va, o la desgracia.

Así como la idea del suicidio termina por beneficiar a la vida, pues la convierte en un proceso en donde nada es obligatorio y que se ha de transitar por puro gusto, y la idea de lo bueno y lo malo en un accesorio que nada quita ni pone al sentido de vivir, así lo eficaz, lo útil, es una superstición de la que hay que desajenarse. Por irónico que resulte -y la vida es experta en eso pues no conoce los rigores de la lógica- no hay pensamiento más entusiasta que el que parte del hecho de saber que todo es inútil. Quien es optimista con razones, traiciona el oficio de vivir, por una naturaleza similar al hecho de que los discursos de motivación por lo regular resultan deprimentes. Es fácil si se advierte que la captación total de lo inane en materia moral conlleva a un estado de mayor alegría al sabernos completos, ya realizados ab initio (diríamos en lenguaje deportivo, por default), y que la vida, con sus tentaciones e inquietudes, sus pasmos y delirios, está ahí como un espacio donde expresarnos, como un pintor frente a su lienzo. No se trata pues sino de ser quien uno es; de ahí la incompetencia de las morales ajenas y las religiones en su totalidad que nos imponen la idea de la contorsión, del sacrificio, de la pena, la purga, ortopedias que en balde tratan de uniformar y moldear la melena indómita de nuestro temperamento. Si bien los factores, condiciones de la vida nos maniatan a una estructura que deriva de un despliegue del cosmos entero, ya sería demasiado que por «voluntad propia», nos sometamos a jerarquías que nosotros mismos hemos reconocido como tales. Así, lo útil, aunque con matices, entraría a formar parte de nuestra comprensión de la reflexión cioraniana acerca de los desconocidos porqués de la vida.

Pero de cualquier forma, hasta eso, carece de sentido decirlo así. Quien está apto para la revelación esencial no necesita de mentor alguno, ni de leerlo o aprenderlo en ningún lado, así como el príncipe Siddharta no requirió más que de sí mismo para liberarse. ¿Cuántos hemos visto a un muerto, a un enfermo, y a un anciano? ¿Y cuántos hemos derivado de ello las consecuencias totales para nuestra vida? Cioran no solo se mofa del conocimiento académico (no podríamos decir que lo «denuncia», esas actitudes de indignación no van con Cioran), sino del conocimiento mismo. Savater en el ensayo que venimos comentando, advierte muy atinadamente que la revelación esencial de Cioran consiste en el único conocimiento no solo que no se agrega, que no da, sino que quita a todos los demás, que te deja perplejo ante el desvelamiento de la inutilidad de toda ciencia y todo dato. En efecto; la revelación esencial no es ni más ni nada menos que el hecho de quedarte sin nada, vaciado incluso del conocimiento que creías de ti mismo. Te enteras que nacer es una arbitrariedad desgraciada, que la historia no «va» hacia ningún lado, que lo «bueno» es un invento de las consciencias, y que el amor es un ídolo de barro más entre todos los demás misterios que hemos elaborado para no morirnos de desesperación. Este matiz fue el que le hizo falta agregar a Platón cuando relata el regreso a la caverna del esclavo que se liberó: que regresó estando ciego.  (Camus tiene una imagen muy sugerente, dice que «somos libres en un desierto»).


Fernando Savater, traductor y amigo de E.M. Cioran



Nietzsche decide ignorar los consejos sobre volar cerca del sol. Así se constituye en el arquetipo del esfuerzo humano por querer darle orden al caos, por querer ir más allá de lo humano, por quererle dar a la vida su visión. La filosofía, las ciencias, el arte, la religión, la cultura entera es un terrible despropósito, es la repetición exacta del drama del filósofo de Röcken, descalabrado en la demencia. Pero es que, tampoco es posible otra cosa. Es natural que tendamos a la idolatría, que creamos en utopías, que caigamos febrilmente enamorados y que todos los días concibamos una nueva quimera que nos permita no morirnos de aburrimiento. Tratar de cambiar eso es caer en la trampa de la que queremos liberarnos. Así habría que aceptarnos, fuera de la sabiduría de la inacción, ineptos para la contemplación pura y la aristocracia de la indiferencia, alérgicos a la serenidad que siempre está abandonando. Cioran mismo sabe de la paradoja que significa su obra (5 libros en rumano y 9 en francés), elaboraciones de un estilo sin precedentes y de una excelencia lírica unánimemente aceptada, creación que aunque no aconseja nada, no recomienda nada, no propone nada, y que se sabe inútil y desprovista de resonancia alguna, sin embargo, termina por servir de vaso comunicante entre las consciencias que han tenido la misma experiencia de Cioran, la experiencia liberadora del vacío.

