lunes, 19 de agosto de 2013

LA DESPEDIDA




Amanecer desde mi atalaya, en algún lugar del mundo.




Indiferente es para mí por donde empiece,
pues allá retornaré de nuevo.
Parménides de Elea, fragmento cinco.


(Primera Variación)


El día en que te fuiste tú y la niña me quedé mirando la ventana de la casa. Dejé de escuchar música, de encender el televisor, de prender la mirada, de aprestar el oído. Los libros se empolvaron, la simplicidad entró al laberinto del alma. El sol tocaba con sus brazos la fragilidad de las paredes, el humo de mi presencia, el insomne descanso de los párpados. Hábitat de piel rala. Me levantaba por las mañanas y sabía qué era lo que justamente iba a pasar después. Llegaba del trabajo y mientras comía parado, ya sabía exactamente que iba a pasar después. Lo inevitable de respirar. Regresaba de correr y al bañarme escuchaba caer el agua, el presentimiento de un cobijo ausente, de una risita lejana.

Un día tras otro se sucedían iguales, cruzar la puerta, mover la cortina para mejor ver el patio, cruzar la mirada con el aire que valseaba con las ramas de los árboles, abrocharme los botones de la camisa, sacudirme el saco, amarrar los cordones del zapato, mirar por la ventana del tren al trabajo, envolverme en la incapacidad del pensamiento: todo ello era la liturgia de la deriva.

Un día dije: “…ya sé mi amor, pondré la hombrera en el ropero, que es su lugar…” Y me detuve. Un segundo eterno. Luego, proseguí con la faena de la amnesia, del colocarme la ropa sobre el cuerpo, de desnudar el alma cada que guardaba silencio. Entonces me fui poco a poco perdiendo entre los días, entre los murmullos que a mí mismo me decía para sentirme acompañado, todo como un acto reflejo, inconsciente, no pensado. Así hasta que me volví silencio, hasta que mi cuerpo habitó la oscuridad, o hasta que se volvió un simple rincón de la casa. Me corrieron del trabajo, dejé de salir a correr, de ir al bar, me cortaron la luz, el teléfono, y yo, desconecté el timbre de la puerta, corté las amarras del ancla, los pasos de los pies. El jardín se volvió maleza, mi alma una telaraña tejida con el abandono de los días, de la memoria que ya no puede regresar, que ya no puede avanzar. El claustro de las edades.

El licor me sabía a agua, el tabaco a humedad. Todo se volvió primario, simple, de un sólo color. No había sueño, no había vigilia, solamente una actitud de inercia semejante al respirar de una planta. La fantasmagoría del espejo me revelaba a nadie. No tenía hambre, no tenía sed, empecé a flotar sobre mi cama y a no reconocerme en mis fotografías. No había recuerdo ni nostalgia, el propio cuerpo olvidó qué era lo que lo había llevado a esa condición, cómo dejó de ser materia y se convirtió en forma pura. Y justo cuando piensas que las cosas están a punto de tocar fondo, que ya nada puede empeorar, te das cuenta que deseas caminar por la calle en harapos.

Un día regresaste. No estaba, y cuando regresé ya te habías ido, así que no te vi. Supe que habías regresado porque encontré todo limpio y ordenado, la cocina, el comedor, la sala, la habitación, el baño: todo estaba impecable y recién construido, el cuarto de la niña tenía de nuevo sus juguetes. Pero no sentí nada ya, supuse que me había curado. Me senté a la mesa y comí de lo que habías cocinado. Vi nuevos retratos tuyos: parecías feliz, alegre, reconstruida. El alma de repente empezó a sentir algo y se sentó a contemplar el ventanal. Poco a poco los ojos de mi corazón se fueron fijando en el patio y vio a dos personas recogiendo las hojas secas de los árboles. Eso ya lo había soñado. De repente me di cuenta que no había pasado nada, que todo había permanecido tal y como antes.

Tú y la niña recogían hojas sobre el pasto, ella jugueteaba con el viento, tus ojos otra vez eran misteriosos, bellos y serenos. Estabas delgada y radiante, ella más niña, más ángel. No había nada de todo ello que reconociera como mío a pesar de conocerlo de memoria. Sentí tanto dolor en el alma, tanta tristeza, que supe entonces que nada volvería a ser igual, que mi llanto no podía ser escuchado, que mi dolor iba a ser eterno, que la separación sería infinita, que nunca iba a poder regresar, que la casa ya no era mía, que la gente ya no me podía ver ni tocar. Fue tanto mi dolor que me convertí en viento y salí corriendo hasta el sol; en el trayecto acaricié tus mejillas y el pelo de la niña revoloteó como una parvada de pájaros en otoño; entonces me sentiste, entonces recordaste, entonces fui vuelo, entonces mi luto terminó y la casa se iluminó de nuevo dejando a su paso una historia sin terminar, cual toda vida, inacabada por la fragilidad de la memoria de un muerto, de una vida que en su ausencia sentida, emerge del abandono, del eterno descanso.


*


(Segunda Variación)


Tomé la flauta, las galletas, la libreta, el lápiz, un puñado de monedas, una navaja, un bidón grande de agua, la pipa, la bolsita de tabaco y los metí a la pequeña bolsa; me puse las botas amarillas, el sombrero de ala ancha, la camisa a cuadros roja, te besé la pequeñita frente, me despedí de tu madre en silencio y, me marché.

Soltar todo y largarse…qué maravilla,
atesorando sólo huesos nutrientes,
y arrojarse al camino pisando arcilla,
destino a las estrellas resplandecientes,
destino a las estrellas resplandecientes.

La canté aún al día siguiente de iniciado mi descenso hacia Tierra de Fuego. Los tres primeros meses fueron fascinantes; ya había olvidado mi testamento en el librero de la bodega: un libro con toda mi filosofía de la vida, con las razones fundamentales de mi partida, con el vestigio de una libertad inmensa, grandiosa: monumento edificado para el recuerdo eterno de que el hombre nació para no atarse a nada.

Cual Siddhartha penitente caminé miles de kilómetros con un pie que mutó a roca en el lapso de cinco años; conocí gente y mujeres, híbridos fantásticos de hombres con ángeles, con bestias, con plantas: la gran variedad continental de flora y fauna invadieron mis ojos. Vicios, virtudes, obsesivos sentidos trascendentales, comida imposible, paisajes de otros planetas, la sensación de una profunda emigración silvestre. Cuando llegué al Perú y no encontré cóndores, recordé que quizás tú ya tendrías ocho años y que estarías preguntando por mí. Eso no lo había previsto. En mi cuento que te dejé en el libro de anécdotas, mi personaje regresaba atareado de mundo, hastiado del continente. Yo, en cambio, deseaba aún más y más mundo. Retorné varias veces por el mismo camino, desanduve estancias y páramos desolados. A veces no podía cruzar los acantilados o las altas montañas. Rodeaba, perdía tiempo en alguna borrachera, en alguna fiesta, en alguna mujer celosa del andariego destino. Cuando cumpliste los doce yo ya había llegado a las pampas argentinas, había aprendido a cebar el mate y a distinguir la tormenta por su viento de agua, mucho antes que la tierra le arrancara su llanto al cielo. Era casi una bestia esteparia que había olvidado su nombre en medio de tormentas de polvo y frío.

Cuando por fin llegué a Cabo de Hornos, mi cuerpo se colapsó y caí en delirio. Revisé mi cuadernito de notas en donde escribí un primer párrafo hace casi veinte años:

He tenido en estos últimos días la loca idea de un día dejarlo todo y encaminarme hacia Sudamérica con una mochila en la espalda solamente. En su interior habrá muchos papeles, varias plumas: un pensamiento aforístico por día. Habrá una flauta, un bidón, y varios pinceles (que me servirán para ofrecer mis servicios a todo aquél que necesite de un rótulo y así ganarme el más esencial alimento), y una bolsa (lo puedo ver) repleta de pedazos de pan y galletas; ese será todo mi alimento. Y encaminarme por lugares desconocidos, a pie o bajo la misericordia de quien quiera llevarme gratuitamente a ningún lado, y así, llegar hasta la Patagonia. Lo ideal sería que, una vez que he llegado a ese acantilado del mundo, me arrojara al mar para ahora si no volver jamás al origen. Pero seguramente caeré presa de la nostalgia y regresaré sólo para enfrentar una querella por abandono de cónyuge e hijos.

No sonreía ya, no podía gesticular la más mínima expresión. Puro silencio hiriente, pura mortandad del alma, sequía estrepitosa, blanca como la nieve que me rodeaba. Decidí regresar, decidí lo que nunca creí que fuera posible decidir: el retorno. Me ocultaría, no me verían, pero yo sí los vería a ellos. Quizás y estarían dispuestos a perdonarme, sí: comprenderían que se trató de un deseo sin sentido real. Regresé sobre mis pasos, recordé que había tenido un trabajo en un pueblito Alacaluf en Punta Dungeness. En cinco meses tenía el dinero suficiente para viajar por camión por toda América. Un mes después ya estaba en mi ciudad natal en México. Los busqué: ya no estaban, se habían ido, sólo unos nuevos inquilinos me dijeron que el banco era el dueño de la casa. Temí lo peor, que nunca se hayan sobrepuesto de mi partida, que se hubieren perdido en vidas disipadas. Tuve que recurrir a mis amistades. Habían pasado más de veinte años, no sabía si se acordarían de mí. Uno de ellos, tan interesado como se interesa uno por un desconocido cualquiera que cuenta una historia fantástica, me dijo que visitara una tumba del cementerio: mi propia tumba. Un lugar en el camposanto para un ausente. Entendí que tu madre me había matado a fin de explicar mi partida.

Aquí yace el cuerpo de J. A. M. B. Padre ejemplar y esposo amoroso,
recordado por sus tres hijos, Duina, Vielka y Leonardo,
recibido por Dios en las alturas para darle cobijo eterno.

¿Qué es un epitafio? Una piedra…lápida de nuestro silencio. Entendí que tu madre se había vuelto a casar, que había hecho una nueva vida, que tenías dos hermanitas y que vivías en un lugar en donde se preservaba mi memoria lo más límpida posible. Las hojas otoñales del cementerio me acompañaron hasta el final de la tarde, al tiempo que veía ponerse el sol sobre el mar gris de la ciudad. En esos momentos me sentí un fantasma que recorría las tumbas como un alma perdida sin dirección y sin origen. Levanté la vista y  me vi zarpar desde el extremo del mar de Galilea. Era un muerto realmente, mi último aliento lo deposité a la hora de mi encuentro conmigo mismo en esa tumba vacía. De repente vi llegar una procesión con un muerto nuevo para ingresar a la necrópolis, dos niñas gemelas con mi rostro entraron llorando y con la ayuda tuya depositaron el cuerpo de tu madre a lado de mi tumba. Tú no llorabas, tú estabas serio, profundo, con la mirada puesta en el sepelio. No hubo sacerdotes, ni nadie más que pareciese familiar. Al terminar, leíste un libro que se veía muy usado y que pronto reconocí:

Suponemos saber del hombre
como se sabe del ocaso,
del resabio de la tierra
o de la noche asignada de lumbreras.

El hombre se desploma hacia sus imágenes
cuando la superficie lo devora,
atónito al vértice del desamparo.
Y ya general, colectivo, vislumbra
la nada que lo antecede
engulléndolo uno a uno...

A la lóbrega tierra peregrina planta su frente.
Nunca antes había estado abandonado a su intemperie.
Inventa fuego de su hombro, hogaza de sus manos,
Dioses de su danza, y una aglomeración de estrellas
pujan de su sien.

Elemental, cataclismico,
tiene afición por la ineptitud hacia la desilusión,
ya una vez empuñada el arma,
preservada la antorcha,
depositado su salobre
en el vientre de su esposa.

Era un poema mediocre que escribí hacía más de veinte años. Pero parecía que te agradaba. O no. No lo sé. Dejaste el libro en el altar después de que cerraron la tumba. Se marcharon lentamente dándole el último adiós a tu madre. Y yo, me quedé más solo, como nunca antes lo estuve, como nunca antes sentí la soledad: comprendí que estar solo no es estar con uno mismo, sino estar abandonado, negado, aniquilado en el ahogo de un llanto por la imposibilidad de ser quien no se puede ser. Comprendí que todo lo había perdido, que tú conocías el secreto, que te habías hecho fuerte innecesariamente, pagando las culpas de un padre exiliado a la isla de los muertos que nunca vuelven, preso en el adiós del final, huérfano como un Dios sin criatura…

*

 (Variación Tercera)


Marcelo tomó el celular mientras sacaba el Mustang de la cochera, al tiempo que le decía a Claudia que regresaría al día siguiente justo antes del cumpleaños de Ana. Detuvo repentinamente el vehículo porque don Julio salía de su casa a toda velocidad sobre su Suburban. “Desde que es el gobernador le vale gorro el límite de velocidad en la privada”, dijo Marcelo más molesto por su retardo que por los límites de velocidad violados. “Bueno”, le dijo una voz graciosamente femenina del otro lado de la línea, “¿Miranda?, mi amor ya voy para allá, se me hizo tarde, pero ya llevo el pastel de tu mami”, dijo con voz de contrariedad ligeramente dramática para disculparse con su novia. “Ajá, vente con cuidado que te estaré esperando,  ¿eh?”, dijo Miranda cariñosamente. “Sí, no te preocupes…te amo”, le respondió Marcelo. “Yo también” concluyó Miranda.

El tacómetro llegaba hasta las ocho mil revoluciones por minuto para realizar los cambios. En cinco segundos alcanzó desde cero los ciento sesenta kilómetros por hora. Su suegra cumplía años hoy y su hermanita mañana. Eso le había complicado las cosas, además de que se tuvo que quedar toda la noche de ayer sacando un balance fiscal para poder entregarlo a su auditor. Sus hermanos lo habían comisionado para dejar listo el local y los refrescos. Además tenía que llevar el pastel de su suegra hasta una localidad que se encontraba alejada de la ciudad aproximadamente unos sesenta kilómetros, lugar donde ya lo estaba esperando Miranda, una chica pelirroja de veintiún años, que recién había conocido y a quien recién había pedido en matrimonio.

Todo iba  bien, hasta que a Marcelo se le ocurrió poner un disco compacto de audio nuevo en lugar del que tenía. Abrió su estuche de discos, y solapa por solapa los iba pasando al tiempo que de reojo veía la carretera. Estaba empezando a llover y en la distancia vio un tractocamión que parecía que realizaba reparaciones hasta tarde. La torreta brillaba en la oscuridad de la noche. Miles de gotas sobre el parabrisas repetían difractadas la luz originaria de la sirena del tractor. Empezaba un aguacero torrencial. Pearl Jam, Metálica, Van Halen, Oasis, Avril Lavigne. Hay que renovar el stock. ¿Qué están reparando? La lluvia arreció, los cepillos automáticos también frenéticamente aumentaron su media oscilación, y Marcelo dejó de buscar los discos, aminoró la velocidad hasta la mitad: ochenta kilómetros por hora. Era peligroso ir tan rápido, se decía el muchacho burgués recién egresado de la universidad. Pero apenas disminuyó la lluvia y habiendo rebasado el tractocamión, Marcelo aumentó la velocidad al ver que el reloj iba mucho más aprisa que su Mustang, y que los años de conductor ebrio no daban buenos frutos. Regresó la vista a su catálogo de discos y siguió buscando. U2, Radiohead, Cramberries, (Y otros discos de Rock inglés que ahorita no acierto a inventar). Escogió a su artista. Mientras con la boca detenía el disco recién sacado, con la mano derecha introducía el nuevo CD. Play. 20 en el gain. De repente alzó la vista y un venado cruzaba la carretera: no le iba dar tiempo de frenar, estaba justo en medio del asfalto mojado… se arriesgaría: lo esquivó por la parte izquierda, cerca del muro de contención y divisor de las dos vías de la autopista. Todo fue cuestión de décimas de segundo. Marcelo sintió que se le salía el corazón, se puso tan pálido que apagó el auto estéreo, y aminoró la velocidad de nuevo a ochenta kilómetros por hora. Volteó hacía atrás la mirada y descubrió a un pequeño venado perdiéndose entre la maleza. Estuvo demasiado cerca. Despacio, alguien te espera. Pero se le revolvió el estómago. Paró el vehículo y descendió del auto. La noche era estrellada, ya no había nubes, fue un chaparrón ligero aunque fuerte. Pero no tuvo ojos para las constelaciones. Marcelo vomitó a orillas de la carretera silenciosa, iluminada por la luz de la luna, fría, envuelta en un relente tenebroso, que abrazaba con sus brazos de neblina los bosques que enmarcaban la cinta asfáltica.

Terminó de vomitar y los ojos le lagrimeaban. De repente algo se movió en la maleza. La sombra emergió de la foresta: era el pequeño ciervo que casi le ocasionó la muerte. Enfurecido Marcelo, tomó una piedra y se la arrojó. El animal miró caer la piedra a su costado sin moverse. Marcelo sintió un escalofrío, un anuncio terrible en los ojos del animal. Reaccionó y se acordó que tenía prisa. Subió a la cinta asfáltica, abrió la portezuela de su coche, y después de sentarse se dio cuenta que el vehículo se había apagado. Intentó encenderlo sin ningún resultado. “Nada más lo que me faltaba” se dijo a sí mismo contrariado. Lo intentó otra vez, nada: ni siquiera lograba encender algún testigo del tablero, como si la corriente se hubiese marchado de tajo. Sacó su celular para hacer una llamada, pero en la pantalla del aparato se leía:

Sorry, no service
Short wave

Levantó la mano al cielo para “cachar” una señal difusa. Nada. Se subió a la parte superior del auto y parado levantó el móvil, intentando recibir señal: al momento de hacerlo, descubrió que se había quedado sin carga. “¿Cómo? Si ni siquiera ha sonado…”. Cansado, fastidiado, después de múltiples intentos de encender el deportivo, agachó la cabeza sobre sus brazos tendidos en el volante. Una lágrima le escurrió por la mejilla. Salió del vehículo dispuesto a solicitar auxilio al primero que pasara…

Nadie pasó en media hora. Extraño: de un sentido se entiende, pero ¿de los dos lados de la autopista? Quizás era la hora, ya iban a dar las diez de la noche. “Incluso los traileros se detienen a tomar su café a la hora de la cena”, se decía Marcelo explicando el abandono de la carretera.  Pero, ¿qué hacer? Estaba frito, no había forma de comunicarse con el mundo “civilizado”. Estando a punto de la desesperación, pensó que a lo mejor la caseta de peaje no estaría muy lejos. Tratando de discernir el paisaje y así saber si se encontraba lejos o cerca, concluyó que se encontraba relativamente cerca de la caseta de cobro, y que era mejor que regresar al lugar donde se encontraba el tractocamión que acababa de rebasar. Entonces, empujó su vehículo logrando orillarlo lo más que pudo a la carretera, cerró todo con llave y empezó a caminar.

No había caminado dos kilómetros, estando justo en la cima de una loma pequeña, cuando sintió que una luz a lo lejos le iluminó la espalda. Rápido volteó y vio que un autobús escolar pasaba a toda velocidad sobre la pista. Ni tiempo le dio a Marcelo de levantar la mano para pedir el aventón, a penas y si alcanzó a ver unos rostros que le miraban desde las ventanillas: niños serios, demacrados, grises, como muertos. Se espantó… por un momento dudó de lo que había visto, pero aún seguía viendo al autobús avanzar cuesta a bajo, y luego, lo vio cruzar un puente que atraviesa un río. “¡Ahí está el puente!” Dijo Marcelo, “No debe faltar mucho y ya llego a la caseta”. Le pareció extraño a Marcelo que la luz del camión desapareciera al momento de cruzar el río. “¿Se habrá desviado a un camino de terracería?” se preguntó intrigado. “Debe ser el efecto de la neblina…además está muy lejos y no alcanzo a ver bien”, se explicó a sí mismo. Caminó unos quince minutos más, ayudado por la inercia del camino descendente, hasta que llegó al puente.

Cruzó el arco metálico con intriga aún visible en su rostro. El río brillaba con la luz de la luna, y pudo ver desde ahí, la profundidad sobre la cual se erigía la creación arquitectónica: una vorágine oscura, como si la lluvia hubiese azuzado la corriente del arrollo. Caminó entre crujidos y silbidos del viento producto de la resistencia del metal y del asfalto. Era realmente tétrico, así que apresuró el paso sobre poco más de 300 metros que comprendían el puente, al tiempo que escuchaba sonidos extraños que no correspondían a los físicos o naturales. Eran gritos de niños. Rápido miró hacia abajo para ver si el camión escolar no se había volado y caído sobre las turbulentas aguas. Pero no encontró nada. Empezó a correr, no entendía muy bien porque sentía tanto miedo, pero sentía que algo de ese lugar le hacía daño. Corrió un kilómetro, y cuando sintió que se había alejado lo suficiente, paró para descansar.

De repente, una nueva luz le iluminó el rostro. Movió a prisa las manos para que le vieran y lo auxiliaran. El auto se detuvo y de él descendió un joven alto y delgado con un gorrito que decía: “Ángeles Verdes: Sirviendo a la comunidad”. Se entusiasmó tanto Marcelo que casi lo abraza. Después de deshacerse en relatos, Marcelo le pidió el favor de que lo llevará a su automóvil ya que se había quedado kilómetros atrás sin poderlo encender.

El Ángel verde le miró fijamente y le dijo: “bueno, vamos para allá a ver que podemos resolver”. Se subieron a la camioneta y tomaron el retorno. Al avanzar, Marcelo cruzó de nuevo el puente y pudo ver como al final de éste, había un grupo de cruces sembradas a la orilla de la carretera en las que antes no reparó. Marcelo se quedó viendo fijamente a los pequeños santuarios como urdiendo alguna explicación sobrenatural. “Nosotros los Ángeles…Verdes –dijo el joven mecánico al fijarse de la expresión de Marcelo-, a veces no sólo tenemos que ayudar a la gente con sus máquinas, sino con sus propias vidas…incluso, cuando éstas se han esfumado de una manera demasiado repentina, demasiado sin aviso…”. Al decir esto el Ángel Verde, Marcelo sintió que se le enchinaba la piel.  “El hombre vive en su mundo, -sombríamente decía el joven- atareado con sus prisas: nunca se detiene a contemplar el paisaje…prefiere construir autopistas para apresurarse a ningún lado…“. Marcelo sintió una vibración extraña en el cuerpo. El mecánico prosiguió: “Esos niños, por ejemplo, a penas y si hubo tiempo de rescatarlos…Ninguno sobrevivió, a pesar de lo ágiles que son nuestras “alas”. En la distancia, mientras lacónicamente decía esto el joven vestido de verde, Marcelo pudo ver la torreta del tractocamión que brillaba titilante en medio de la noche, con urgencia de ambulancia, con sonido de muerte. “Qué extraño, antes estaba del otro lado de la carretera”, dijo Marcelo. Entonces, oyó que el de verde dijo: “…A veces, el tiempo nos alcanza, y no tenemos espacio de despedirnos de nadie, nos quedamos con tantos pendientes, sueños rotos, planes sin cumplir… Hay que ayudar a que algunos cumplan con su último deseo…o quizás con su simple despedida”.

Vio Marcelo que en la carretera, no sólo estaba la torreta del tractocamión, sino la de una ambulancia, las de dos patrullas, y, había también varios autos reunidos. El Ángel prosiguió: “…Marcelo ¿usted ha dejado algo pendiente, un deseo sin cumplir?”. Al decir esto el joven, Marcelo pudo ver a una multitud de gente arremolinándose alrededor de un Mustang idéntico al suyo que se encontraba fuera de la carretera. En medio del negro asfalto, yacía olvidado el cuerpo sin vida de un venado atropellado. Detuvo la camioneta el Ángel Verde, y Marcelo bajó corriendo al lugar de los hechos y se descubrió acostado sobre el pasto del bosque, abrazado por Miranda, llorándole su último aliento.

Marcelo se volteó hacia el Ángel que lo miraba desde su camioneta. Marcelo le miró con unos ojos tales que, le comunicó su último deseo al mecánico de máquinas y almas. Fue entonces que Marcelo, en brazos de Miranda, abrió los ojos por última vez y dijo:

“En el puente estaré todas las noches de luna llena,
Cuando, después de la lluvia,
Escuches el sonido del viento,
Y recuerdes que de alguna manera estoy contigo”

*


lunes, 1 de abril de 2013

DIEZ PELÍCULAS DE CHAVIRULES QUE NO PODÉIS DEJAR DE VER


Stand by me o ya queremos ser grandes.

“Los niños son el límite moral del hombre”
Albert Camus.

Para que saquéis el corazón de pollo que todos lleváis dentro y visiten a su niño interior, aquí tienen una selección de diez pelis chidas que, como siempre digo, no las son todas, pero pues las que están son todas las que he videado. La neta, pude haber puesto movies a lo Oliver Twist, Anita la Huerfanita y etc., pero he preferido centrarme en películas de mayor contenido. Así que mi criterio de selección va en el orden de qué tanto considero la película retrata los dramas infantiles reales así como la calidad de la factura cinematográfica. Seguramente se me estará pasando alguna buena, así que si tienen una recomendación ahí les dejo lo de los comentarios. Empecemos.

1.- Kolia
(Jan Sverak, 1997)
Nikolas (Andrei Chalimon), niñito ruso cincoañero de madre culey que lo abandona en manos del inmaduro chelista valemadres, exconcertista, sexoso levantafaldas en funerales ajenos, František Franta Louka (Zdeněk Svěrák), padre falso cual matrimonio por conveniencia para la adquisición de nacionalidad checoslovaca –por parte de la madre del niño, claro está-, no puede menos que robarnos el suspiro con su carita huérfana de consciencia y responsabilidad adulta. La historia, que plantea de manera parabólica la independencia política de Checoslovaquia ante la caída del régimen comunista ruso, nos cuenta sobre la inocencia del Niño como motivo primordial humano para superar los estados estancados del adulto niñón y sin motivo de vivir que aún gobierna el alma de millones de “padres” (in)naturales. En las antípodas del cine comercial a lo “Un niño grande” (About a boy, Chris y Paul Weitz, 2002), Kolia se enfrenta con un drama aún más tierno en tanto desde la perspectiva de la inocencia replantea todo el espectro de acción adulto. Verla para creerla.






2.- El pequeño Vania (Italianetz)
(Andrei Kravchuv, 2005)
Vania (Kolia Spiridonov), tiene otro plan aventurero para sí mismo cuando repentinamente es avisado por parte de la corrupta agente de adopciones la “Madam” Zhana (Maria Kuznetsova) que una pareja de jóvenes italianos lo quiere adoptar (¡por 5,000 euros!): el de ir en busca de su madre biológica. La persecución por parte del Director del orfanato Semyon (Yuri Itskov) y de la agente no se hacen esperar, siguiéndole las huellas al niño y a su amiguita prostituta puberta Irka (Olga Shuvalova, preciosa y genial).  La Historia se ubica en la antigua Rusia en el marco de las adopciones ilegales y el abuso de la burocracia oficial en lo orfanatorios, verdaderos nichos de la delincuencia y el abuso. Al margen de ello, Vania (que posee varios elementos del cine neorrealista italiano), es una película que nos hace descender al espectáculo estridente de una adolescencia huérfana entregada a la corrupción replicada de los adultos. Aquí un fragmento de la pelí:





3.- Las tortugas también vuelan
(Bahman Ghobadi, 2004)
Cosa terrible esta película en donde si no estáis preparados para cosas difíciles, no la entenderéis. “Kak Satelite” (Soran Ebrahím), es un puberto iraquí huérfano, totalmente independiente y de habilidad adulta aunque desde luego inmadura, que se enamora de Angri (Avaz Latif), niña que carga para todos lados con el pequeño Riga de 2 años (Abdol Rahman Karim) y hermana del puberto vidente manco noqueador con la cabeza, Hengov (Hiresh Feyssal Rahman). Así las cosas estos chavales se dedican a desactivar minas y venderlas en el mercado negro iraquí, al tiempo en que el ejército estadounidense invade el territorio en búsqueda de “armas de destrucción masiva” que… no existen. Cruel retrato de la guerra y de sus víctimas inocentes, está de piel china la relación turbulenta entre el bebé Riga y Angri, víctima esta última de una violación perpetrada por la gente quien cuidaba del bebé que tiene que cuidar como una maldición kafkiana.




4.- El sueño de Alexandria (The fall)
(Tarsem Singh, 2006)
Y para variar de tono, esta película que ha sido extrañamente criticada pero que me ha gustado sobremanera. En boca de los padrinos del director (los muy chingones Spike Jonze y David Fincher), es un filme semejante a que “Tarkovsky haya filmado el Mago de Oz”, lleno de fantasía y de poesía infantil rebosante. Creo que la comparación fue la que molestó a los críticos. Como sea, Alexandría (Cantinca Untaru, arrobadora), cada vez que la veía me hacía sonreír y llenarme de aires de inocencia. Pues bien, cuenta la historia de un doble de los albores del cine (los años 20), Roy Walker (Lee Pace), que es hospitalizado en una clínica religiosa de los Ángeles California en donde también la niñita convalece de un brazo quebrado. La relación entre ambos crecerá a medida en la que crezcan las aventuras inventadas por el joven para lograr ciertos favores de Alexandria en el hospital. Mezclando personajes reales con ficticios, ambos aprenderán a sobrellevar sus traumas partiendo de la terapia de lo fantástico y de la necesidad de la amistad en un mundo lleno de traiciones y engaños.




5.- De donde vienen los monstruos (Where the things Wild are)
(Spike Jonze, 2009)

Y ya que estamos hablando de don Jonze, pues muy recomendable esta película extraña basada en el libro homónimo de Maurice Sendak (La cocina de noche, El letrero secreto de Rosie), que mezcla elementos fantásticos con psicoanálisis peliagudo simbólico que en su época de publicación (los años 60) fue visto con recelo pues retrataba una infancia distinta a la que se imaginaban normalmente los adultos. De cualquier manera sirva esta película a manera de acercamiento con la obra escrita y puntualmente ilustrada por Sendak que tiene mucho que decirles a los padres. La película más o menos trata sobre Max (Max Records), niño indómito ahogado en los problemas propios de su edad y de vivir en una familia monoparental. Su madre, Connie (Katherine Keener), le ha castigado en una noche en la que ha derramado la última gota de paciencia de ésta. El niño huye imaginariamente hacia un mundo salvaje interior conociendo a Karol (el más solitario y resentido, con la voz de James Gandolfini), Douglas (trabajador y emplumado con voz de Chris Cooper), a la pesimista y sarcástica Judith (voz de Catherine O’Hara) y su compañero Ira (Voz de Forest Whitaker), higadito del grupo y el mejor hacehuecos de la isla; entre otros grandes personajes que le enseñaran a Max responsabilidad y coraje, sensibilidad y solidaridad. De diez, chéquenla. Aquí les dejo la liga de las imágenes originales animadas del libro:

http://www.youtube.com/watch?v=0PNdFpLOdYY







6.- El Violín y a la aplanadora
(Andrei Tarkovsky, 1960).

Pocas películas tan entrañables. No quiero hablar de ella de más pues quizás sea la única por la cuál os ponga una pistola en la jeta para obligarles a verla. 




7.- Amarás a Dios sobre todas las cosas (Dekalog 1).
(Krzysztof Kieslowski, 1989)
¿Existe una película más penetrante respecto al tema de la inocencia y la fe en un sentido de la vida? Esta película, primera entrega televisiva del monumental Decálogo del cineasta polaco, pese a su aparente sencillez, permite varias lecturas: del ateísmo, del misticismo, de la psicología infantil, de la cultura católica polaca, y hasta del metalenguaje. Lo cierto es que el desenlace fatal, ya presentido desde el inicio, no deja de estremecernos: ¿A qué ensañarse con un niño que ha “creído” en la ciencia en lugar de Dios? Entre el comunismo racionalista de la Unión Soviética y el catolicismo recalcitrante, Kieslowski hace un pequeño retrato de su Polonia para hurgar en las indagaciones metafísicas de un niño, Pawel (Wojciech Klata) que se encuentra entre las verdades científicas de su padre, Krzysztof (Henryk Baranowski) y el dogma religioso de la tía, Irena (Maja Komorowska), para finalmente ser víctima de un mal cálculo del demiurgo griego, único ser supremo que lo hubiese podido salvar del infortunio final. Recomiendo la película para aquellos padres que se quieran confrontar con el hecho de la educación religiosa y científica en los hijos al margen de sacalágrimas chantajeras a lo Marcelino pan y vino (Ladislao Vajda, 1955). Aquí la película completa:





8.- El pájaro azul
(Gust Van Den Vergue, 2011)
Basada en la obra de teatro El pájaro azul (L’Oiseau bleu, 1909) de Maurice Maeterlinck, y con un antecesor fílmico de George Cukor (con Elizabeth Taylor, Jane Fonda, Ava Gardner y demás superstars), nos llega una versión más poética y sobria, elegante e intimista que la predecesora. El pájaro azul, replanteamiento del Hansel y Gretel de los Grimm, cuenta la historia de Bafiokadié y su hermana, Téné (con nombres verdaderos de apellidos Potey), que van en búsqueda de un pájaro azul que se les escapó. En la travesía reviven el mundo de los muertos, se topan con espíritus místicos forestales, y se enfrentan con una versión fantástica del mal.  Los niños escuchan y aprenden acerca de la vida, culminando en el Reino del futuro en donde avistan a los niños que hacen fila para nacer. Esta versión azulosa y realista de la historia original, fue filmada con actores no profesionales del pueblo Tamberma, en Togo al Oeste de África, lo que le da un toque de naturalidad a la peli, así, a lo Bresson. Emotiva y sutil, cuando llegue en video cáiganle. Les dejo la liga para leerse el análisis del maestrazo Ayala Blanco en su Facebook no oficial: http://www.facebook.com/notes/jorge-ayala-blanco/berghe-y-soderbergh-surtiendo/10151561691734273





9.- Mentes que brillan
(Jodie Foster, 1991)
El chavirul pecosito supergenio supersensible y supernecesitado de comprensión, Fred (Alex Lee, entre la sutil línea de lo adorable y aborrecible) es desprendido un poco a regañadientes por la master descubre prodigios Jane Grierson (Daianne Weist) de su madre Dedde Tate (la misma Foster), mujer de escasos recursos tanto económicos como intelectuales, replicación inversa de Jane, quien lo lleva a incursionar en una educación especial a lado de niños prodigio que pronto resultan en aborrecibles esperpentos del demonio, para finalizar en un concurso en donde saca a relucir sus talentos de mago a lo Harry Potter. La peli es usada incluso en escuelas de pedagogía para ilustrar los problemas educativos de una sociedad que tiende a rechazar a la inteligencia como algo peligroso por diferente. Entre la sensibilidad y la comprensión de lo todo, la ingenuidad de un niño sale avante del mundo de locos de los adultos. Imperdible, cuándo la vean en el videoclub o donde sea,  atráquenla.




10.- Un reino bajo la luna
(Wes Anderson, 2012)
Del genial cineasta (de la lista de filósofos cineastas como Terrence Malick y Bela Tarr) que ya nos ha hecho entrar a un mundo muy suyo (los Excéntricos Teneanbaum, 2004; Fantastic Mr. Fox, 2009), llega esta fábula de amor infantil-puberto entre Sam y Suzy (Jared Gilman y Kara Hayward, maravillosos), dos chavitos que se embriagan de su amor creep para ir en búsqueda de la libertad cuando logren fugarse del campamento anual escolar que funge de aplasta individualidades, muy a la gringa tradición pendejista standarizada. De igual modo, el cine de Anderson, inclasificable y chingón, se ubica dentro del manejo de los personajes más verosímiles por entrañablemente raros. No es la excepción, y más tratándose de estos dos personajes que no podrán olvidar. Inolvidable la escena de la declaración de amor. Hay se las dejo para cuando puedan chutársela, infaltable.





11.- Cuenta conmigo
(Rob Reiner, 1986)
Pues esta la dejé de pilón porque no estoy muy seguro que encaje del todo, pero como es capricho de mi corazón, pues se la chutan. ¿Y cómo olvidar a estos personajes de videoclip de Stand by me (B.B. King), Gordie Lachance (Wil Wheaton), y sus tres amigos, Chris Chambers (River Phoenix), Teddy Duchamp (Corey Feldman), y Vern Tessio (Jerry O'Connell), apenas imberbes cabroncitos llenos de pedos existenciales que, como en el Mago de Oz, van a tener que hacerse de corazón, tripas, sesos y un regreso a casa con aprendizajes sempiternos que quedarán por siempre grabados en un wey como yo? La historia, basada en un cuento de Stephen King (The Body), cuenta la historia de estos chamacos que se adentran al bosque en búsqueda de un mentado cadáver aún no encontrado y que planean descubrir para hacerse famosos. Inolvidable la escena de los vómitos en el concurso de cometartas, si no la han visto no han tenido adolescencia. Hay les dejo un video tributo con la ya consabida rola: 



Bueno, eso es todo, espero haya sido de su agrado el bloggeo, no sean culeros y denme “like”. Besos a casi tod@s, menos a los que son Peña.

FIN








viernes, 11 de enero de 2013

CRONENBERG Y LA FINA VARIACIÓN DE LO ENFERMIZO







“Un método peligroso” es el 18° largometraje del infatigable director canadiense de cine independiente David Cronenberg (Madame Butterfly, 1993; La mosca, 1986; Spider, 2002), en donde nos pone en nueva perspectiva de su siempre obsesiva convulsa pasión por la enfermedad y las enajenaciones chocarreras, dejándonos con las preguntas necesarias y un buen sabor de boca, en general.



¿Pa compensar algunos complejos?


Su filmografía reciente volcada ya sobre los pedos subjetivos de los alienados seres humanos, aquejados de yoísmo, yoedad, yoilatría, yoyoyo y sed de otredad (así a lo puro erótico lacaniano), sin embargo, no es en esencia distinta de las carnicerías primigenias que lo emparentaban peligrosamente con nuestro no muy Guillermo del Toro y sus fijaciones, manías, parafilias fantásticas carpenterianas-cravianas, pues, al fin y al cabo ¿qué es una mujer histérica sino un abismo inescrutable de luz oscura, una sed monstruosa de tan fascinante, capaz de devorar nuestra propia hambre de conocimiento? La respuesta es el misterio: nos atrae esa incomprensión por lo desconocido, por lo que entre deja ver una luz racional en medio del caos de traumas, autovejaciones, taras, y otros lirismos peliagudos de lindura sospechosa. En suma: no es más que la representación sensible de un mundo que  nos seduce y perturba.



-¿Por atrás doctor? -ejem, sí, para que no te dé pena.


Pero he aquí algo diferente al abordamiento psicoanalítico doctor-paciente, pues coquetea peligrosamente con las “transferencias” románticas a lo El Principe de las Mareas (Streisand, 1991), y se aleja de las disecciones sesudas a lo Persona (Bergman, 1966), o de la exploración psíquica catártica a lo 8 mujeres y ½ (Greenaway,1999), o de ya ni digamos la misma historia contada con mayor profundidad a través de los ojos del cineasta italiano Roberto Faenza (Il caso dell’ infedele Klara, 2009; Alla luce del sole, 2005) Prendimi L’anima[1] (2002), con las cuales, sin embargo, tiene algo de deudora.



Y la Esfinge le preguntó a Edipo...¿Qué es un joven médico  judío que adivina el pasado y que no puede ver sangre? Y Freud se contestó: Yo.


“Un método peligroso” cuenta la historia complicada entre Sabina Spielrein (Keira Nightley), enferma mental diagnosticada de neurosis, y Carl Gustav Jung (Michael Fassbender), discípulo heterodoxo del apenas floreciente , Sigmund Freud (Viggo Mortensen). Después de una entreverada catarsis en la clínica Burghölzli, el Hospital Psiquiátrico de la Universidad de Zurich (impecablemente bien reproducido), finalmente, claro, el joven psicoanalista creador de los arquetipos del inconsciente colectivo, tiene que ponerle el cuerno (“Beber agua del oasis”, diría el libertino paciente maldito de Jung, Otto Gross, interpretado por el omnipresente franchute de mierda Vicent Cassel –imperdonable que sea esposo de aquel cuerazo italiano…si sabrán de qué hablo…) a su casta y multimillonaria mujer Emma Jung (Sarah Gadon) con la susodicha paciente que, además, resulta en crucial influencia para el psicoanálisis pues ella misma termina siendo una gran terapeuta.


Para variar, Cassel haciéndola de sátiro empedernido (maldito franchute como si no tuviese con Mónica Belluci suficiente).


La historia resulta de la adaptación de una obra de teatro: “La cura hablada” (The Talking Cure), de Christopher Hampton (quien también es el guionista de la peli), quien a su vez tomó datos clave del libro de John Kerr, “A Most Dangerous Method” (Un método muy peligroso, 1994), en donde se exponen las connotaciones misteriosas y escabrosas de la transferencia freudiana. A su vez, se explora la amistad entre dos genios que luchan por lograr coherencia moral entre sus teorías científicas y su vida práctica, leit motiv propicio de las mentes creadoras postmodernas (los primeros a decir verdad).

¿Qué "pansexualismo" no significa que por todos lados hay sexo?...por aquí deben andar las pornos.


La película aunque aparentemente en lo formal es no usual en Cronenberg, está resuelta con estricto apego a los canones del cine histórico, tanto en diseño de producción como en la investigación de todos los datos rigurosamente históricos de lo acontecido en los años 1900 a 1930, hasta el retrato vivo de la burguesía vienesa, la difícil situación del intelectual judío y de las mujeres de educación victoriana, y de la amistad entreverada de los dos genios del psicoanálisis, que pasaran de la relación padre-hijo, maestro-discipulo, a la del frío silencio receloso. [2].

En suma, la película está muy recomendable para los interesados en la historia del psicoanálisis, o parte de ella, pero los especialistas en el tema no quieran ver más allá pues no habrá más que divulgación de los contornos generales de la famosa teoría freudiana. 




Delen like, no sean culeys. Gracias.

FIN




[1] Para mayor información: http://elcineitaliano.blogspot.mx/2010/12/prendimi-lanima-roberto-faenza-2002.html
[2] Si eres nerd y te gustan estos rollazos puedes hacerle click a esto: http://medicinaycine.blogspot.mx/2011/12/un-metodo-peligroso.html

domingo, 2 de diciembre de 2012

ESKAYFOL o de cómo un villano se roba una peli







Cuando el Sky falla hay que caerle al Yoop


Nos llega la tercera entrega del Bond post-Brosmann, de mano del muy artístico Sam Mendes (y parte de su equipo: música: Thomas Newman, Fotografía: Roger Deakins), la vigésima tercera de toda la franquicia, en conmemoración del 50 aniversario de su aparición…y después de tanto pedo de producción pues la MGM se salvó en 2011 de su cierre por total bancarrota. Para los fans del ou ou seven, a toda madre, pa mi, pues solamente algo más que destrozar.

La sinopsis nos diría algo más o menos así: el muy hijo de la chingada de Raoul Silva (Javier Bardem, -el mejor villano Bond que he conocido hasta ahora desde Auric -Gert Frobe- en Goldfinger-) le da por cobrar venganza de su antigua jefa “M” (Judy Dench), armando un plan maquiavélico de miedo sútil y omnipotente que va desde destruir las instalaciones del MI-6 hasta dejarse capturar por el ojiazul-que-todas-las-chicas-guapas-quieren,  para finalmente (ni pedos los que no la han visto se la pelaron) matar a una “M” ya lista pa la foto del retiro. En todo ese proceso Bond se hace al occiso reapareciendo luego desde las sombras para llevar a cabo la misión de recuperar una información confidencial que Silva había tranzado (que contenía la información secreta de todos los agentes encubiertos británicos, y de los cuales el muy malote quería echarse como represalia contra “M”). Etc.

(Oigan chicos, un acertijo: ¿cómo se llama el asta más larga de un barco y que con alguien como Bérénice Marlohe se vuelve más larga que mis narraciones sobre cómo seducir jovencitas en Chupis?)


La peli está chida, por varias razones: conjuga a la perfección los necesarios momentos de acción salta-butacas con los relieves propios del cine de autor (¡Por favor si es mr. Mendes!), o sea, el churrazo y la profundidad de la mente retorcida de Silva, quien casi está a la altura del güasónico Ledger. (Ya ven que se está poniendo de moda el fenómeno Nolan-Batman). A ver, ¿qué más, qué más? ¡Ah! sí: la rola de Adele está chida. Estuvo bueno lo de que el propio Silva fuese tirando por mano propia ventana por ventana las granadas. El rockanrrolcito por bocina del helicóptero que ataca la Chalete Skyfall (que nos remite a la célebre escena del “Apocalipsis Now” de Coppola en donde con todo y la Cabalgata de las Valkirias le cae todo el Napalm del mundo a una costa vietnamita). El discursaso de las ratas convertidas en caníbales; el gesto de arreglo de las mancuernas después de la destrucción de medio vagón en el tren. En fin, buenos momentos. Sin embargo…

Biutiful con todo y prótesis, aunque no te guste papacito.

Hay les va a manera de reflexión mis 7 piedritas en el zapato al momento de gustar de esta peli pre-table dance que me eché en Playa del Carmen:

1.- Hasta ahora Daniel Craig no se había tenido que esforzar mucho para denotar su calidad actoral. Digo hasta ahora porque de repente descubrimos que no es muy expresivo que se diga. Claro, si lo comparamos con el chingonazo de Bardem quien se llevó la película al grado tal de que como que nos molesta que se haya muerto. No sólo ese fue el problema, sino que la actuación de Judy Dench, debido al contenido del argumento, se pone en el foco de los reflectores, lo que hace que el agente 007 resulte de tercero incómodo entre el romance de venganza que hay entre “M” y Silva.

2.- Coño, no chinguen, de la noche a la mañana reaprendió a dar en el blanco el agente inglés.

Mendes y Dench checándo mi blogg y riéndose de mis pendejadas


3.- Vomité durante toda la película nada más por recordar la muerte de Sévérine (Bérénice Marlohe –mamacita me caso contigo-), que, más que innecesaria me resultó de repugnancia insoportable el que Bond no haya hecho ni el más mínimo gesto de pena por ella, sobre todo porque le prometió que la liberaría del muy hijoputa de Silva.

4.- La idea de regresar a la mansión Bond “Skyfall” era hacer un contrapunto simbólico entre el pasado noble de autosuperación moral del 007 y la desgracia de Silva, pero, extrañamente se desequilibra todo porque casi casi justificamos al villano, lo que termina por hacer que nos valga madres el carácter “emocional” del título de la película; de hecho ese fue el mérito de Bardem pues logró nuestra simpatía (¡Por Dios!, ¡qué escenaza la del retiro de la prótesis maxilofacial! Inolvidable.)

5.- Todo pintaba para que “Q” (Ben Whishaw), sea un cabronazo cojonudo hiper craquetero haquetero cibergenio, y pos na más que resultó en puro blof de nerd. Mala onda con ese bato que pudo ser más interesante y profundo.

¡No qué muy chingoncito!, a ver, a ver, hazme un millón de bots para que me den like a mi blogg.


6.-  ¿Es mi idea o como que a Ralph Fiennes le hicieron falta huevos? Digo, su persona trata de un militar retirado, vuelto burócrata,  pero aun así, de ser el próximo “M”, pues deberá de esforzarse más para llegarle a la Dench quien tenía más que le colgaran ¿que no?

7.- ¡No manchen que después de tramar un plan por años, escabroso y sinuoso, el desenlace consistiese en matar a “M” en la sala de un juzgado administrativo! Mí no entender.


El balance es bueno, se lleva su 7.4 bien ganado. No me gusta poner calificaciones porque eso es mamón, pero pos ahí tienen. No se la pierdan, está buena.

FIN

Hay les dejó el video-soundtrack-trailer, a cargo de Adele, pa los fans: