martes, 10 de enero de 2012

TRATADO ESTÉTICO II


Matisse

Resumo: La tezo estas: la art abstrakta estas la emancipació de la principo de la tre temporal  elementoj en donita reprezento.


Si se habla de ruptura en el ámbito visual tendríamos que imaginarnos el lugar de la pintura al momento de la invención de la cámara fotográfica[1]. O viceversa.


Por reflexión básica habríamos de preguntarnos sobre la utilidad de la reproducción de la realidad, del medio circundante que envuelve al ser humano con su cobijo de belleza, del papel de momento eternizado de la obra pictórica. Esto es un aspecto del arte, llamémosle así, de índole técnico, circunscrito en la ejecución de la obra como problemática de ralea muy semejante al aspecto formal[2].


Ahora bien, si la pintura y el dibujo tienen un símil en la fotografía o el video, es sólo el aspecto técnico el que diferencia al uno del otro: por ejemplo, a nivel de composición de los elementos en un plano dado se trata del mismo escollo u objeto artístico; igual funciona la regla aurea o los principios de la proporción. Desde luego, es evidente que estamos hablando únicamente del resultado en su aspecto visual. En el caso del cine está claro el lugar que ocupa éste pues existen los demás elementos claros y distintos: música, dramaturgia, montaje escénico, montaje literario, etc. Por ello únicamente habría qué entender el aspecto esencial de la fotografía dentro de las artes visuales.


Propongo la siguiente definición: el uso de un dispositivo mecánico y/o digital para la obtención de la luz del entorno visual y su fijación en un registro tangible o virtual.  El ya famoso φως (phōs, «luz»), y γραφή (grafḗ, « escritura»).


Lo demás que se pueda agregar, en especial el encuadre discriminatorio, es asunto de índole pictórica, y, aún más: del dibujo.


Parto del hecho de la ejecución inicial histórica: el recurso primario fue el del trazo registrable en las pinturas rupestres (que nos recuerda la parábola de la caverna de Platón a manera de cuarto oscuro). También es primaria el aprendizaje del niño a dibujar sus letras: el aspecto semántico se encuentra separado de la noción gráfica teniendo éste únicamente relación con su aspecto fonético. (Etimológicamente Infante significa “sin habla”).


Sin embargo, desde un punto de vista del desarrollo de la intelección estética, o lo que es lo mismo, de la elevación hacia el plano simbólico humano, es la fotografía el asunto más primitivo pues al ser un medio que únicamente registra lo dado o lo presente, no posee mayor juicio que el de la selección de la escena o el encuadre, es decir, reproduce el fenómeno óptico ocular. Prueba de esto es que existen fotografías absolutamente irrelevantes desde el punto de vista estético. Por el contrario, no existe dibujo o pintura que no sea creada a partir de un sentido estético. Es menester agregar respecto a esto que las imágenes icónicas (letreros, símbolos en los ordenadores, etc.), carecen de intención representativa estética, al menos de manera directa: no se crean sino es mediando por lo menos un sentido del gusto (bueno o malo).


Si se agrega al encuadre la corrección de éste (y por esto habríamos de acotar lo correcto a la intención de quién toma la fotografía), las cantidades de luz (y lo que esto conlleva como el registro total de su espectro o solamente de unos cuantos a través de filtros), tendremos dos elementos para juzgar al fotograma como de índole estética[3].


Un tercer elemento lo conforma la disposición de los elementos una vez decidido el ámbito o esfera de movimiento de éstos[4]. Es importante hacer ver que la fuerza de los elementos proviene de la fijación de los movimientos supuestos que, a su vez, provienen del tiempo. En esto es necesario emular los movimientos de los cuerpos en el cine que crea la multitud de fotogramas. Aún en el congelamiento se haya presente el tiempo: en el ritmo de las formas que se acusa en las poses de los objetos. Un ciprés inclinado, un brazo flexionado, una posición del rostro, etc., aluden  la sucesión de momentos diferentes y de la inercia-peso que poseen los cuerpos. Vemos como entonces el tiempo, a través de la imagen, se traduce a un asunto de relaciones proporcionales, de la colocación de cada elemento en su lugar correcto. Como no sea tratándose del futurismo, esa corriente estética cercana a la visión del registro permanente del movimiento, la obra estética visual traduce a su lenguaje espacial la realidad del tiempo.


Se dirá que existen cuadros de elementos inanimados. Olvidándonos un momento del arte abstracto, observamos que en el pretexto por antonomasia (el bodegón), no existe registro del tiempo. Pero es sólo apariencia. En realidad los objetos están “cayendo”, de otra manera no se explicarían sus superposiciones o deformaciones dimensionales. La energía, la fuerza, el poder de una representación se halla en la medida del registro de la gravedad de los elementos que la conforman.



Sección aurea, imagen tomada de portalplanetasedna.com.ar



Es paradigmático el ejemplo de los arcos arquitectónicos: expresan ritmo, y el ritmo es una forma de medida de la temporalidad. Un “beat” musical posee “grove” en la medida en la que “tira para adelante” y tiene “feel” si se atrasa. Es un asunto de presión y depresión, mutatis mutandis. De igual forma, la perspectiva, por ejemplo, no aparece sin ese “grove” o “feel” que se dan en la cercanía o lejanía de los elementos (columnas), que conforman la sucesión (puente o arcos). El elemento pequeño “invita” al ojo a encontrar un punto de fuga (ir para adelante) y el grande a quedarse en el lugar de observación (retraso de la visión).


Sucesión es reproducción, repetición de un mismo elemento. Lo temporal afirma lo sexuado, y lo quieto, lo estéril. Un tiempo exacto, a la medida de un metrónomo-reloj, solamente hablaría de un tiempo muerto o eterno.


La obra visual puede contener este “tiempo muerto” ajeno a lo depresivo o eufórico, por llamarle de una forma en la que el ritmo sale o se adentra, se aleja o se acerca. Si se enajena de estos elementos forzosos de lo humano, se crea un arte simbólico cercano a la producción iconográfica o bidimensional.


Tanto en el clasicismo (equilibrio de fuerzas centrípetas y centrífugas), como en el arte contemporáneo (una explosión de la fuerza centrífuga y, por tanto, similar a lo tangente), existen fuerzas con tendencias definidas.





Regla de los tercios, imagen tomada de carolvideos.blogspot.com



Por el contrario, cuando se sale de estos planos tenemos una producción “estéril”, de sensación metafísica: toman su fuerza de la incomprensión del fenómeno de la luz, es decir, del color, y de la “línea y el punto con referencia a un plano” (Kandinsky).


El arte abstracto es la emancipación del principio de la fuerza temporal de los elementos en una representación dada. Lo anterior significa que se deja fuera al tiempo, o lo que es lo mismo, lo “fotografiable”.


Ahora bien, tema de especial importancia lo ocupa la teoría del color en el aspecto de su abstracción[5]. El empirismo inglés asegura que no existe ninguna forma intelectiva que no posea sus bases en la experiencia. De ahí que Kant luego diga que las intuiciones puras (no categorías a priori, esto es importante aclararlo), sean el tiempo y el espacio y que éste tenga por singular medida de objetividad al color, mismo que no puede contarse como una atribución de las categorías de los objetos (extensión, figura, solidez, número…etc.) sino algo que carece del elemento subjetivo. Esto último, por cierto, bastante discutible.