 

4. El acto político de presentar una tesis sin tesis

 

Conocer a otro lector que simpatiza con la obra del pensador rumano es ya sabérselas de todas todas con quién tratamos. Las demás personas y los otros autores conforman un universo totalmente aparte, algo así como de ínfima categoría, artificial, de ficción, espectral. Las personas que saben de los temas de Cioran, que los comprenden no porque de él lo hayan aprendido, sino porque ha corroborado su propia visión de las cosas, son más reales, están más acá de la vida, y son sobre las que se puede trazar el lazo noble del silencio pues no hay mucho que agregar a lo dicho por el escritor. Sin embargo, como pasa con el ensayo de Savater, cuando se da un comentario sobre nuestro autor, y resulta como algo que redondea el círculo de lo sabido, nos entusiasma sobremanera pues, en efecto, aunque ha dicho lo que ya se sabía, no ha caído en la cacofonía.

El trabajo de Savater tiene una notoriedad, además de por su contenido, por la forma en la que se dio: como tesis para obtener un grado académico. Sin duda no puede existir elaboración de discurso más frívolo que ese, más kitsch y naïf, es decir, de mal gusto y cursi. Este ensayo va en contra del espíritu del mismo Cioran por varias cosas: a) porque intenta sistematizar lo que se ha presentado como parte de la florida selva de la vida, caótica y sin sentido; b) porque comentar una obra es degradarla, volver de segunda mano lo que debería estar al alcance de todos en su calidad primigenia (en ese sentido era mejor presentar una obra propia con influencia de Cioran y no comentar la obra de éste); c) porque las trabas políticas y administrativas que sufrió Savater para presentar su tesis (hasta casi el boicot), no son más que el reflejo de que, ya no digamos la universidad, sino el mundo, no está apto para un pensamiento como el de Cioran, y que, incluso, no lo estará nunca pues atenta contra el funcionamiento de «la cultura en marcha». Estas razones y otras más, servirían para justificar el carácter de lo inoportuno de «Ensayo sobre Cioran» desde un punto de vista teórico, pero no para deslegitimarla como proyección de suceso vital. En efecto: como con la vida, carecer de razones es una motivación suficiente… la única en realidad. Si me apuran, confesaré que me parece que Savater presenta el ensayo, en términos coloquiales latinos, sólo por joder. Es una forma de la cachetada con guante blanco a las instituciones educativas, a la filosofía, a la academia, al conocimiento humano. ¿Puede un conocimiento estar completo cuando carece de la consciencia de sus propios límites? Y por «completo» no entendemos perfecto, acabado, sino dotado del principio científico de la autocrítica.


Un hereje no es más que quien dudó del sentido de ciertas palabras sagradas. ¿Qué sería quien duda de todo el aparataje del lenguaje?



En Cioran, en la vida, la duda se presenta como un sino, una inclinación innata, una cualidad de la personalidad que no le permite al sujeto que la posee tocar nunca tierra firme: la duda abisma, nos hace caer, estar siempre cayendo. No es como la duda metódica cartesiana, ejercicio improbable de inquietudes artificiales. No: dudar es la respiración propia de quien ha vislumbrado que todo es sombra y que todo se degrada a forma cambiante, como un humo distante. Este es el principio del conocimiento, dudar y, su fin, desilusionarse de los misterios que nos encaminaron a conocer. Quien se queda en el conocimiento, se encumbra y cede al dogma, se convierte en dictador del concepto, en totalitario de las definiciones. De ahí que el ejercicio de desfacinación de Cioran sea más de carácter hereje: es decir, de quien dudó del sentido de las palabras del libro sagrado. Lo sacro, es la muerte del espíritu, siempre dinámico, abismado en la imposibilidad de conocer nada. (Hasta el grado de que el libro sagrado por antonomasia señala que «la letra mata pero el espíritu vivifica», en una paradoja digna de atención). Pero el poder (político, moral, religioso, esa parte de nosotros que se tiene que mentir para proseguir su farsa) necesita verdades instrumentales, razones que funcionen, no ese eterno no estar, ese escepticismo pernicioso. Por ello, se detiene, y crea formas de eficacia, deriva a ideología el pensamiento y degrada a doctrina las verdades encontradas; o mejor dicho, crea la verdad.

Por eso, Savater cree hacer bien cuando introduce un elemento discordante en el propio sistema de adoctrinamiento masivo que es la escuela, un recordatorio de lo fútil de la ciencia y la filosofía, la historia y el poder. Porque, dado que el interés gobierna al saber, el capricho al conocimiento, lo que se pueda decir sobre la realidad última de las cosas no se presentará más que como un elemento de negociación. Aquí no se trata de discutir ni de argumentar, no se está en los afanes dialécticos, en el tribunal metodológico de la ciencia, eso es para los despistados: la realidad es que a la revelación esencial solo queda inocularla como un contraveneno en los tejemanejes de las mafias académicas, en las mascaradas del conocimiento universitario que todavía se rinde ante la razón ilustrada, ante la diosa del raciocinio lógico. La verdad es una superchería más, el pensamiento que critica, que examina demasiado, el pensamiento revolucionario, termina siempre por enfriarse y gobernar, dictar mandamientos, establecer líneas, erigirse en ortodoxia. Es la dinámica natural del espíritu humano. ¿Cómo huir de ese excesivo afán de teoría en la vida y su enclaustramiento en lo absoluto? ¿Cómo salir de la dinámica de ponerlo todo en tela de juicio y de examinar pros y contras antes de lanzarse al ruedo? No queda nada más que la insensatez, que la locura de tener que vivir. El mal en sí, no es la vida, sino tener una idea de la vida. Así como las cosas no son ni buenas ni malas, y es falso el dilema de lo verdadero y lo falso desde la perspectiva de lo perpetuo, vivir no se parece en nada a lo que nos han dicho que es. Porque si actuar en la vida es pernicioso, pensar mucho en ella también lo es: son los dos procesos de las que está compuesto la trama vital y de la historia: excesiva en vida cuando es invadida por la savia de la barbarie, cuando nuevas civilizaciones y religiones surgen, y excesiva en ciencia y refinamiento cuando la decadencia impide salir de la comodidad de las verdades establecidas, las de antaño subversivas; es cuando surge la necesidad de la revuelta y lo prometeico, el diabolismo de rebelarse, de nueva cuenta. Pero solo unos pocos pueden saber esto, y aún menos los que pueden sacar las conclusiones pertinentes.

Desprenderse de la acción, o más bien, de la creencia de que ésta es lo conveniente para el espíritu, constituye el bien supremo del ser humano. Así como querer ser mejor es la puerta de entrada a la neurastenia que nos hará caer en infelicidad, todo sistema que se erija en liberador es falso: no hay nada de qué ser liberados, nuestro ser está dado, y es mejor aceptarnos tal y como somos, con nuestra circunstancia y desvaríos, pesadillas y tormentos, vicios (persistencia en nuestro ser verdadero), y las obsesiones que nos dotan de rostro humano. Solo nos queda penetrar el instante e instalarnos de vez en cuando en él: cuando el mundo desaparece y nosotros con él, cuando en la actividad pura de vivir olvidamos por completo qué cosa es vivir porque no tenemos más tiempo que estar en un sueño del que quizás nunca despertaremos porque no somos mesías como Cristo o Buddha, Neo, ni como Dolores Abernathy.

 

 


 

5. Epilogo: cinco llaves interpretativas de Cioran

 

Il m’est bien évident que j’ai toujours été race inférieure. Je ne puis comprendre la révolte. Ma race ne se souleva jamais que pour piller: tels les loups à la bête qu’ils n’ont pas tuée[1].

Arthur Rimbaud

 

Por lo menos, además de su indiscutible genuina aportación, Cioran es la intersección de cinco tradiciones de pensamiento claramente identificables. Este conjunto de pensamientos, una vez expuestos, sirven de llave hermenéutica para la comprensión cabal de su pensamiento. Estas son, a saber:

a. La tradición literaria francesa anterior a la revolución, cuyo paradigma hizo nicho en los moralistas como la Rochefoucauld, Montaigne, Renán, Madame Du Defand, Boisset, Pascal, Saint-Simon, Lucile de Chateaubriand, Mademoiselle de Lespinasse, Chamfort, Joubert, Madame Staal de Launay, etc., quienes no sólo le prestaron su obsesión por la corrección y el estilo, sino que le heredaron su afición a la retórica reaccionaria (como con Joseph de Maistre) y la admiración a toda oposición a la turba revolucionaria. Si Nietzsche, para rechazar los excesos de la Ilustración, recurre a la mitología griega, Cioran lo hará con el fasto de los salones y la corrección aristocrática decadente y escéptica francesa prerevolucionaria. Es esta formalidad la que le dota de «método» a su labor, a la manera en la que el budismo escolástico quería: como retórica que articula un discurso imposible, que tiene por objeto dar cuenta del silencio del vacío.

b. A nivel de sistema teórico (llamémosle, «su metafísica»), Cioran es esencialmente budista-orientalista: tanto recurre al principio del origen condicionado, como a la lógica de Nāgārjuna, Çandrakirti y Shantideva (Mahayana tardío), al hinduismo y a los conceptos del taoísmo; para dar cuenta de la sabiduría ya declarada para siempre desde Oriente -a la que opone la convulsa y falsa filosofía occidental- echa mano sin ambages del Paramartha, el Sunyata, el Atman, el Samsara; todos ellos conceptos afines a su pensamiento y de quienes recibe un influjo bastante notable sin caer en la trampa en la que cayó Schopenhauer: atreverse a recomendar la ilusión del Nirvana. De cualquier forma, en este punto, resulta de gran utilidad confrontar el pensamiento schopenhauriano con el de Cioran.

c. El misticismo suprareligioso de autores como San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Ávila, Meister Eckhart, e incluso de Simon Weil, será manantial constante de reflexiones no tanto para alimentar una energía religiosa -que no tiene-, sino para exponer las paradojas de la fe, la nulidad del logos teológico y la farsa del cristianismo. Esta debilidad es muy visible en sus cinco libros escritos en rumano, de los cuales hace gala de una literatura totalmente diferente a la estilística de sus libros franceses: altamente poética y como destilada de éxtasis místicos, más cercana a la materialidad directa de la experiencia que de la elaboración discursiva del silogismo afrancesado.

d. Una inclinación mórbida por las sectas herejes, en particular el gnosticismo y el catarismo, los bogomilios, el maniqueísmo, y el dominio total de sus teologías, dará un tinte muy particular a sus disquisiciones sobre el origen del mundo, la falsa moral de lo bueno y lo malo, la condición humana, el destino de los dioses, la imposibilidad de la historia, lo demoníaco en la rebeldía, etc. Incluso dejó por irónica misión, a quién quisiera emprenderla, una «rehabilitación de la herejía».

e. Finalmente, atendiendo a su asistematicidad antifilosófica, y sorteando el peligro continuo de adscribirlo a los existencialistas tan en boga en su época, Cioran posee cierto parentesco con Kierkegaard y Nietzsche sin que ello, de ninguna manera, lo haga ser un continuador de sus líneas de pensamiento (a pesar de Susan Sontag); en particular posee una gran afinidad con la filosofía rusa expresada por León Chestov, pero sobre todo con la literatura de Dostoievski.





Es importante señalar que, en todo caso, Cioran era un erudito sui generis, pues dominaba vastos campos del saber: conocía a cabalidad la historia (teniendo una habilidad inusitada para analizar las fisonomías de los pueblos), la filosofía, la religión y la literatura, especialmente la expresada en lengua inglesa (con un amor singular a Shelley, Shakespeare, Byron, Wordsworth y Emily Dickinson), la rusa y la alemana (sin olvidar su afición a la poesía del romanticismo francés y su incondicional amor a Leopardi), por lo que no es de extrañar que sus conocimientos y referencias usadas para formular sus ideas toquen la filosofía griega, especialmente la cínica y estoica, la patrística y la metafísica medieval aristotélico-tomista, y las filosofías e ideologías de su época con las que se portó ácidamente crítico, particularmente después de la profunda decepción que sufriría al desbandarse de un heideggarismo originario y un fascismo rumano del que no terminaría de dar suficientes muestras de arrepentimiento en cada uno de sus ensayos. En efecto: Cioran odia la jerga filosófica que encarna prototípicamente Heidegger, quien por medio de su demiurgia verbal intentó escamotear los problemas de la vida, así como detestó la posibilidad de que un día le tentara la idea de adscribirse a la «Iron Guard», movimiento de extrema derecha rumano («criptofascista»), cuya ideología se traslució en su controvertido escrito de juventud «La transfiguración de Rumania» (Schimbarea la faţă a României).

Cioran no es un existencialista, claramente; de manera un tanto cuanto más opaca, no es un nihilista, sino un simple escéptico; y para ser más concisos diremos que es un escéptico cínico (y a veces un cínico escéptico): de continuo nos recuerda al «Perro celestial», la supremacía del pensamiento antiguo en el que vivir y pensar eran distinciones absurdas y en el que se mantenía una cercanía al concepto de sabio oriental. Del hecho de que haya optado por una patente asistematicidad no se sigue que no haya poseído cierto sistema, una retórica coherente expresada en la forma estilística a la que ya antes hacíamos referencia, más por resultado de su complexión vital (que no moral) que por su articulación discursiva.


Capsula de "La otra aventura" de Pérez Gay, "El pesimismo de la inteligencia" sobre Cioran: https://www.youtube.com/watch?v=4JvFFGURA7A




[1] «Me resulta bien evidente que siempre he sido de raza inferior. Yo no puedo comprender la rebelión. Mi raza no se levantó sino para robar: así los lobos al animal que no mataron».