viernes, 23 de junio de 2017

AL BUEN ENTENDEDOR POCA FILOSOFÍA








Una de las consecuencias funestas de empaparse del pensamiento de Cioran es que se terminan por odiar las explicaciones. ¿Qué acaso él no las da? Si se observa con atención, no. Da por supuesto que lo que tiene en mientes posee posibilidad de expresión y, muy probablemente, posibilidad de comunicación. Esto va de la mano con su repulsión por los escollos lingüísticos y propedéuticas semióticas. Tiene plena confianza en su capacidad lírica -por lo menos así lo aparenta-. ¿Hay otra forma de zanjar el asunto que no sea plantearlo como simple dote expresivo? Nótese el caso Schopenhauer vs. Kant. De éste, evidentemente en posición de desventaja literaria con respecto a aquél, apenas y si es posible entresacar algún deleite en sus lecturas: se esfuerza, evidencia frustración conceptual y como que le viene quedando mejor expresarse en lenguaje matemático. Similar al caso Wittgenstein (de sobra famosa su aversión a Shakespeare) en quien encontramos un patético esfuerzo por darse a entender como auténtico suplicio, Kant cree que existe un deber de hacer coincidir el terreno de las ideas con el de las palabras. Aún no llega al escepticismo moderno del que Schopenhauer ya formaba parte, de que no existe universo con sentido más que el lingüístico. Aquí «sentido» es perteneciente al reino de las abstracciones. Precisamente es Schopenhauer el que le echa en cara a Kant su incapacidad para percatarse de que ese plano es el único en donde es posible categorizar las formas del conocimiento. Antes, en las intuiciones puras, hay una comprensión omniabarcante perteneciente a un reino por completo diferente: el de la voluntad. Pero eso no nos interesa. Interesa denotar la esterilidad lingüística de Kant, su aparatosa forma de expresividad, cuya complexión espiritual no estaba diseñada para captar con toda su plenitud el germen vital que arrastraban las intuiciones puras. Schopenhauer sí lo puede ver: en el fondo se trata de un espíritu creador, voluntad indispuesta a dejarse maniatar por el noúmeno en soberano triunfo de su talante artístico. Kant, por el contrario, y al igual que Wittgenstein, es de naturaleza sumisa, cuyo espíritu tiende a la consecución de estructuras normativas que expliquen los hechos problemáticos. 


Más poeta que científico (aunque en su contrahechura sea imposible emanciparse de ambas tendencias), Nietzsche es el otro ejemplo de espíritu a quien su fuerza lírica llevó más allá del mero enclaustramiento conceptual, desbordando continuamente el continente de lo filosófico. Se sabe, de cualquier modo, que en Nietzsche prima el filósofo y por tanto el sistema de ideas, lo que lo hace echar por tierra su pretendida emancipación de las estructuras del conocimiento. ¿En dónde se haya su riqueza, su fuerza, de la que tanto se alimentó el siglo que inauguraba? Precisamente en una nota propia de lo poético: el equívoco.







Cioran como Nietzsche, secundaría sin duda el beneplácito que Borges ponía en la posibilidad de ser malinterpretado. ¿Qué cosa es ese afán de no querer ser quién diría cierto tipo de cosas? El pensamiento humano poco o nada tiene que ver con esa adecuación metronómica que pretende el lenguaje nuclear de la semiótica. Los códigos, claves, signos y demás conceptos que buscan el total encajamiento de significados sólo son posibles a niveles básicos, justo donde gobierna lo primitivo. De ahí que el psicoanálisis en tanto semiótica del inconsciente resulte de sumo cercano a las intenciones originales de la teoría de los signos, maniatado a las formas básicas de comprensión de una realidad primigenia: la psique y su estructura doméstica, económica. Pero esa serie de correspondencias semánticas, pragmáticas y gramaticales no es auténtico pensamiento. Éste tiene una complejidad que rebasa el ámbito discursivo y se sitúa mucho más allá: en el gesto, el tono, el acento, el estilo y su pertinencia vital. El pensamiento reviste el dinamismo del tiempo, la dispersión de la heterogeneidad biológica, desajustándose y volviéndose ajustar debido a la elasticidad de la construcción lírica y la interpretación plástica de quien lo resucita. El diálogo se abre a instancias no de los canales comunicativos sino de los estímulos psíquicos que provocan su presencia en el espíritu. 


Así se forjan las épocas literario-filosóficas, en donde un espectro tonal recorre el pensamiento de los creadores y hace tocar cuerdas que nadie más que él conoce y que ya nadie nunca podrá hacer vibrar. En efecto: el pensamiento del sofista griego, del monje medieval, del panfletario ilustrado se ha perdido para siempre. La reconstrucción arqueológica del espíritu que animó el estilo literario de una época es trabajo inútil aunque pudiera parecerle fascinante al anticuario ocioso. «He olvidado la intención que tenía al escribir el párrafo anterior ¿y ahora me pides que trate de entender lo pretendido por otro sujeto, de otra ciudad, en otro tiempo?». No se crea ni se resucita de las estanterías de los libreros más que para beneficio propio, y del texto masorético sólo se alimenta la cofradía en tanto renueva la vigencia de su exégesis magisterial.




Para comunicarnos con nosotros mismos basta el boceto, la idea en estado larvario registrada aprisa para suscitar los universos malabares de la sutileza, aunque su destino final no sea más que el embrión. Y no tendría por qué haber diferencia entre esa práctica solipsista y el afán de ser escuchado, analizado, discutido y puesto a disposición de las maquinarias hermenéuticas en boga: ¿acaso tenemos la habilidad suficiente para llegar a las últimas consecuencias de un pensamiento?, ¿pulverizar su entraña, descuartizar sus átomos, exponer el mínimo recoveco, su variación infinitesimal? El experimentado en abismos sabe de la ingenuidad de quien le atribuye virtud a lo exhaustivo, y de quien cree ver como un avance el recorrido de la multitud de perspectivas que componen un pensamiento monolítico. En todo caso las verdades vitales poco o nada tienen que ver con los pensamientos desentrañables: no nos son relevantes, son divertimento de hermeneuta, pasatiempos de filósofos. 