El punto de entendimiento del problema del color lo constituye el hecho de que la explicación fisicalista de que las ondas o frecuencias de emisión de ciertas superficies al absorber unas y rechazar otras y el efecto que crea en el ojo, no constituye una esencia sino solamente una causalidad. Igualmente ocurre con la reducción del problema a un fenómeno neurofisiológico (¿El color desaparece cuando no hay luz ni retina que lo perciba?). Tal parecería que el problema radica en el nombre mismo del color; es decir, que no existe tal entidad aunque sea un fenómeno claro.



Color violeta: longitud de onda entre los 420 y los 380 nanómetros (el color de frecuencia más alta que puede percibir el ojo humano) Imagen tomada de http://es.wikipedia.org/wiki/Violeta_(color).



Para esto, habríamos que observar la diferencia entre pigmento y color. El primero es aún la sustancia (un objeto reducido a determinadas cualidades particulares) en donde percibimos al color. El granulado o el pixelaje no son formas de pigmentación sino su registro. La pigmentación solamente se da sobre los objetos de la realidad. Pero ¿un cuadro, una foto, una imagen digital, no son acaso también “objetos”?


La obra artística no puede mantenerse indiferente a la problemática del color porque la diversidad y tonalidades de la gama de colores son también vehículos de expresión del espíritu elevado. Es clara la impresión onda que causa un naranja rojizo a lado de un verde ocre (efectúan casi el imposible fenómeno del verde-rojizo, amén de que imprimen en el ojo humano una sensación de libertad apasionada). Las tonalidades primarias son émulas de la estética minimalista de la misma forma en que las formas geométricas simples son propias del Suprematismo. En el fondo, lo que subyace en la creación artística colorida es el problema de la profundización de cada esencia del color.

Elements Vegetaux, c.1947 Serigrafía por Henri Matisse en AllPosters.es


Si existe una filosofía del color, existe también una estética del mismo. La estética va más allá de la simple teoría del color pues éste no tiene el valor de la praxis. La acción propia del manejo de los colores posee hondo sentido psicológico a sí como el manejo de un experto como lo sería el colorista. Éste tiene su mayor campo de acción en la pintura, el comic y la fotografía.


Sin embargo, por la misma razón por la cual el color es una problemática filosófica, el plano puro de representación estética es con referencia al cromatismo. La línea o el punto normalmente es imaginable como negro sobre un plano blanco, es decir, ausentes de descomposición de la luz o de plano en “ausencia” de toda ella. Estamos en la base fundamental de todo lo relacionado con la expresión pictórica. Si se quiere escarbar las posibilidades de todo cambio en la perspectiva de la creación estética fundamental se debería renunciar al color y a la representación fotografiable.


 1] Otra forma de expresar esto es abordando el asunto de la legitimidad de la fotografía como arte o de la pertinencia del Naturalismo como corriente artística. En esto cabría investigar el trabajo del pintor convertido a fotógrafo Gustave Le Gray.
[2] También existen los factores históricos (sociales, económicos, políticos) del ascenso de la fotografía como medio de sujeción histórico al creciente poderío burgués capitalista y positivista, en ser retratada como poder emergente.
[3] Existen elementos de juicio en el sentido estético del fotograma muy propio como lo sería la profundidad de campo o ámbito de enfoque, y el nivel de saturación de la luz expresada en isos.
[4] Esta es la parte más endeble de mi disertación, por lo que es probable que después pueda ser mucho más exacto o de plano virado hacia otra postura.
[5]Gran parte de lo siguiente está tomada de la siguiente página en donde el maestro Tomasini Basols diserta sobre el problema del color desde el punto de vista wittgeinsteiniano. http://www.filosoficas.unam.mx/~tomasini/ENSAYOS/Colores.pdf

lunes, 2 de enero de 2012

TRATADO ESTÉTICO I


Empiezo el año con un ensayo sobre la distinción del arte dimensional y tridimensional como campo de lucha de dos espíritus que han hecho una evolución en el arte pictórico: del antropológico y religioso. Ese es el tema que me obsesiona y que propongo a guisa de tesis estética. De ahí sin duda tendré mucho más que decir.
Paul Klee: el Pez Dorado

Esencialmente en el plano bidimensional se ejercitan las categorías cuantitativas del conocimiento. El número y las formas primordiales se extienden sobre un plano aún no espacial y que por ello resultan en mayor abstracción y acercamiento con el símbolo lingüístico.

Las imágenes rupestres y de la antigüedad dan cuenta de una forma de representación aún muy cercano a lo numérico y abstracto. Por contradictorio que pudiese parecer, los planos de dos dimensiones poseen mayor abstracción en tanto en la realidad física no existe dicha reducción. Inicialmente el arte de la representación es simbólico, con plena conciencia de que lo ahí representado carece de referente directo con la realidad. Alude más bien a una cuestión de índole espiritual, alejado de la imitación de las cosas reales. El arte es primitivamente simbólico, alude a una forma de fetichismo que se fragua en la consciencia de ausencia de entendimiento del mundo.

Desde este punto de vista, el arte del dibujo y la pintura, en esta etapa, tiene gran parentesco con el lenguaje: buscan explicar fenómenos que están fuera de nuestro entendimiento.

El símbolo o el significante y significado hacen por vez primera su función de adhesión del hombre solitario hacia un núcleo social. Las representaciones rupestres hacen referencia a la práctica de los hombres de la tribu en lo que más de común tenían: la caza como símbolo de supervivencia y de razón de vida.

Con un parangón en el arte del muralismo mexicano, observamos que la obra de arte es desde sus inicios un lugar de reunión de las almas a través de un lenguaje común.

El hombre antes de escribir aprendió a pintar. Y la pintura sirve de expresión de los sentimientos místicos y de adhesión a lo que más adelante se convertirá en el lenguaje escrito: simbología primitiva que realza la supremacía del plano bidimensional sobre el tridimensional.

Cruzadas las etapas de emancipación del arte de sus funciones sociales y religiosas (fundamentalmente icónicas), el hombre expresa la realidad de la naturaleza: la belleza de los paisajes y del cuerpo humano, el deseo de obtención de esas formas através del arte.

Como se puede observar dicho movimiento del espíritu obedece a la resolución de entregarse a un modo de vida en la que lo humano es aún mucho más inmediato que cualquier otra forma icónica abstracta. El arte espacial debe su aparición a la emancipación de lo religioso o supernatural. La copia de lo real, el sentido de la imitación fotográfica apunta al sentido de una terrenalización del arte, de expresarse orgulleciéndose del valor del mundo circundante.


El arte griego clásico, es el primero en incorporar el tercer eje de la representación estética: un pueblo con tal holgura económica y capaz de producir la racionalización del fenómeno humano solamente podía confeccionar la idea de que la copia de la realidad era verdadero arte, dejando al plano artesanal las formas plasmadas en lo largo y ancho.

Famoso es el mandamiento de la ley judía en donde prohíbe hacer representación alguna de Dios o de la naturaleza. Esto es muy propio del primitivismo pagano. Por el contrario el arte geométrico judío y en especial el árabe, da cuenta de una forma superior de entendimiento de la deidad, una especie de divinidad espinociana, en donde las formas perfectas, intrincadas, abstractas por matemáticas, gobiernan una expresión simétrica y monótona.

El aburrimiento como émulo de lo eterno, parece ser el indicativo de este arte cuyo símil pudiese ser hallado en la música y arquitectura barroca.

Al-Khat e A Palavra na Arte Árabe-Islâmica. Aida R. Hanania
arabesc.multiply.com

“Lo abstracto es divino”, pareciera decirnos esta metafísica que gobernara el arte medieval y antiguo. El giro, la elipse, la repetición, la fuga, el ritmo repetitivo, a manera de canon; lo esférico, las proporciones no áureas, parecen regir una concepción del mundo en la que Dios se complace en la pureza no terrenal. Lo terrenal es fundado por la creación: acto de estar. Y el estar es espacial, es decir, sujeto a las tres condiciones del existir: ancho, largo y profundo.

Así, fuera de lo plano está el espacio. El tiempo (repetición de un elemento), nace de esta reproducción propia de lo sexual y por lo tanto, fuera de lo eterno.

En el paraíso, antes de la historia, del inicio del tiempo, todo era iconográfico. Los símbolos prescribían la conducta del hombre, y una solemnidad barroca gobernaba las estructuras simétricas del mundo. Todo era símbolo y representación.

En la música, la síncopa, el destiempo, la producción dodecafónica, el “outside” del jazz, es similar a la espacialidad y aún más: a la yuxtaposición de los principios abstractos y espaciales.

¿Qué ocurre en realidad cuando aparece el impresionismo y su plenitud, el expresionismo? Se regresa a los principios de la representación icónica. Esta es la tesis.

Esto es aún más claro cuando se trata del arte del siglo XX en donde lo abstracto alude a lo religioso. Miró, Klee, Matisse, son ejemplos paradigmáticos de esta sensación de recuperación del plano religioso en el arte, es decir, iconográfico.

Si el arte clásico, el del renacimiento a la modernidad, converge en un realismo crudo o denunciante, es decir, ya representativista (Goya, Rembrandt, Degas) dado la cercanía con lo humano; la crudeza llevada a su máxima expresión llegará hasta la decadencia de lo humano, su miseria y las formas más feroces de vida.

Se da un acercamiento del arte de la pintura hacia lo religioso en la medida en la que el hombre es retratado desde el hombre: aparecen los grandes fantasmas, los hombres alienados, los cuadros dostoyevskianos existencialistas. (Van Gogh, Munch, Gauguin.). Este arte es, en realidad, de transición: incorpora el subjetivismo dentro de la obra como necesario para llegar hasta el arte puro cercano a lo divino. Es falso que el arte moderno funde una visión antropológica de la vida. La muestra de esto es que ante el arte contemporáneo se tiene una sensación de extrañamiento y confrontación. Un arte que no repele o sea provocativo, no puede ser actual. La “otredad” se expresa mediante este mecanismo de “acompletamiento de la obra” (cuyo plano óptico fue explotado abiertamente por Seurat y los impresionistas), y que no es más que una concreción del “absoluto otro”.
Edward Munch, Golgota. Imagen tomada de quieromillamada.wordpress.com

El expresionismo es ya la “autoconsciencia”, en términos hegelianos, de la evolución del genio pictórico. No es que se vuelva subjetivo, sino que cae en cuenta de que siempre se ha sido subjetivo. Van Gogh es el Descartes de la pintura: inicia la destrucción de la sustancia, del ser, de lo más tangible a lo que pudiese referirse el hombre. La visión melancólica de Van Gogh nos hace percatarnos que las realidades, las que sean, siempre están al servicio de nuestros intereses y que es eso lo que permea cualquier forma de comprensión.

De este paso al de la abstracción pura existen otros pasos que son ejemplares de este retrotraimiento al plano “artesanal”. El Naïf y el arte aún más lejano del asunto mundano (Kleist, Chagal, Monet.), convergen en el infantilismo como búsqueda primitiva de las bases del arte.

Mucha de la obra de Klee está basada en la observación de la creatividad de sus hijos pequeños, infantes aún que vivían un mundo similar al de los antiguos rupestres misticos. Por su parte, Miró toma de su entorno catalán esta forma de mosaico árabe, de iconografía religiosa impuesta a través de la ocupación.

Por último, una referencia absoluta en el arte, está la honda impresión que en los creadores occidentales ha creado el arte abstracto japonés.

En cuánto a éste es pertinente observar la directa relación que guarda con el misticismo primitivo. Si Gauguin pretendía destruir gran parte de la simbología religiosa cristiana a través de sus temas paganos, en el arte oriental no es necesario hacerlo puesto que nació libre de esa tara.

No se conoce incorporación de la copia de lo real a través del plano espacial en el arte oriental. Parece ser que por siempre atisbo la realidad de la abstracción como única, llamémosle así, realidad. La dispersión, la totalidad, la serenidad en un arte que parece vibrar, contener su fuerza en un trazo único, es la expresión de un sentir espiritual generalizado en oriente. De la misma forma en la que las artes marciales, por paradójico que parezca, fueron creadas para evitar la violencia, así el trazo del arte abstracto japonés expresa en una sola forma de proyección de la energía interna, una manifestación de lo total.

elarteenlinea.blogspot.com


miércoles, 14 de diciembre de 2011

RFLEXIÓN ENTORNO A LA ÉTICA DEL HOMBRE GENIAL


EL VIAJERO, CASPAR DAVID FRIEDRICH 1818

1.- Dos pruebas

Soñamos con un día tener la Presencia. La grandeza moral y espiritual que más pueda alcanzar un hombre. Pero, empecemos por esto: ¿existe tal antes que ser deseable? Sin ningún lugar a dudas. La historia da cuenta de grandes hombres, viles, mediocres y tiranos. Podemos juzgar al hombre común a partir de su ausencia en la historia. No forma parte más que de la masa anónima guiada por los hombres verdaderos.

Esa es una prueba. Otra sería la imposibilidad de soportar a la vida de no contar con las grandes creaciones humanas. Desde la religión hasta la política, todo producto espiritual es el resultado de  la labor de unos cuanto elegidos.

A mí no me hacen falta más pruebas. Lo siento en la poesía, en la música, en las magnas obras visuales. Siento vibrar una chispa diminuta de infinitud. Con eso me basta.

Es un buen comienzo. En un mundo donde tal pareciera que la pluralidad gobierna otorgándole a cada ser un estatuto de su propio legista, suena extraño suponer una sola estatura moral, una medida única de grandeza. Me parece claro que la igualdad y los respetos, las tolerancias actuales, sólo sirven para paliar las debilidades del vulgo.

¿Existe una superioridad entre los hombres? Sí: de otra forma no se entendería el porqué de las grandes perdidas. No me parece cierto que a la muerte de un hombre cualquiera, la humanidad se sienta disminuida. Más de una vez hemos preferido históricamente la muerte de uno en lugar de otro. Hay seres miserables, infrahumanos, desprovistos de cualquier talante de beneficio al mundo. Los grandes persecutores, los déspotas, los asesinos  y violadores, todos ellos, escoria humana, no pueden ser equiparables a la grandeza de un pequeño niño inocente.

¿Más pruebas de la superioridad entre los hombres? A mí por lo menos no me hace falta. Está claro que hay seres superiores, y que entre cada uno puede haber miles de años de evolución.

Una cosa distinta es tenerles un mínimo de respeto. Sin duda, como a cualquier otro elemento de la realidad toda se la pudiésemos tener. Al tratarse de un derecho, no obra el privilegio y todos son tratados de la misma forma. Pero la definición ética sobrepasa ese plano vital para situarse en alturas en las que resulta impertinente voltear la mirada al usual de los hombres, a los derechos comunes.

2.- Esfuerzo y fruto: plenitud del genio

Eso es respecto a la certidumbre de si existen o no tales hombres de ingenio. Respecto a su posibilidad, habría que analizar de cómo “se llega a ser quien es”.

Existe una moral aristocrática natural. Por esto entiendo que la distribución entre los hombres de dones, talentos, capacidades, nunca es proporcional. La naturaleza es ajena a nuestras nociones de justicia. No es una contradicción el que haya sujetos más aptos que otros con el hecho de que a todos se les exija por igual; en realidad, al dotado se le exige mucho más. Otros hay que no van a pasar de cierto nivel sopena de sufrir un gran esfuerzo que los podría colapsar. Sin embargo, si esto es posible, el hombre talentoso debe inclinarse a esta obsesión por el perfeccionamiento. Luego, como se notará, a ambos se les exige el mismo esfuerzo, pero distintos alcances.

Se dice que el genio se empeña en su límite; una vez circunscrito, arremete con todas sus fuerzas sobre ese campo. Podría ser, pero también existen almas capaces de abismarse. No tengo en mente a este tipo de genio, sino más bien al genio ético, el que lucha dentro de sus capacidades, aquel quien de manera humilde ha reconocido sus limitaciones.

Este es el comienzo de una gesta heroica. A algunos les toma mucho tiempo de maduración, a otros, precoces y fervientes, les está reservado al final de sus días la nostalgia de su pasado glorioso. Porque, la juventud es la más gloriosa de las verdades de éxito.  Pero la historia nos enseña que los más no fueron lo que llegaron a ser sino en la edad madura. Madurar es el término que se le aplica a esta labor de convencimiento hacia sí mismo, este debate a muerte que yace en el hombre genial.

Suponemos no hay nada más amargo que morir con la consciencia de insatisfacción de la vida que se deja atrás.

Unos morirán infelices, conscientes de que su vida pasó con la mediocridad de las almas vulgares. Habiendo nacido noble, no tendría peor castigo que haber vivido en la oscuridad, en el ocultamiento de sus talentos, perdido entre la masa de fantasmas que son los demás hombres. Queremos creer que quizás en el último momento tenga una explosión de creatividad absoluta, de desesperada redención. Liberado de su sentimiento de inutilidad de la vida, de victoria del sepulcro, entrevea que no es del todo malo querer guardar un buen recuerdo de sí en la memoria de los hombres.

La tardanza de algunos genios se debe a dos tesis encontradas que yacen en su interior: el sinsentido de todo cuanto se hace, y la verdad absoluta de la conmoción de vivir. Grotesca y bizarra, estremecedora y brutal, sublime y bestial…La belleza auténtica del mundo solamente a él se le está reservada. En nadie más puede delegar sus misiones, aunque éstas sean inútiles. Y esto último quizás sea su secreto para no vanagloriarse a la vez que una cruz que vuelve virtuosa su labor.

3.- La soledad: primera condición de vida del genio

La soledad, el camino solitario. No hay condición distinta a esto. Podemos afianzar nuestras horas en uno que otro hombro fuerte, pero los dolores auténticos del elegido nadie los conoce. Supremos esfuerzos quizás, no lo sabemos. Lo cierto es que la terrible belleza de su fuerza se haya en haber logrado sus triunfos en la sombra de la soledad, en donde no es posible el fingimiento ni las conveniencias políticas. El hombre de estatura moral elevada no conoce la indiscreción, el aspaviento: increíblemente pudoroso, posee un universo rico en consciencia, en verdad y en virtudes.

Otra cosa es que esos trabajos tengan repercusiones políticas, exteriores pues. Es normal, no se puede evitar. Lo tramado en secreto tarde o temprano salta a la vista: él mismo no puede ocultarse, irradia la luz que se forjó en las oscuridades insondables de una misión personal y secreta.

Estar solo es reconocer que así se está siempre, es desembarazarse de la engañifa de la no-soledad. La soledad no solamente es una condición necesaria para el genio sino para el desarrollo de cualquier forma de personalidad verdadera. Ciertamente que actuamos movidos por el medio, influidos por otros hombres: por repulsión o simpatía; pero estas no nacen si no hay en nosotros una inclinación natural hacia uno u otro.

Las consecuencias de la gran capacidad de absorber conocimientos, es la entrada en la vorágine de pensamientos sin fin. Un genio auténtico pone freno a esto a través de la personalidad propia, él solo, sin ayuda de nadie: es su oposición a las fuerzas exteriores. Natural es definir como contrario a la moral del rebaño, la moral del hombre solitario que tiene por miras una estatura que los demás hombres, ciegos de comunión con otros hombres, no pueden apreciar y, por ello, comprender.

Esta condición del desarrollo del genio es equiparable a la dignidad de algunas doctrinas morales que merecieron o que merecen nunca ser objeto de éxito, de prestigio, de adopción por parte de la gran masa de hombres. Una ética pública es sospechosa, así como el triunfo histórico de cualquier religión. Tengo en mente al estoicismo frente al cristianismo, al budismo frente al hinduismo. Ya sea Zenón o Séneca, Marco Aurelio o Epicteto, fue mil veces preferible la muerte histórica de doctrina tan fina a verla perecer en manos de la turba que, sin lugar a dudas, terminaría deformándola y viciándola. En cuanto al budismo, esperemos que deje de tener adeptos y que aún muy pocos logren penetrar el silencio inaccesible de la vacuidad.

4.- La disciplina: segunda condición del genio

Se puede ser lírico y desgarbado, espontáneo y natural, más, el hombre elevado no sabe hacer las cosas sino mediando lucidez y ejercicio. Otra cosa es talento dilapidado, y también: necesario es ser una vez romántico para ahora ya crecido ser un clásico. Ya habíamos hablado del esfuerzo. El esfuerzo no tiene sentido sin orden y régimen severo. El hombre verdadero sabe que su campo de acción es el tiempo, que no existe orden sino mediando una distribución equitativa entre todos los ordenes que componen su ser. Desde el alimento hasta el techo en el que mora, su vida personal hasta la pulcritud de sus ropas, todo ello merece especial atención y ecuanimidad.

Parecería cosa fatua el que los soliloquios de Marco Aurelio empiecen con consejos sobre la alimentación. Como se dice de Ceronetti a propósito de los regímenes dietéticos: más que las declaraciones profesionales, la dieta de un hombre habla mucho de quien es.  Esto es un ejemplo. Así la vida toda.

En más de una ocasión hemos visto levantar el vuelo a los hombres talentosos en el momento en el que deciden poner orden a su casa y a sus horarios. Sin concesiones, se debe seguir al pie de la letra los itinerarios, la hora de los ejercicios, la producción de la obra: en el momento en el que la naturaleza viciosa del hombre centrada en el placer del instante quiera enseñorearse de nosotros, hemos de recordar que vale más hacer las cosas aunque no entendamos mucho porqué; es decir, aunque olvidemos nuestro compromiso con nosotros mismos.

Incluso, es pertinente señalar que dentro del control del hombre maduro y entregado a su causa, entra el control de la pasión, de la obsesión, de la fiebre por hacer y reproducirse espiritualmente. Sirve esta forma de descontrol en determinado punto…más allá, en el exceso, solamente hay caos y destrucción. Ejemplos de estos abundan.

5.- Tercera condición del genio: la modesta arrogancia

El juicio, en el sentido de detenimiento de la cabalgata nihilista en aras de la función vital, es el elemento sine qua non del quehacer del ser creativo. Es imposible hacer lo que sea sin mediar este aspecto fundamental.

Esta seguridad, una afirmación de la personalidad, trae como consecuencia la antipatía de quienes no tienen nada que proyectar, de quienes, cuya vida gris, no sabrían reconocer en los otros la grandeza que no poseen.

No hay duda de que la arrogancia y la modestia provienen de los contrastes entre las vidas de hombres disímiles. O no se ha entendido bien cuál es la labor de uno, o, habiéndola entendido no se le da el lugar que le corresponde. El primero quién se otorga este lugar es el hombre. Si esto no es así, no se trata más que de un ingenuo que no ha sabido ser lucido respecto a sí mismo. Distinta cosa fuera el mundo si todos estuviésemos en el lugar que nos corresponde, asumiendo nuestros destinos.

Honda impresión y risa causa el Ecce Homo de Nietzsche cuando asevera sus ya famosas frases: “¿Por qué soy tan sabio?, ¿Por qué escribo libros tan buenos?, ¿Porqué soy un destino?” Etc.,…La idea era confrontar la moral callada del hombre ausente que no tiene nada de lo que admirarse. A consciencia, cumple su labor pedagógica: ilustrar que nadie se afirma si no tiene razones para ello, y que esto el público mediocre lo ve como insoportable petulancia.

Pero aquí no se habla del fatuo que cree saberlo todo y soportarlo todo. Estos “bárbaros”, como le llamaría un pensador español, especialistas en una porciúncula del saber que poca injerencia tiene en otros quehaceres, no se compara con el alma universal, humanista si se quiere, que domina ámbitos vitales y que toda la fuerza de su obra descansa sobre la plataforma de un conocimiento basto de la historia, de las artes, de la religión y de la cultura en general.

La pregunta es: ¿Cómo no actuar con la autoconsciencia de superioridad frente a los demás que difícilmente pueden abismarse a su corto espectro visual? Negar esto sería ridículo a más de deshonesto. Sin género de duda esta dignidad proviene de la responsabilidad y de la paciencia de tener que soportar a un mundo miserable y corrompido… En suma: vulgar. Se entenderá entonces que dicha arrogancia provenga de la necesidad de ser el tutor de la humanidad.

Sin embargo esta arrogancia es de una especial cualidad: no se manifiesta más que a ratos, en el momento oportuno. Desde luego que en cada acción que realiza el hombre genial se deja sentir la vibración de una superioridad consciente.
6.- Apuntes finales
Así de esta forma existen los grandes hombres. No hay duda, no existe fundamento moral, metafísica de la conducta ética que no sea la simple y llanamente esbozada. Tratar de profundizar en eso es estéril además de ridículo: expone en quien lo pretende una insuficiencia total de comprensión del quid.
Podemos ampliar hasta la madrugada, pero nos apremia laborar en nuestros asuntos. Otra cosa es cometer el crimen de desperdiciarnos.



 

jueves, 8 de diciembre de 2011

PROPAGANDA Y ENSEÑANZA



El hecho que haya pasado por religión perseguida no debería hacernos olvidar que el cristianismo adquirió estatura de poder absoluto gracias a las vicisitudes políticas de una Roma corrompida y macerada.


Se trató de un hecho de comensalismo: El Estado decadente se nutrió de una forma monolítica de poder expresada en un dogma universal y absoluto; la nueva religión se propagó gracias a los canales administrativos que todavía sostenían la existencia de un Estado nacional. Esta asociación definió una vez y para siempre la forma de ser de las organizaciones sociales en occidente. En realidad, el poder político y espiritual siempre se ha servido el uno del otro. No puede ser de otra manera: ¿quién se atrevería a negar la carga de responsabilidad política que implica ser un iluminado? El padre de Buda Shakyamuni temía que su hijo dejase de ser un líder político a cambio de un gran hombre santo. No sabía que son la misma cosa: basta para ver la historia para corroborar el hecho. Y la decepción de Judas Iscariote es infundada. Ningún líder político verdadero lo es sin misticismo.


Después del Concilio de Nicea y tras la caída del imperio romano de occidente, la diáspora de la aristocracia romana por toda Europa, debería de aún quedar sujeta a una forma de imperio: el sacro románico-germánico; es decir, sustraído a la jurisdicción de los barbaros y los cristianos. Todo pequeño reyezuelo feudal no podía menos que besar la cruz y someterse a la suprema omnisciencia del evangelio; es decir, a la Iglesia, al todavía existente monarca romano.


Siempre me pareció sospechoso el nivel de propaganda política que poseía el cristianismo en sus orígenes. Ningún cristiano medianamente instruido se le puede ocurrir el día de hoy negar los grandes beneficios que le procuraron a la nueva religión los gestos extrovertidos de un Constantino. Y es que la política poco tiene de espiritual como mucho de poderoso: o perece en manos de sus adversarios o se impone mediante el edicto de la violencia. ¿Qué otra cosa es oficializar una doctrina religiosa sino elevar a sus sectarios al régimen de policía del Estado? Por provocación, San Gregorio o Tertuliano, debieron haber conocido la suma verdad de tener que hacer violencia a sus almas perdidas por medio de su buena nueva como recurso necesario. A San Agustín le parecía un milagro la expansión instantánea del cristianismo; a nosotros nos parece que el cristianismo siempre tuvo el estatuto de pandemia: fue un movimiento religioso que creció bajo los auspicios de una sociedad decadente y una nueva época de expansionismo político.


Dos cosas ayudaron de gran manera a propagar la doctrina del apóstol Pablo: la redirección del desprecio hacia la paganidad perdida, ahora redimida, hacia sí misma, y, la disolución de los estatutos políticos de los ciudadanos romanos. El ciudadano romano era el centro de los mayores vituperios de la doctrina, si aquél, por un desliz como por una presión política, cedía a los beneficios de la conversión, no tenían más remedio que atacarse a sí mismos. Se entiende ahora la causa del reguero de pólvora, de la saña paulina: no se atacaba a todo, sino solamente a las defensas, motivos de orgullo de la paganidad: la estatura moral que antaño gobernó, la de una corpulencia forjada al calor de los dioses terrenos. Lo cuantitativo y lo cualitativo de un sólo plumazo. La fecundidad espiritual de la antigüedad estaba muy cansada para hacerle frente a la turba. Los espíritus antiguos tenían el derecho a la libertad de ser indiferentes, de perecer en manos de su propia dignidad aristócrata. No se cumplía en una nueva forma más que el fanatismo que siempre ha dominado la sangre del hombre desde un principio sin fin. Los estoicos y los epicúreos lo sabían: la responsable de las decadencias, de la caída de los imperios no son las invasiones, sino las conquistas espirituales. El verdadero enemigo nunca fue Alarico o sus vándalos, sino un puñado de fariseos resentidos. En efecto: la idolatría es instintiva y el cristianismo no iba a ser la excepción. Finalmente éste, pretendiendo ser una reforma del espíritu, terminó siendo un cambio político en el que se infiltraron las bases para un nuevo Estado en el que la división clero-Iglesia sería la piedra de toque de un oscurantismo anticristiano.Una vez elevado a rango de constitución política, el evangelio se convertiría en una forma de propaganda nacional, de nacionalsocialismo imperialista.


Todo lo contrario cuando es el espíritu el que busca una solución a su sed de paz y de medicamento. Si andando el tiempo se topa con un folleto “espiritual”, sin duda le será de gran provecho. ¿Qué clase de doctrina que pretende ser la gran solución a los más íntimos de nuestros abismos puede ser resumida en unas pocas líneas de palabras vacías? Las letras son dunas estériles que sólo el alma atribulada les puede imprimir fertilidad. Más… ¿qué esperar de una forma de sanación que ignora por completo la trascendencia de la sabiduría por encima de la Fe y de la Esperanza? Puede decir lo que sea a condición de preservar las notas no pocas del chantajismo emocional y de las condiciones que nos impulsan a abrazar una fe ciega. Amor, fe, esperanza, las tres virtudes teologales del cristianismo nos dicen todo sobre ella. Todas ellas formas carentes de sentido, impregnadas de irracionalidad.


Los grandes males del cristianismo hay que encontrarlos en la bilis de San Pablo. Demasiados enojos nos hacen verlo como un cristiano de sospechosa cepa. Atropellar al interlocutor es un signo de suprema incapacidad para las profundidades espirituales. ¿Quién, sabiendo de la inmensidad basta de una compleja sabiduría divina y estando en una nobleza básica, se inclinaría a tratar con dulzura sus recovecos? No existe otra forma que no sea la difícil para hacerle frente a lo que está más allá de lo humano. El que algo sea imposible no es condición para que no intentemos abordarle. No se le falta al respeto a un objeto de devoción como no sea preocupándose poco por ponerla a prueba. ¿A qué se debe la falta de poder en las palabras de los cristianos al momento de exponer su verdad? A su falta de contenidos. Eso solamente lo otorga la experiencia de una espiritualidad ejercitada en la duda y en el examen, en una dialéctica en el que se permite la libertad de la reinvención, en el que se le da a la verdad la oportunidad de sernos útil.


No tengo ninguna duda en que toda alma insatisfecha no permanece por mucho tiempo en su lugar de martirio. Cansa no estar satisfecho de algo que se supone es la gran cosa, de algo que debería llenar todo nuestro ser y que solamente a medias logra saciarnos. Es decir, a no saciarnos. Un alma espuria prueba que lo es cuando todos los días se rasca la llaga que hace mucho tiempo debió haber cicatrizado. La simulación como forma de perpetuarse en la mediocridad es la que reina en los corazones miopes, cortos de esperanza en ser distintos a ellos mismos. La nobleza no se compra, se hereda. La verdad es aristocrática, por eso no respeta ninguna forma de posición privilegiada, igualdad o nepotismo que los hombres pudiesen oponerle.


Aunque siempre existe un maestro y un discípulo, éste no lo es sino por iniciativa de sí mismo. Le hacemos violencia a un ser el imponerle un medicamento para una enfermedad que no tiene. Porque quien no viene enfermo a la vida no puede saber qué cosa es la vida misma pues sólo al cobijo de un contrario encontramos definición de una esencia. De quien nace inconsciente de su enfermedad no se puede decir realmente que está enfermo: pertenece a una forma de vida que ha alcanzado su máxima prueba, es decir, que se trata de una persona a quien esta vida le resulta más que suficiente. Ellos ya tienen su gloria y su paraíso. Son a estos a los que les está vedado conocer la verdadera sabiduría. Un candidato a sabio prueba serlo a medida de un preguntarse individualmente, reiteradamente, con sistematización febril. Ya en su seno trae la conmoción originaria por la infinitud del universo, el dolor de haber nacido, de vivir, el dolor de tener que morir. Una doctrina que se proclama igual para todos es sospechosa: ¿Qué clase de producto vende que puede ser barateado de esa forma tan genérica? Esta tolerancia y este respeto que tiene la verdadera sabiduría, tiene por contrapunto esta forma de preguntarse hasta no aguantar una noche más sin respuesta; ambas constituyen los elementos que hacen cobrar vida al fenómeno de la iniciación en la sabiduría auténtica.


Bien pudo no haber sido el escenario el que la historia se encargó de montar en donde el cristianismo vino a la vida. Bien pudo haber remado contra corriente, escondido entre la ignorancia de los bajos fondos, entre las catacumbas del horror, o bien pudo ser beneficiado por algún emperador piadoso, lo cierto es que el auténtico hombre capaz de obrar la maravilla de convertirse en un ser bueno, no posee capacidades para que les afecten tales circunstancias. La chispa eterna del llamado espiritual supremo no respeta ninguna forma de tribulación o sosiego.


He dicho “ser bueno”, pura y llanamente. Porque un ser calificado a sí, desde luego que es una disonancia en la compleja armonía que gobierna al universo. No sé si es un hombre, una persona…ha salido de esas categorías. El hombre es esencialmente malo pues sufre. No tengo la mínima duda de eso; puedo dudar de cualquier otra cosa, menos de este punto de partida esencial, constatable día a día por mi reflexión y mis sentidos. Quien no sufre no llega siquiera al estatuto de hombre. No sé qué sea, para los fines reales, no importa: no le hace falta el agua espiritual. La hermandad entre los hombres se me hace constatable solamente por esta certeza: el dolor. El universo fue equitativo en la repartición del mal inminente, de la enfermedad mortal, de la desesperación y de la angustia, del principio de individuación. Este sufrimiento y parálisis, esta esclavitud del espíritu del hombre, me hace sentirme liberado cuando afirmo que una doctrina que se expande por medio de la promoción, del panfleto, difícilmente decidiría la perdida de esclavitud de una mujer y un hombre.


No siento rabia, no siento indiferencia, no niego ni afirmo, solamente veo que el hombre no puede vivir por más tiempo en una forma de esperanza que crea un abismo entre él y los demás hombres. Una doctrina que basa sus postulados en el temor al infierno, al castigo divino, o en el desprecio a lo que considera injusto, no puede merecer más atención que un breve lapso de tiempo mientras probamos su efectividad, el nivel de paz que nos proporciona, su orgía de suplicios y llantos medievales. Después, el tiempo decidirá si su verdad es del tamaño de nuestro corazón.


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Puedo aceptar como principio de actuación espiritual y ética en mi vida, la verdad de que cada quien tiene su Dios y su Nirvana. El éxtasis o el Sunyata son distintos, siempre distintos para cada hombre, de no serlo así, no se entendería la insatisfacción espiritual que crean las sectas, las iglesias, las shagas. Existen tantas posiciones doctrinarias como personas hay. Si al final de esta gesta de búsqueda siempre constante hay un solo desenlace, no lo podemos saber. Me inclino a pensar que no: si el dolor es el principio de individuación, entonces la vacuidad será el final irremediable; me inclino a pensar que sí: lo espiritual es solitario y por ende no se centra más que en la perdida absoluta de todo y todos lo demás.


Parece ser lo primero. Si no es así carece de sentido la noción de Dharma.


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Me respeto tanto a mí mismo que tengo la tendencia invencible a tolerar mis errores. Al dejarlos ser, me convenzo cada vez más de su pertinencia en el camino de mi aprendizaje. Esto es destruir la consciencia de pasado, a mi juicio. Es decir, a tener predilección por lo histórico como medida de acierto y de error. No existe tal, siempre lo he sabido. De hecho, nada existe salvo la voz que se planta ante el vacío. Y eso es muy discutible.


No existe la verdad sino solamente un pretexto para discutir. Dicen mis oídos.


No niego ni un sólo cabello de mí. Eso es aceptar todo lo que mi consciencia carga. También eso significa saber cuánto puedo llegar a cargar. O en suma: saber que no cargo con nada porque nada puedo cargar. O bien, no se carga más que  nada.


¿Una responsabilidad es una culpa anticipada o periclitada? Nada de eso; una responsabilidad es el costo por un sueño. Es una economía de lo ético. Carecen de signos de pena o éxtasis; casi se trata de un asunto matemático.


He descubierto que soñar despierto causa gozo a mi alma. ¿Será el inicio de un gran dolor? ¿Esta pregunta resulta impertinente? ¿De dónde viene el dolor? ¿De la consciencia o de lo cierto? No puedo evitar preguntarme sobre el destino de mis emociones. Si llegaran a parar a algún lugar ajeno a lo alegre, sin duda podría hacerme mal. Pero solamente podría. Esto sirve, esta sabiduría budista sirve para estar preparado para la decepción, no para evitar soñar. ¿Qué es el hombre sin un sueño? Un idiota.


Estar centrado en el presente no significa no ser presa de las emociones que nos guían a lo humano. Se ha dicho que el budismo no pide la renuncia de la voluntad sino que ésta se dirija a un lugar en el que sus poderes disminuyan. No me parece atinado. Más bien los dirige hacia un lugar en donde sus poderes son tan fuertes que sean capaces de dominarse a sí mismos. Puedo soñar y destruir mi sueño. Puedo adherirme a algo y con la misma soltura dejarlo atrás.


Mucho se ha dicho que esta aptitud se parece a la cualidad que poseen las putas para satisfacer a sus clientes. La mujer, se ha dicho, es una materia sin forma, maleable, que lo mismo ama que olvida, que le parece bueno algo como que al rato ya deja de serlo. Y todo esto es posible por la imposición del marido, del amante. ¿Es el budismo una materia sin forma que se adapta según las necesidades del practicante? Su tolerancia, su desapego, su carencia de dogmatismo e intransigencia, la hacen la más femenina de todas las formas de pensamiento. Por el contrario, tanto si se es revolucionario o reaccionario, necesaria es la necedad, el empecinamiento, la pasión: obra de una virilidad encabronada que lo es, seguramente, por un sobajamiento por parte de alguien considerado inferior. No hace nada nadie en este mundo sino es porque está patrocinado por un sentimiento animal. Esto no requiere mayor prueba, todos los días vemos que las calles se ensangrientan y la gente es despedida de sus trabajos por este afán feroz de lucha.


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La resistencia pacífica tiene su análogo en la meditación. Nos oponemos a lo natural cada vez que cesamos al pensamiento y sentimos la pura presencia fugaz de nuestra consciencia. La fuerza del poderoso, su arbitrariedad y despotismo implícito en todo lo gubernamental, se parece en todo a la fuerza de la vorágine de la vida. Se imponen los quehaceres cotidianos, las preocupaciones y las ocupaciones. La huelga es nuestra opción.


Como toda huelga, hay perdidas, daños. ¿Qué tanto estamos dispuestos a sacrificar a nombre de este gran beneficio que es lograr la iluminación?




































jueves, 1 de diciembre de 2011

DHARMA



Arnold Boecklin, Island of the Dead, Third Version.


“Existe un poderoso método del Dharma para llevar la mente al presente. Cada mañana, tan pronto como os despertéis, deberéis pensar de este modo: ‘Cuan afortunado soy de estar vivo todavía, y ser un ser humano en lugar de un perro  o una gallina.  Con este  cuerpo y mente humanos tengo el  poder de comprender mi mente y practicar el Dharma. Esto es algo que los animales no pueden  posiblemente hacer. Así que dedico este día al logro de la iluminación. Con el  fin  de alcanzar  este  objetivo rápidamente  debo  evitar  las  acciones impuras, y emanar una vibración positiva hacia los demás’. El poder de esta dedicación os ayudara a mantener vuestra consciencia y control al  más alto nivel a lo largo del día.”

Lama Yeshe[1]



Es a través del texto anterior como me puedo dar cuenta aún con mayor certeza de que la naturaleza del budismo es total y absolutamente práctica y presente. No teoriza, y si lo hace, le es irrelevante. Es casi como el asunto de Dios: puede parecer que pregona un ateísmo, pero en realidad, simple y sencillamente no habla de ello, no al menos que se trate de algo con referencia a las creencias teístas.

La persona realmente liberada se ocupa de decir cómo hacer para que las cosas salgan lo mejor posible. Aconseja. Por ello se dice que el Dharma está en cualquier cosa por la cual podamos ver la realidad, su naturaleza primordial. Esto quiere decir que no teoriza sino que habla de cosas prácticas y las cosas prácticas se encuentran en las cosas mismas. Los métodos de la meditación, la reflexión y de la dieta, el ejercicio, etc., son temas de vital relevancia para lograr el bienestar de la persona. Y de esto no se habla sin que antes no se hubiese experimentado los frutos de estas acciones.

Los cambios hacia una forma de vida más saludable, solamente se consigue, en primer lugar, tomando consciencia de que no estamos viviendo de manera saludable, óptima. Los hábitos alimenticios deben de estar de acorde a nuestras actividades diarias; es claro que no nos ocuparemos de comer grasas o carne, proteínas, si nuestra labor es de oficina. Para el mejor desempeño en la oficina es necesario comer alimentos con elementos ricos en estímulo intelectual. Las verduras y las frutas cumplen a cabalidad con esto. En la mañana el cereal con fruta es bueno, y a mediodía algo similar en menor cantidad. El almuerzo debe contener carbohidratos, azucares y proteínas porque el trabajo vespertino está más relacionado con acciones físicas. Este alimento debe ser frugal pues el cansancio del trabajo aunado a una digestión de fuerte proceso crea sueño y el sueño vespertino es nocivo pues no permite llegar al descanso nocturno de manera óptima. La cena debe ser suficiente como para no despertar hambriento en la madrugada. Ninguna de estas ingestas de alimentos debe ser evitada, pues de lo contrario nuestro organismo lo resentirá y creará otros problemas que a su vez creara otros.

Si os fijáis con atención, se podrá ver que los hábitos alimenticios marcan la pauta para el resto de nuestras actividades diarias. Esto es comprensible porque es el punto del cual parten las energías que deberemos desarrollar a lo largo de un día. No se piensa, siente y actúa sino es en base a los recursos energéticos con los que contamos: el sueño y la alimentación son dos aspectos vitalísimos en la vida del hombre.

Estar enterados de una dieta que nos acomode, es uno de los mejores consejos que a alguien se le pueda dar. ¿Sufres de insomnio, de cansancio, de estrés, de mal humor? Vigila bien tus hábitos y descubrirás en ellos gran parte de tus problemas.

Otro aspecto importante es percibir que lo único con lo que contamos es el hoy. Me siento bien físicamente, estoy sano, ahora, bien puedo dedicarme a reflexionar sobre la causa de mi tristeza, de mi dolor o de mi irritación. Estar molesto todo el tiempo, indiferente, apesadumbrado, no es más que indicativo de que hay una causa que nos perturba y nos hiere. Es evidente de que el sufrimiento no puede consistir un estado de existencia óptima. Hay que descubrir dónde está el engaño. Le llamo engaño porque todo cuanto pueda producirnos insatisfacción se halla en el futuro o en el pasado. Del presente no se puede decir nada de esto puesto que lo estamos ocupando para quejarnos, pero no para hacer algo al respecto. Cuando se está haciendo algo al respecto, el alma, por lo menos, es incapaz de enjuiciar algo debido a la faena que está desarrollando. Esto podría producir la plenitud de estar cumpliendo, de sentir que uno hace lo correcto. Hacer lo correcto es la mejor forma que puede haber de tener un gozo no pasajero, pues es un estado en el que uno entra o sale, con total independencia de los frutos que produce y de los cuales no hay que aferrarse. Es un estado que adquirimos, y que puede llegar a ser permanente. De nosotros depende eso.

Siendo el futuro y el pasado no más que estados mentales, la concentración, el estar enfocado en lo que se hace, el futuro se construye como irremediablemente pleno. Esto es fácil de observar porqué: Porque el futuro es un presente, un momento en el que llegaremos a estar. Pero aún no es. Lo único que puedo saber es que en base a lo que hago hoy, que disfruto, que me llena de paz, estará edificado el mañana y que, por lo mismo, poseerá la misma calidad de lo que lo sostiene.

Con esta tranquilidad, con la paz que da el saber que todo lo que hago hoy repercutirá en lo del día de mañana, pues me enfoco en el presente. Pero, habría que hacer la siguiente pregunta: ¿Y el pasado? ¿Nos es necesario de igual manera tomarlo como base para lo que hacemos hoy, o simplemente lo hacemos a un lado, lo olvidamos y lo ponemos en un cofre que tiramos al mar? Definitivamente nuestras condiciones actuales tienen por origen lo que hicimos. Pero no es de relieve remontarnos al origen. Un origen ya lo vivimos, ya no está. Quizás sea útil para comprender mejor ciertas cosas, pero es totalmente posible que prescindamos de nuestra memoria y sigamos viviendo completamente de acorde a lo que debamos hacer el día de hoy. Por ejemplo: yo tengo un hijo que el día de hoy quiero mucho y que me causa felicidad ver que es feliz, y que disfruta tanto estar conmigo como yo disfruto estar con él. Sé que se trata de mi hijo porque su madre y yo lo concebimos y que nació como un bebé que tuvimos en nuestros brazos pequeño e indefenso. Sé que tuvimos muchos sábados matutinos de mucho gozo y que a lo largo de esos días él creció y yo crecí como persona al asumir mis deberes como padre. Todo eso ha sido causa de lo que hoy en día pasa entre él y yo. Pero bien eso pudo no haber sido, pudo ser que haya sido un sueño largo o que nuestra mente distorsionó el recuerdo. Puede que nunca me haya casado con su madre y que yo nunca me hubiese enterado de la existencia de mi hijo. Pero lo que hago el día de hoy, está en función de que entre él y yo media una relación en la que debo buscar la cercanía, tenerlo presente y ocuparme de cosas que están relacionadas con él. Por ejemplo, él ahora no está conmigo pero escribo de él, y sé que eso me trae satisfacción presente. No hay más, eso es todo lo que puedo hacer ahora, por tanto, no trataré de ocuparme en lo imposible tal y como sería el saber cómo está ahora, si le habrá pasado algo malo o bueno, etc. Si tuviésemos siempre ese tipo de preocupaciones nuestras vidas serían una locura.

Pues hay gente que vive en esa locura. No se concentra, cae en una espiral de pensamientos, de proyecciones, de recuerdos, de cosas que no tiene enfrente de sí y que son sacrificados. Si el pasado y el futuro no existen, y el hombre persiste en ese engaño, el engaño de estar en ellos, pues quiere decir que no está en ninguna parte, que está ausente. Estar ausente de la vida es lo peor que le puede ocurrir a los seres humanos. Significa que no están vivos, que están muertos porque están incapacitados para tratar con la realidad, es decir, esto que se tiene enfrente.

He aquí algo sumamente difícil, duro de realizar, una acción que constituye una proeza de realizar y que quienes lo han logrado, por lo menos momentáneamente, saben la paz que trae: frenar los pensamientos.

En mi caso, me es una labor espectacular, necesito ponerme una armadura dura y ligera, salir a combate. Puedo perder la lid, puedo salir lesionado pues en mi intento puedo descubrir que me es muy difícil y por lo tanto abandonarlo. La derrota consiste en no seguir luchando.

Haciendo gala del despliegue de mis capacidades, es como puedo llegar a domar mi pensamiento, ponerle fin a su gobierno, a su tiranía. Uno de los aspectos de la ilusión del yo, consiste también en no valorar nuestros talentos, en ridiculizarnos a nosotros mismos. Tanto como la arrogancia, la vanidad, la sensación de ser superiores, es una ilusión, así de esa forma el sentirnos miserables, poca cosa, cumple con la noción de engaño del ser. Recordemos: la verdadera humildad surge no de sentirse menos, sino de no valorarse, de suspender el juicio, de estar más allá de la calificación del ego. Teniendo esto en cuenta, nos será más sencillo tratar de poner la mente en blanco, suprimir al tiempo y al espacio, dejar que el vacío se manifieste, pues nunca nos calificamos tanto en victorias como en derrotas, en capacidades e incapacidades para poder lograr ello.











[1] Karma y Vacuidad [en el Instituto Nagarjuna, Ibiza, España, 1978] Tomado de “ESENCIA DE SABIDURÍA, Recopilación de textos de Dharma” Traducción del inglés por: Josep Ferrer ltabkie@kaos.es Los días 10,11,12 y 13 de julio de 1999 en Blanes (Girona).