Así, ya sea en pretensión de profundidad, de heterogeneidad o perspectivismo, los discursos que buscan agotar sus objetivos fracasan como fracasa quien busca establecer un diámetro al vórtice que se aleja de su núcleo ciclónico. Mal de dispersos, de vaciedades vitales los que se dedican a algo. Atender a la vocación es optar por una forma de explotación laboral. Y con la suprema entrega a los quehaceres, el espíritu cae pronto en la trampa de la producción compulsiva, la fertilidad roedora de la manufactura en serie. Lo conveniente sería no atender más que a nuestras obsesiones, manías, taras y vicios, explayarse en la catarsis de nuestras deformidades hasta el desenfreno. Y de eso, hasta donde sé, no se tiene afán de variedad: para el llanto está muy claro el número de muecas que podemos emprender. Nuestra mente no puede ejercitarse más que con dos o tres temas que, ya desde tiempos inmemoriales nos pulen y definen, fomentando el espejismo de nuestro «yo». Ese y no otro debiera ser el criterio de nuestras temáticas y elecciones laborales, las que nos darían de comer y beber, respirar y dejar dormir. Pero tal parece que el criterio es justo el contrario: con el afán de escamotear nuestras aflicciones y así dejar incólume nuestra nada, perseveramos en la contingencia ajena, en la floritura dialéctica y la politiquería de insignificancias.

El vivir apasionado del ser humano, así, lo es a condición de que sea sobre cosas desapasionadas pues, lo otro es, sin lugar a dudas, lo indiscutible: lo apasionado no es más que la versión edulcorada de la obsesión. El proceso es simple: se necesita de la bagatela para que funja de pantalla de proyección del monstruo impronunciable que nos agobia. Así, por otra parte, se revela la inanidad fundamental del todo expuesta en sus partes hueras: si vale ver en la contingencia, en el detalle ínfimo el principio de lo complejo y abstracto, es porque las pretensiones de lo minúsculo y mayúsculo no sirven más que al mismo proceso de putrefacción de lo inteligible, del desvelamiento de su cenital frivolidad. Se ama la máscara en tanto delinea las facciones del rostro que cubre: al cabo sirven al mismo drama descarnado de la identidad.




Vale en el afán conceptual lo mismo que la pasión por la verificabilidad de fuentes. Da igual saber quién lo dijo y dónde, cuándo, bajo qué condiciones, cuando la sustancia de lo dicho rebasa al principio de individuación. ¿Por qué se adscribe una verdad a un nombre? Con ello se pretende ganar en ciertos beneficios: prestigio y pluralidad; en el uno, es afán de ponerse a línea de una modestia mórbida, en franca huida de nuestra ausencia de confianza en la inteligencia propia; y, en el otro, un sucedáneo del desdoblamiento del que somos incapaces; es decir, todo ello refacciones de la individuación que debiera hallar su verdad en la necedad del sí mismo. Claro, el reconocimiento de la genialidad y pertinencia de la idea a veces es útil, pero, seamos francos: respecto de otros autores, se hace labor de comentario o de polémica, se conlleva o se resiste, se recoge o desparrama; es decir, se torna la voz superflua o estridente. Y si el afán es hacer publicidad de su nombre ¿para qué desgastarse en ser su apologista habiendo los publicistas? Autor malinterpretado, de poca fama inmerecida, etc., debiera preservarse de las turbas a todo lo que diera lugar. Y, el fenómeno cuenta al revés: ciertos autores que se merecen la fama, debieran por siempre ser ídolos de la chusma.

También es deseable escoger quién lo ha de leer. Para eso se inventó la intransigencia lírica, el empecinamiento en nuestras convulsiones, en los abismos nauseabundos; es decir, para eso se inventó el cinismo. ¿Cómo no ver en el autor afable, «digerible», la suprema manifestación de lo débil y enfermo? Los escritores así encarnados, se sabe como secreto a voces, son los filósofos. Por lo menos el poeta se redime en sus epítetos sorpresivos y sus copulaciones semánticas, no importando lo imbécil que sea el tema que aborden, cumplimentando así la exigencia inicial del espíritu: irrumpir en sacrilegio a como dé lugar sobre lo sagrado. La literatura de la Francia Prerrevolucionaria y de la Ilustración es lo mejor que se pudo dar en su campo por dos razones que le son propias: la primera por esa desazón furibunda que sólo el hastío y el vilipendio saben otorgar, y la segunda, por esa rabia del recién converso que torna a las nuevas verdades en dogmas cruentos. El uno, actuando por exceso de autodesprecio, y el otro, por defecto en la valorización de todo aquello que no era él, eran incapaces de guardarse alguna consideración devastadora, algún signo de vitalidad corruptora: «castigar a los opresores de la libertad es clemencia, perdonarlos es barbarie» (Robespierre), evidente juego de proteínas acorraladas, al acecho, «ensimismadas y alteradas» (Ortega) obrando en detrimento una de la otra hacían, empero, el equilibrio justo de las etapas espasmódicas. Un dios caía: los aristócratas se ponían prestos a trabajar en la orfebrería del excelso buen gusto las sutilezas de su réquiem; un dios nacía: los merolicos de la revolución se arremolinaban en torno a la cátedra para darle atropellada forma a la nueva verdad libertaria, un contenido sustantivísimo, sin mucho afán de exquisitez. Y sin embargo, ¿de cuál de estas posiciones participa el filósofo?, ¿no viene él a ser un aparte de este pugilato, un alma con pretensión de referí, de ángel, de supremo indiferente? Nótese el fenómeno de cómo un pensador en la medida que se aleje o acerque a uno u otro bando, que juegue a ser Suiza, deja de ser filósofo. A Pascal lo salvó Port-Royal de hacerse el revolucionario o lo contrario, a Rousseau su paranoia, y Montaigne…bueno, él era demasiado delicado para ser cualquier cosa. Pero en ambos casos vemos el distanciamiento de la entraña de su época, y, su acercamiento, en tanto toman el partido que por natural inclinación todos deberíamos sentir. Claro, resulta buen rasero el grado de reacción ante los estímulos históricos para comprender qué tan vivo se está. Pero el así denominado pensador no aporta más que una savia de dudosa calidad a la epopeya de los devenires humanos y solamente se salva en la medida en la que logra darle forma a nuestros bajos instintos; lo otro no es más que martirio autoafligido con el afán de encajar socialmente. 




Compréndase pues que nada que no estimule nuestra perplejidad o asociación delictuosa puede parecernos digno de atención salvo por razones espurias. Wilde: «el único género prohibido en literatura es el género aburrido», frase sabia y aplicable a la vida en su totalidad. Más, desde luego fraudulenta en tanto se sabe del carácter ocioso de la vida toda, es decir, que su substancia misma es el aburrimiento. La filosofía es el género literario de las explicaciones, y que, a decir verdad, poco explica. Más bien es el género de la explicación pretenciosa. Quien no bostece en una disertación filosófica se deberá a que, o bien nació con el alma raquítica, o bien busca desesperadamente un algo poderoso que no sabrá hallar al fin, ni en ella ni en ningún otro medio de conocimiento occidental. La sabiduría no se manifiesta en la ciencia, ni en la filosofía, ni en ningún término discursivo que se ostente como «profundo».


Los abismos no pueden ser visitados por los débiles, no sabrían dar lugar al vértigo, condición indispensable para sortear la presencia de tales vorágines. Sólo el artista sale bien librado, sólo el poeta puede traer a las palabras lo que no son palabras, y la filosofía no es más que mala poesía.


La vida es, en segundo orden, expresión o purificación, reivindicación o redención, afirmación o aniquilamiento. El espíritu en ello encuentra solaz, crea morada –aún en pleno nihilismo-, y le permite resistir. Vivificando la miseria y embelleciendo su tragedia, confeccionando una salvación terrenal por acción inmediata, presente en el acto mismo de ser, sin mayor mediación que el placer consumible en su instante que perece, el ser humano ordena su infierno con tintes de paisaje celeste. Evidentemente en tal cosmos el quehacer filosófico es una actividad de quinto orden, o menos tal vez: sirve para justificar bajo el formato de la reputación y la democracia por qué se cura como se cura una herida, se adopta una postura, se soluciona un problema, o se cae rendido ante un misterio. El arte y la religión no necesitan de esta convocatoria de lo legítimo. Hoy, al cobijo de la academia, la universidad o la asociación de conocimientos que se quiera, se busca el respaldo que otorga la validez de lo positivo. La Antigüedad, aún más libre -el pensador casi se confundía con el derviche-; el Medioevo más soberano en tanto la divinidad estaba de su lado; ambos no sabrían dar cuenta de esta actitud transigente por la democratización del pensamiento, de su filtraje por medios dialógicos. ¿La presión de la masa nos ha hecho ceder el privilegio de lo excepcional confinándolo al carácter de «elitista»? En todo caso la nota de lo privilegiado se replica en el plano democratizado. Si bien es repudiado el iluminado y el extasiado místico, es bien vista la jerigonza técnica del pensador profesional. Pero ya sea como prótesis de auténtica profundidad o como consecuencia maquinal de un especialismo burgués, el discurso filosófico constituye la vulgata de los excursos religiosos, la inspiración poética y el arrobamiento supremo del arte; en suma, no es más que el suplemento dominical de la cultura.


«La tarea de la filosofía es reproducirlo (al mundo) in abstracto, transformar la intuición sucesiva y cambiante (y, en general, todo lo que el amplio concepto de sentimiento encierra y describe sólo de manera negativa como un saber no abstracto ni claro) en un saber de ese mismo tipo, en un saber que permanezca.» (El mundo como voluntad y representación, Libro primero, parágrafo 15.) Pero ¿quién quiere fijar, aclarar y darle permanencia a aquello que, justo en su pureza fugaz, vaga e impermanente nos hace realmente vivir? Lo contrario a esto no sirve más que a la ficción de una humanidad que, no bien otorgado un tiempo, olvidará pronto la heredad de conocimiento que se le ha dado: la ingratitud del humano es casi componente esencial de su ser. Cada generación tiene su propio mundo hecho con los residuos del anterior. Además de la evidente ambición desmedida de la traducción de lo afectivo al terreno del concepto, la imposibilidad de mantener la vista impávida sobre la totalidad de los objetos del mundo debería movernos a la quietud definitiva: ningún discurso, pasados unos segundos, puede dejar de resultar falsario por anacrónico y urdidor de un mundo ya virtual, de ficción, metafórico. Dejemos a la ciencia en su papel técnico de suministradora de vacunas, desmitifiquemos su carácter sacrílego, emancipemos a la teoría de su carácter catártico profundo y dejémosle la labor de solucionador de problemas domésticos. El campo de acción de la reflexión filosófica es mucho menos basto y hondo de lo que se supone. A su prestigio no le va bien, pero es hora de desnudar la verdad de que no hay posibilidad de redención de ese lado del quehacer del espíritu humano. 




Piénsese en el modelo de humanidad que se querría para heredarle al devenir y se acusará en él un temple fuerte, riqueza intuitiva, y una gran capacidad para ser él mismo cultura. No que le interese la cultura, sea su devorador, un gran sapiente o su taxónomo, sino que sea capaz de volverse el producto de la civilización; es decir, se torne en el fin querido históricamente por los medios del quehacer espiritual humano. Entonces, una vez en él confluidas nuestras obsesiones, se transformará en alfaguara de una savia con las características de lo vital: espontaneidad, inmediatez, pronto a recrear la riqueza de la naturaleza y mejorarla en la expresión pura, caminando por un sendero que al intelecto le parecerá sin duda caprichoso, pero que demostrará su acierto al estar más cerca de la realidad de las cosas. Este ser temperamental, carecería por completo de los signos que predisponen el carácter reflexivo del humano: la inseguridad rabiosa del animal acorralado, la desesperación de una mutilación contranatura expresada en su consciencia de los factores de degradación del tiempo, las fiebres inveteradas de ser víctimas del proceso de individuación, en fin, todas aquellas taras del existente. Pues bien, de tal ejemplar humano surge su arquetipo modélico: el filósofo ensimismado en su confección de armas sucedáneas de cara a la imposibilidad de ser el conquistador del mundo. 


No se crea que aquí suponemos puede ser distinto. Si se ha esbozado un prototipo de humano utópico ha sido por el afán de evidenciar por contraste el hecho poco advertido de que es justo el filósofo el máximo exponente de la naturaleza humana en lo de más vil tiene: ladino, urdidor de estratagemas silogísticos, de neologismos trasnochados, incapaz de emprenderla en la política con el brío que se jacta de poseer, celoso empedernido de sus autores que, al igual que él, le rehuyeron a las pasiones verdaderas, lastimosas, dejando un simulacro de cicatrización a su paso. No es que, como señalaba Cioran, el filósofo abandone a su molicie a la humanidad mientras él se eleva a alturas absortas en el sistema, sino, más bien, finge hacerlo. Por ingenuidad o cretinismo, al final, este teólogo que mal vendió el oficio, trocando a Dios por un indeterminado componente mistérico, cava la madriguera de la huida, colorea su tibieza, hace una sabiduría a modo ante la incapacidad de mostrarse capaz en el triunfo de la vida, la obtención de la belleza, el reconocimiento por una valentía, nobleza o arrojo que no posee. Los hombres de mundo no se enredan en sutilezas sino entre las piernas de una mujer, entre los dramas de lo insoluble y los destinos estoicos. El héroe no recurre al argumento, sino al díscolo panegírico; el sabio ha realizado la alquimia de ser él mismo manifestación de su inefable conocimiento: no necesita de la palabra espuria para arrojar luz. El santo, el bailarín, el pintor, el músico, dando rienda suelta a su genio, penetran y son penetrados por la vida en un demoníaco ritual en el que la fatua razón no sabría hallar estrategia de asimilación compatible.


Finalmente, hasta en lo más elevado que ha dado la filosofía profesional, en la Stoa, su άταραξία no viene a ser más que una nirvanización violenta, de trémula liberación, sitiada por el terror de perecer ante las fuerzas descomunales de una vida que nos quedó grande.




lunes, 2 de enero de 2017

Germen de sabio


Al pato

¿Qué hacer cuando todo ha perdido brillo, sabor, color, capacidad de atracción? Incluso la música figura como una bagatela de divertimento limitado, un deleite corto, una caricia desechable. Sólo queda el tiempo, ese tiempo neutro, sacudido de la expectativa, que se adivina es el verdadero, en la que se revela una carrera espesa hacia la muerte.

Es importante en ese punto desajenarnos de los efectos sociales, la falta de entendimiento de los otros. No nos importan: ¿qué sabrán ellos de la pérdida de la concupiscencia, del instinto básico por lo voluptuoso? El ser humano vive en lo concreto guiado por inclinaciones biológicas y sólo recurre a las abstracciones a propósito de sus pláticas. “Dios”, el “amor” o la “búsqueda de la verdad” no aparecen sino bajo el cuestionamiento de alguna especie de censor. Antes, o después, lo único que se tienen son estímulos ya sea bajo la forma del placer o del dolor. Así, debiera ser que intuyan la terrible falta que representa el que nos “falle el animal”, como diría Kierkegaard; pero no es así. Y esto ocurre porque estamos muy lejos de comprender que no se vive por grandes ideas sino porque nos place hacerlo.

Más, si ya no hay placer en vivir, en balde se buscarán nuevas religiones, se construirán sistemas de sabiduría enteros: la sed y el hambre de vivir se tienen o no se tienen. Es el hedonismo de facto el que nos posee. Por natural inclinación queremos seguir viviendo y por ello reaccionamos como lo hacemos. La dicotomía sustancial que nace de lo vivo o lo muerto confecciona una metafísica, una ciencia, una filosofía y una religión de la vida y no duda en calificarla como buena. Pero no se acerca uno a la verdad de vivir sino mediante el sacrificio de la sensibilidad por lo vivo. Mirar el acontecer diario de la historia, del mundo del hombre, implica tener que soportar que la vida posee un núcleo de comprensión ininteligible y que no se amolda a la calificación de “buena”. Así surgen las terribles paradojas tales como que el humano nunca ha querido la verdad sino la certeza; no la justicia sino el que se le garantice su confort; no el amor sino el sentirse seguro con lo que necesita. Su afán de belleza, su agitación por lo sublime, son formas de un temblor que, miradas con correcta frialdad, no son más que manifestaciones de una bestia feroz e incontenible capaz de arrebatarle a otro lo que anhela.

El carácter parasitario, virulento, demoníaco de lo humano no nos es tan transparente como quisiéramos. Pero ¿qué es todo artificio si no una forma indirecta de mantenernos presos en condiciones aceptables? El arte, la política o el derecho, surgen de crear mecanismos de autocontrol cada vez más sutiles y eficaces. Sabemos, sin embargo, que a veces se pierde la batalla contra ese incontrolable animal que nos habita.

Históricamente los pueblos desfallecen en la medida en la que ese monstruo es domesticado. La juventud y barbarie se proyectan en actos de exacerbado idealismo, de búsqueda de alguna entelequia en el plano material; como si tal alquimia fuese posible. En cuanto surge la sensatez, el percatarnos del sin sentido de tales hazañas del espíritu, morimos. Así, resulta conveniente para la historia, ese tiempo convulso dentro del tiempo, replicar el devenir de la naturaleza y coronarse, en cada etapa, de gloria revolucionaria, de victoria política, moral, religiosa, etc.

Se acepta en bloque la misma dinámica de lo vital o no se la acepta. Pero no podría afirmar que vivir es insensato; será, en todo caso, para quien sepa, el vivir, una terrible inconsecuencia lógica. Al resto le parecerá una oportunidad para alguna fantasía, para ser puente, un trozo de utopía, pero nunca una insensatez. A nosotros, desprovistos de drama, nos queda un resto de sangre, estar inoculados con el virus mortal de una energía claudicante, con una anemia aguda que en todo se detiene y en nada pone su fuerza.

La paradoja deriva de ser poseedores de un terrible poder incontrolable que el mundo aún no conoce: el del verdadero miedo a morir. Éste se manifiesta a través de una segunda vestimenta: la duda. Ser escéptico auténtico no tiene nada qué ver con asumir una metodología de la investigación. Se duda de todo tal y como desde la infancia el príncipe Gautama sabía que todo era una ilusión. Las demás etapas de su vida fueron constataciones. Es intuitivo y está en la antípoda del sentido común. Éste nos indica la necesidad de creer, de aferrarse a algo cierto, de crear prejuicio como forma correcta de posicionarse en lo real. La duda científica presupone a la verdad como parcial y momentánea en tanto le sirve para avanzar. Pero al escéptico la palabra “progreso” le es enteramente extraña. Si se apoya en la seguridad que le dotan las palabras es para luego verlas destruirse por la eficacia del discurso que termina por avejentar su frescura, y para experimentar el naufragio total en donde los elementos de la realidad se dispersan, se disuelven para no volver jamás a reunirse, tal y como el viento hace con el diente de león.

Esta situación febril hace que el anémico del espíritu, el escéptico y derrotado, venga a ser un entusiasta de otro nivel. En efecto: se le teme a la muerte causada por la verdad, por el llegar a un todo, que detiene el movimiento continuo, el vértigo de la fantasmagoría de la vida. Por lo menos lo espectral tiene el cariz de que lo es en referencia a algo otro que pueda estar realmente vivo. El asco que se experimenta por la vida deriva de una total inaceptación de su estructura metafísica, de su fealdad inmanente, de lo intrínseco de su ser, del Ser. Entonces, como con el místico quien busca consuelo en un Dios superior a Dios, el escéptico abraza un mundo que no puede ser, uno aniquilado, uno que no está, y se deja envolver por la dispersión total de las verdades, por la total ausencia de lo sustancial.

Este amor por lo vacuo, es una forma de vitalidad inversa. Y no nos es extraña: se parece a la propugnada por Platón, por el cristianismo, por los pensamientos extremos que postulan la frivolidad de este mundo. Pero de una lectura de éstos se deriva un amasiato con el mundo: el afán de cambio y de preferencia, su persistencia como valores. Sin embargo, nosotros sabemos que no es posible un mundo diferente a este. Que lo único bueno es lo sumo diferente, lo total diferente, lo absoluto diferente: el vacío.

El sistema ético del mundo se mantiene estable gracias a la unanimidad con la que es aceptado el valor de vivir. Nadie en su sano juicio se atrevería a instaurarse un sistema de valores basado en la premisa de que la vida es mala. Eso, empero, no significa que no se haya hecho y que, incluso, se haya logrado fijar con relativo éxito. Pero tal situación paradójica no me interesa, me interesa más bien el fenómeno en la medida en la que se mantiene virgen de lo positivo, ajeno a lo eficaz, y se incoa en el alma humana como un engendro imposible de extirpar. Tal es el fracaso: contrario a lo que pudiese pensarse, fracasar verdaderamente es relativamente excepcional. Las más de las veces se tienen vidas mediocres; y eso, no es lo mismo. Esto incluye a las existencias que tuvieron éxito y luego ningún alma pudo rescatar de su tumba. Fracasar auténticamente es apagar con una tormenta de nieve el fuego devorador que nos exigía existir. Y se existe vía el talento, las dotes personales excepcionales, el destino en nuestro carácter, los recursos en la sangre. Fracasar es hacerse a la mar y naufragar: no se puede decir lo mismo de las almas que se quedaron en tierra firme, gastando sus días en la seguridad de una hoguera. No: fracasar es elevarse altivamente para luego caer estrepitosa, profundamente, herido de muerte, nietzscheanamente delirante, como Ícaro sobre el Egeo.

Fracasar es malograr el destino que nos correspondía cumplir y que, quizás, por una energía contraria a la vida, simplemente nos plació decirle “no”. ¿Es el fracaso la prueba inminente de que somos libres? No, el entusiasmo no corre tan dócilmente a nuestro encuentro; todo lo contrario: en realidad el fracasado, en estos términos, repite el drama del Huerto. Eva y Adán lo tenían todo: la posibilidad de estirar de la mano y comer del árbol de la vida eterna. Pero prefirieron conocer a vivir. Eligieron comprender el misterio a perderse en él. Y con ello dislocaron la trama original que les permitiría vivir eternamente y en completa armonía con los demás seres. El fracasado vuelve a cumplir con El Esquema: abandona la eternidad del goce para situarse en la esfera que todo lo contempla, incluyendo al goce. Entonces los secretos del universo se revelan, los silencios profieren su vacuidad y el placer se trastoca en sórdida repetición de lo mismo, en cruel aburrimiento, en paralítico cansancio poscoital. La ley de la ceniza y el deseo confiesa su ardid, la trampa sórdida de lo voluptuoso, y los resortes que animaban la bella dinámica del universo, se manifiestan desechos. El fracasado es un gran visionario que vislumbró el apocalipsis de su misma empresa; es un científico que no supo cuándo detenerse en su duda, corroyendo todo género de verdad. Fracasar, en realidad, no es posible sin ser víctima de la libertad que nos transmitió ese primer acto independiente de nuestro primer padre: ser un perdedor es ser siempre uno de segundo grado: nuestras empresas todas están condenadas al fracaso y sólo se torna plausible nuestro esfuerzo merced a la lucha que tramamos con nosotros mismos. Esto quiere decir que ser exitoso es poseer esa deliciosa ingenuidad de creer que hemos trastornado algo de nuestro medio, que hemos salvado esa circunstancia orteguiana, y que se ha conmovido el orden del cosmos por nuestra aparición óntica.

No resulta interesante analizar si eso tiene la deliciosa macula de lo pecaminoso, resulta más bien interesante ver cómo el humano tiene muy poco claro el origen y final del ser de nuestras propias acciones. Tema aparte, sin embargo, es necesario revelarlo: cada persona recibe de sus entornos culturales el estatuto de personal moral en la medida en la que se le hace responsable. Pero eso no es más que una convención: en el fuero interno, psicológico, nuestra maquinaria de crear símbolos, la estructura que posibilita nuestra consciencia, está dada una vez y para siempre y sólo puede ejercer sus variaciones sobre diminutos campos aleatorios, contingencias irrelevantes. Todo lo que queda fuera de ese cuerpo de representaciones yoícas no son más que posibilidades derivadas de la ignorancia y otros datos azarosos. Sería vergonzoso persistir en explicar esto.

Así, vivir es repetir el mismo diseño dramático del Edén, con el consabido cénit trágico de la desobediencia: preferimos saber por qué vivir a simplemente vivir. Duda corrosiva, satánica, obsesa…más que duda, es un vampiro que nos deja sin sangre. Por eso, nada más sospechosa que la promesa de la verdad como liberación: ¿no fue acaso la sed de conocer lo que hundió a nuestros primeros padres atándolos a un yunque de infernal caída? La consecuencia natural de conocer el mecanismo de los artefactos de la vida, el funcionamiento de sus resortes, el desvelamiento de sus misterios, es la pérdida del carácter más sustancial del mundo: su ignota presencia, su culmen como proceso trascendental. Porque de lo que se trata es de captar una sola verdad, la única, la definitiva, a la que las demás le rinden pleitesía. Esa Verdad agota todo conocimiento y nos sume en el éxtasis sin éxtasis, en el paroxismo ataráxico, en la crudeza total de ser resultado del azar, sin dramas, sin tragedia, sólo imbuido en la totalidad del ser como presencia vacía.

Este género de infierno es el más dulce posible: lo que no posee reveses ni relieves, que se presenta sin ocultación alguna, genera una forma de malestar indescriptible. Tiene algo de deforme, de monstruoso. De cara al misterio, o a su versión blandengue, el problema, la idea de atarearse, se manifiesta como digna de nuestra altura, confeccionada para nuestras faenas. Y esta forma de asumir el universo es tan propia del humano que nos resulta ya imposible no ver nuestra consciencia como limitada, finita, de acuerdo a las vastas extensiones de cualquier objeto de estudio que se nos representa como infinito. Pero esto es más por imaginación que por evidencia: no nos puede constar. Ante esto, lo indeterminado irrumpe como la variable que por siempre nos someterá al vaivén incorregible de lo real: la realidad es tan dilatada, tan contingente, que cualquier abstracción es banal. Es cuando la mente realiza una extraña operación: la mixtificación de su naufragio. No ha variado más que el asunto lingüístico, pero la estructura sustancial que le sirve de pretexto está ahí, incólume.  El hombre no ha “evolucionado” en lo más mínimo, en ese sentido. Sigue apegado a su necesidad de equilibrio, de certeza, ya sea bajo la forma del escollo filosófico o del misterio religioso.

Cuando ya no se está en tales marcos de comprensión y la vaciedad del todo se ha revelado muda, surge una forma de relación aberrante entre nuestra consciencia y esa nueva presencia desahuciada. Al cabo de un tiempo, empero, por el entrenamiento tenaz que da el hastío, el corazón termina por adaptarse a ese aire inocuo. Surge, entonces, maravilla entre maravillas, un semblante que antes no imaginábamos: un sujeto purgado de la sed de conocer y del hambre de vivir. Nace el sabio. Y con ello, una nueva guerra aún más despiadada que la anterior pues ahora será un apestado, un fantasma quien está llamado a desempeñar una misión que lo supera, una labor estéril en términos positivos, de eficacia histórica. Pero ese es otro tema que por ahora no me interesa.

sábado, 7 de marzo de 2015

MALAS PALABRAS (O yo no soy un hijo de puta sólo un cabrón)

 (Bad Words)
Jason Bateman 2013




La irresponsabilidad paternal vuelta contra sí misma en la enseñanza no sociológica al niño que se le pretende perfecto. La venganza sublimada: mejor mala educación a no tener quien me eduque.

Destruir a un sistema educativo hipócrita que sólo busca purgar en los niños nuestras miserias espirituales, nuestra ineptitud como padres, nuestra inconsciencia por no ver la locura despreciable por traer a un ser humano al podrido mundo.

Vivir en el mundo que los demás dejaron para nosotros: detesto lo que nunca tuve porque de haberlo tenido hubiese logrado más que ellos.

Creernos mejores padres en el uso correcto del lenguaje: las palabras compañeras traicioneras, que no son nada, son letras, son signos desarticulados de un contexto real de afecto e interés. No importa lo qué me digas, de todos modos yo veo que no me quieres.

El niño siempre visto desde el ángulo del adulto, como si eso fuese posible en un mundo salvaje que el mismo adulto se inventa. El mundo es malo: hay que proteger a los niños de él. Y los protegemos y los volvemos la clase de imbéciles que creen que el mundo es bello y a colores.

Haberse quedado en niño y por ello, ¿ser mejor padre?

Haberse castrado con la finalidad de ser mejor hombre. Pour shit.

La grosería como modo de disección psicológica, lo soez, lo procaz, lo prosaico (cuya raíz prosa, femenino de prosus, es “que está en prosa; directo, recto, derecho”), como modo literal del derecho.

Mj ja jej jo jo seee

Sinopsis

El cuarentón inadaptado, nihilista y contumaz, Guy Trilby (Jason Bateman), le ha dado por aprovecharse de una laguna legal (Aunque habría que enseñarles a los organizadores del certamen lo que es una interpretación integradora de la ley), en el reglamento del torneo anual de deletreo organizado por la Pluma Dorada, instituto que dirige el Dr. Bowman (Philip Baker Hall) y así poder participar, cual chabelo cachirulo, en el concurso con una finalidad que dudamos sea obtener el primer lugar y el dinero que conlleva.

La razón de dichas acciones extrañas están prontas por ser descubiertas por la periodista Jenny Widgeon (Kathryn Hahn), a quien se le jurgó, digo, juró, la exclusiva sobre un asunto turbio que, después descubrimos, está relacionado con el director de la asociación Pluma…etc, y que tiene que ver con el hecho de que es un hijo de puta hipócrita que finge interesarse por la educación de los niños pero que fue capaz de dejar embarazada a una pobre mujer sin siquiera querer saber nada de su hijo. Ese hijo es, desde luego, Guy Trilby.

Nunca vemos qué pudo haber pasado de llegar a consumar su plan original este genio deletreador resentido, en virtud de que un pequeño niño de origen indio, Chaitanya (Rohan Chandz), se hace su “amigo” llevándolo a reconsiderar el sentido de su venganza.

¿Qué hubiese querido Trilby que hiciera el muy ojete de su progenitor? ¿Educarlo como lo hacen esos pinches papás pendejos que creyendo que porque pagan millones de dólares en escuelas caras, material escolar very expansive, están bajo estricta disciplina y les lavan el coco haciéndoles creer que son lo mejor en el mundo, harán de sus hijos mejores personas?

¿Qué llevándolos a Disney World les harán comprender el poder de la imaginación, la profundidad de la vida (o sea, que el mundo está de la  chingada), el sentido de la existencia?

¿La educación de esos niños incluye el hecho de que hay niños que mueren de hambre por culpa de la ineptitud de los adultos?

Buscando pasta de sopa de letras


No sabemos si Trilby reconsideró qué era lo que esperaba de la vida, de su posible padre, de su formación humana. Lo que sí es que sentía un profundo deseo de venganza e idolatría por su madre, la cual, ¡mujer al fin y al cabo!, le confiesa en su lecho de muerte quién es su padre. (Aunque eso es un derecho humano según el artículo 7.1 de la Convención sobre derechos del niño).

Suponemos que el pequeño niño indio le da una pista acerca de qué coño era lo que quería en realidad: ¿sintetizar lo que era con lo que pudo haber sido? Pero eso lo veremos despuesito.

En fin que al hacerse amigo del pequeño, echa atrás su plan y, justo en la gran final nacional por primera televisada en la que se enfrentan cara a cara, Trilby deja que el niño gane a través de una jugarreta pues éste no estaba dispuesto a ganar por condescendencia. Antes se habían bronqueado, pues Trilby consideraba que lo había traicionado al permitirse un pequeño dejo de comprensión filial. Claro ¡¿Cómo demonios iba a permitir que un mocoso se portara como adulto y le hiciera sentirse un escuincle lagañoso malcriado y berrinchudo?! Jamásh.




Finalmente, Trilby le confiesa a su progenitor el sentido de su extraña incursión en el deporte del deletreo infantil, y repleto de satisfacción por su catarsis mítica, se va a casita con su fiel reportera. Después compra un coche pintado de patrulla, hace subir al chamaco a fuera de su escuela en la que lo acababan de bullear, pone una torreta portátil, y juntos cual padre e hijo cuates, van tras los púberos malhechores hijos de la chingada del sistema por toda la calle con una ruidosa sirena de policía.

FIN

Pues mal por lo de querer ser policía. ¿Han escuchado la frase “¿Y yo qué?, ¿soy hijo de policía?”, para querer denunciar discriminación?

Mal porque cortaron la escena en donde la callejera que antes le había mostrado los tremendos senos rechonchos al niño, se dejaba tocarlos por una lana extra.

Mal porque nunca vimos la pintita roja en el trasero de la chamaca, ni el pito estrangulado por las tenazas de langosta de supermercado.

Mal porque nunca vimos más padres molestos atacar al cachirulo y la correspondiente sarta de buenas culeradas que les habrá vociferado éste.

Quedamos con ganas de más. El personaje es bueno. El niño es encantador y verosímil en su apropiación de la vulgaridad del mundo. Nos quedamos con ganas de más insultos a los padres pendejos y a sus hijos ñoños.

Pero sobretodo extrañamos una mejor explicación sobre el cambio que obró en el antihéroe de referencia. Desde luego es una forma de hablar. Caga el querer comprender algo en el cine, tal y como muchos pretenden. Lo que quiero decir es que resulta un tanto vago el sentido final del filme. Eso sí me parece valido indagarlo. Tengo una teoría. Veamos cómo me sale explicarla (A continuación no tengo idea de lo que voy a decir así que sean pacientes).

Trilby no tenía por qué tener tanto rencor así como de inteligente que era. Hay dos explicaciones a esto: a) No era tan inteligente, b), su niñez debió ser un infierno. Creo que es la última opción la correcta. ¿Qué hizo que su niñez fuera un infierno? El hecho evidente de que la sociedad no pueda evitar tener en la cabeza la palabra “bastardo” cuando conoce a un niño criado por su madre soltera. Creo, así como es la idiotez humana, hubiese sido mejor que fuese huérfano.



Ese prejuicio proviene de la idolatría a la familia. Así, a secas: una familia tiene una composición culturalmente determinada en base a la posición natural de la procreación. Decir familia es decir “padre y madre e hijos”.

Al cabo, nuestro personaje sabe que eso es falso: su situación demuestra que es mucho mejor que esos niños que han poseído las “dos figuras necesarias para estructurar una personalidad sana e integralmente desarrollada”. Sólo contó con la educación de su madre la que, por referencias, no era afecta a lo académico. Esto, quiérase o no, implicó para Trilby una contrariedad. Es evidente que éste pudo haber sido académicamente sobresaliente. Pero parece ser que no le importó. ¿Su madre lo castró? Es decir, ¿su resignación provino del desprecio inculcado por su madre sobre el desvalor de las escuelas? No, parece ser que esa influencia fue mínima. Lo relevante fue el asco que adquirió sobre la familia. Y decir eso significa asco por las instituciones sociales, particularmente por aquella que hace estrecha mancuerna con la familia: los centros escolares.

Se observa que Trilby es un hombre culto en realidad. La razón por la cual nos resulta simpático es porque es un patán educado. De alguna manera nos hace “confiar” en que no va a pasar la sutil línea hacia el delito de corrupción de menores. Aunque claramente haya inducido al sexo y al consumo del alcohol, al vandalismo y al manejo irresponsable de un vehículo, seguimos pensando en que el trasfondo es justificado.

Lo curioso es que esto no encuentra justificación en su infancia infernal, y con ello en los motivos de su venganza (que queda un poco floja a decir verdad), sino en el hecho de que ha sido forjado en el quebrantamiento de lo social, de lo políticamente correcto, de las buenas costumbres y de la visión tradicional de la educación.

See, cómo usted quiera sr. Osho...-¡Es Chopra!...-see, cómo usted quiera...


Más allá de esto, y que a mí me resulta interesante, es que el personaje no actúa ni interactúa sobre la situación cultural en sí, sino sobre el concepto de infancia.

Así, parece que Trilby es un aliado de los niños. Es harto probable que los motes sexuales que encuentran su médula en la ocultación de la intimidad del lecho conyugal, sean un estorbo para nuestra formación real como personas. La prueba de ello es que la palabra “verga”, seguirá sonando vulgar por siempre. Es una palabra que refiere al miembro viril a un contexto de suciedad y promiscuidad. El “pene” es inocuo, neutro, es el que nos lavamos o con el que orinamos. Es el que sirve para realizar el “coito” o “acto sexual”. Por el contrario, la verga “coge”.  

Pero nuestros padres no cogen. Nuestro padre, luego, no tiene “verga”. Pero Trilby no tuvo padre, aunque a su madre sí se la hayan “cogido”. Ergo, es un hijo de puta. Asume el rol de hibrido gramatical, condesciende al lenguaje social, en realidad. Y hace uso de la misma arma que la sociedad se confecciona en un intento desesperado por hacer de su cárcel un lecho de rosas: las malas palabras proscritas del lenguaje familiar. Su intención es descomponer, desnudar, desmantelar, deconstruir (Pf, lo dije), no literalizando el término, sino otorgándole su real dimensión pragmática (o sea, de la relación del signo con el intérprete): no soy un hijo de puta porque haya nacido sin padre, sino porque soy un cabrón.

Y en ese caso, todos somos hijos de puta. Su venganza se consuma cuando iguala las cosas. Todos los padres de ahí son igual de deslenguados, participan de la sustancia de la palabra prohibida.

A los niños se les hace creer que conocen el significado de las palabras. Por lo menos ahí sí logra la parábola la película: no importa la evocación etimológica, o que pueda descomponerla haciéndola pedacitos: escudriñar una palabra no es deletrearla. Las palabras como el insulto no son nada sin la carga semántica adecuada, sin la rabia, la envidia, o los celos de los que provienen. No hay nada peor que al niño se le enseñe a leer siguiendo el método lógico-gramatical. Termina viendo adverbios, adjetivos, modificadores circunstanciales de la oración, preposiciones, etc.

A un niño habría que enseñarle como ciertas palabras tienen vida propia. Y tienen el poder de tornarse reales, hirientes, dulces, ácidas, poderosas. Un niño necesita aprender que el mundo son palabras, que el límite del mundo es el límite de mi lenguaje. (¿Dónde había escuchado eso antes?).

El discurso del adulto dislocado en su infancia irrumpe con la grosería no deletreable. ¿En qué contexto sería usado? En el de la calle, sin lugar a dudas, en donde debemos terminar de formarnos y volver a la familia una nostalgia improbable.

El problema que veo es que hay una reconciliación. Y no me refiero al asunto del padre sino al de querer ser padre. Finalmente, adivinamos, será un padre a medias como híbrido que el personaje es. Al menos no es responsable por haber traído a sufrir al mundo a un ser humano. Toma de manera gratuita la responsabilidad. Asume los beneficios pudiendo en cualquier momento renunciar a los perjuicios. Es justo lo que haría un cabrón.

Así, Trilby logra salir de su atolladero existencial con relativa integridad, sin traicionarse, pero dándole a su cuerpo alegría Macarena.








miércoles, 29 de octubre de 2014

BAJO LA PIEL (O de cómo hacer para que se nos encuere la china)









Quizás es prematura cualquier forma de elaboración discursiva acerca de la tercera película del director favorito de los Radiohead, Jonathan Glazer. Quizás también uno deba tomarse un tiempo. Nueve años, por ejemplo. Sería necesario observar el contexto, la época, los trabajos que han estado haciendo sus coetáneos, el grado de impacto que causará, la evolución de su director, etc.

Pero eso sería relativamente falso. El cine es una experiencia sensible que, al igual que las demás, pierde vida a la luz de la retrospectiva (o proyectiva) deshollinante. Y que conste que no lo decimos por la urgencia de ser justos con algo que ha sido tratado muy injustamente ¿eh? Precisamente una de las cosas horribles que le pasó a esta película fue el de la referencia excesiva, el de la contextualización irresponsable de cierto pre-análisis pendejo: decir que trataba de esto y de lo otro, que estaba “basada” en cierta novela y que salía determinada actriz en pelotas. Eso fue catastrófico.



Es una tentación casi irresistible platicar de la experiencia “under the skin” cuadro por cuadro, gesto por gesto. Pero nos conformaremos con enumerar los momentos de los que está compuesta la obra a fin de trazar paralelismos con otros elementos de sí misma que le dotan del estatus de sistema, es decir, de conjunto autorreferente, de creación capaz de autoregenerarse a sí misma. Recordemos que una de las cualidades de las grandes obras, contrario a lo que se cree, es el de ser un universo cerrado, prófugo a los procesos dialógicos. Esto, desde luego, no es una paradoja porque al estar aseverando que ningún artista puede entablar un diálogo con los beneficiados de su obra vía la obra misma, no estamos eliminando la existencia del beneficio que es en sí lo relevante del arte.



1. Exterior-interior óptico

Acoplar un elemento a otro en casi todo diferente, puede ser un proceso penoso de largo o traumático de abrupto. En ambos casos estamos ante la presencia de los mismos elementos pero en situación preposicional diferente. Así, dentro de una sola letra puede caber no sólo la palabra que le es prototípica (la “j” de judío, por ejemplo), sino todo el universo semántico que se deriva del término. Leer fue equivalente a venir a la luz y cambiarse de ropa a cambiar de piel. Examinar un insecto de similar aspecto al que lo examina, o desnudar al cuerpo que ya no es uno, sólo fue posible al contraste de la luz que agrupaba a las siluetas en un sólo conjunto, como signos dados en un plano.

2. Hombre-mujer espacial

La estética inicialmente fue disciplina de los medios sensibles del conocimiento, del fenómeno que se daba entre las manifestaciones físicas, corpóreas, espaciales y nuestra capacidad para poder apreciarlos. Contrario a Platón, la belleza surge de las condiciones espacio-temporales del mundo, y la contradicción es contraposición: una mujer que posibilita la belleza por medio de lo espacial, también debe tener el poder de volver denso ese espacio imposibilitando la continuidad del fenómeno. De estar ante la presencia, en la esencia, luego, pásese a formar parte de una ausencia absoluta: la que ha secuestrado el interior y dejado a la superficie en un papel que no le corresponde: el de ser toda la posibilidad de espacio. Pero es obvio que la piel no puede estirarse tanto.



Scarlett es la superficie que fue asumida por el todo. No su personaje sino ella en sí. La cosificación no es volver a algo cosa (todos somos cosas) sino el fenómeno en sí de tomar una totalidad por su parte, de confundir lo cuantitativo con lo cualitativo: la piel por el cuerpo, por ejemplo. El placer por la felicidad. Y esto es posible saberlo porque hemos visto que ella por debajo es otra cosa (aunque tengamos que desgarrarla). La película da fe de ello. (Aunque ¿qué se le puede hacer? na más de escuchar su voz en "Her" de Jonze, ya nos inquietamos).

Ser un alien en sí mismo, es: a) no ser uno mismo, estar penetrado de lo otro (la mirada lasciviosa del espectador), y b) estar recubierto de algo que uno no es.  

Ser un alien en otro es: a) ser devorado por aquello que queríamos penetrar y, b), ser espantados por algo que pretendíamos nos daría placer (¡Nada más de pensar en la náusea que les causó a esos pendejazos que fueron a ver la película únicamente por el desnudo de Scarlett, me río con regocijo de enano bobalicón!).



Lo que obra el estremecedor efecto (¡maravilloso!) de que el cuerpo de un hombre sea reventado como si de un globo se tratara, es lo que también posibilita que de ese cuerpo podamos deshacernos si no conforma nuestra verdadera naturaleza. Pero los hombres (machos), parecen haber fusionado su ser y su piel de tal forma que perder uno es perder el otro. A eso le llamaría la eucaristía del prepucio por el condón, o de la verga por la virilidad.

3. Yo – tú, política del esguince

Hay alguien que quiere algo que nosotros pensamos querer también. Formamos parte de un discurso perlocucionado, estratégico, instrumental, pragmático, hipócrita y culero. Ya sea jefe de sector motociclista o proxeneta madreador, sed de venganza, curiosidad científica o afán de lucro, pronto la “traición” es inevitable.

Cuando de repente se obra el afloramiento, uno ya está del otro lado del espejo y a las moscas atrapadas hay que dejarlas salir. Luego veremos como el jefe nos mira irnos desde la puerta del espejo, encabronado y desdeñoso.



4. No sabes con quién te metes

También he pensado que podría funcionar al revés: una mujer que es salvajemente violada se convierte en una sádica asesina de hombres hambrientos de sexo (aunque eso sea una tautología). De hecho, si me obligan a decirlo con calzón chino, la película trata de eso: la sexualización de la mujer (o de la sexualización de Scarlett). Pero decir esto es también bastante mamón.

En fin que siempre llega el amor a salvarnos. Sea como compasión o deslumbramiento, deliberado dejarse llevar o rebeldía metafísica, hemos de avanzar hacia el interior del continente después de quemadas las naves. Hemos de completar el círculo del subir y el bajar, del entrar y el salir.




Y, POR CIERTO, AQUÍ LES DEJO EL SOUNDTRACK A CARGO DE MICA "MICACHÚ" LEVÍ: