martes, 21 de junio de 2011

DE COMO UNO LOGRA LO QUE QUIERE CUANDO SE DEJA ARRASTRAR


No existe una voluntad de poder y una voluntad de sometimiento. Se dice que esta última es la más difícil de conseguir puesto que, en medio de la primera y de la falta de voluntad, equilibra la tensión surgida entre la mediocridad y el supremo esfuerzo estéril de superarse a sí mismo. Aunque es verdad que Nunca uno se supera a sí mismo, hay que entender bien qué significa esto.




La genialidad, lo excepcional es circunscribirse a las limitaciones propias. Voluntad de poder es: energía que se quiere a sí misma, dación del sentido propio al objeto. Pero las cosas tienen un sentido oculto, en realidad. Prueba de lo anterior es el hecho de que el mundo nos aplasta, de que la muerte es invencible.




El deber humano general es abrir la puerta del ser, cruzar el umbral. La ética es un pasillo que nos hace transitar a lo deseado. La relajación lo es todo en este no-lugar, en este estado de metamorfosis.




Sabido es que “voluntad de poder” es la metafísica de la repetición infinita. Pero esto es un contrasentido: lo que se repite infinitamente adquiere permanencia, es decir, sustancia, Ser. De ahí su estatus de metafísica. Por ello es inconcebible que un ser tire hacía sí mismo realizando lo que ya fue. Pero eso sólo es en el plano formal, de la ciencia.




¿El intento de superación del ser forma parte de éste? Sin duda alguna. De otra forma no tendría sentido lucha alguna, puesto que no existiría. Toda ética es absorbida por la metafísica ya que ésta se refiere a un estado de cosas permanente… y esto incluye al porvenir. El ser no es lo presente, dado que el presente es transición. Tiempo es: condición de juicio y de deber moral. En el presente no existe lo bueno ni lo malo, libertad o sometimiento, en el presente no existe nada. Es la consciencia la que, inclinándose a lo ya sido, crea los valores y los proyecta hacia el porvenir. Todo valor es: modalidad de redención.




“…O de cómo se llega a ser quien se es”. La ética es la expresión del ser, su color, la superficie que absorbe y que rechaza. Ésta varía, y es a lo que le llamamos “posibilidad”. La contingencia es, por consiguiente, la cualidad del ser producto de una inclinación hacia los valores, el desarrollo de la contingencia como parte del ser en tanto éste se suspende de la consciencia.




Bueno, todo lo anterior no me sirve más que para emitir el siguiente axioma:

ANTE LA CAMINATA DE LA SEDUCCIÓN, DA EL PRIMER PASO,
TU CUERPO SE ENCARGARÁ DEL RESTO.







miércoles, 15 de junio de 2011

alea iacta est


No hay vuelta atrás. No hay retorno, mi boleto es sólo de ida. Aunque en realidad nunca se vuelve, se dice que el hombre una vez toma una decisión, el tiempo se encarga de eternizar lo optado. Los conversos lo saben, aunque se tornen herejes o apostatas, allá en sus almas se preserva una forma de aquella verdad que antaño los iluminó. Las cosas ocurren con total inasistencia de nuestras manos pues ya en germen no terminan de conjurar sus furores hasta que nuestro cuerpo, movido por no sé qué fuerza potente, se presta a ejecutar la decisión. Así, se dice que se “toman decisiones”, cuando en realidad uno no es más que presa de un conjunto de poderes que coinciden en un vacío que hemos dejado muy apropósito de nuestra indecisión. Voto de calidad, si se quiere, por él asumimos plena responsabilidad. “…ve y hazlo, yo afrontaré tales consecuencias”, parecen decirle los pros y contras a esa región nebulosa de la indiferencia. Ser objetivo, estar en otro lado de nuestro interés, no es más que apelar a la inconciencia. Duele, de cualquier manera una u otra decisión, pues nuestra alma suele abjurar de su camino pensando que siempre era mejor el otro sendero dejado atrás.

Para hacerme una representación ajustada a lo que considero es esto de resolver, he visto a un rey, presa de la vacilación, recurrir a su consejero. Pues bien, como bien se sabe, un consejero nunca debe proceder a empujarnos a tomar un camino u otro, sino en ampliar las posibilidades de elección, de tal forma que se termine por mediar la situación. Siempre habrá una posibilidad intermedia, aunque ésta sólo sea la de fingir una medida. Pero no estamos en esa forma de opción, eso es más bien evadir una disyuntiva. Una vez dividida la angustia de aprestarse a una corriente o a otra, al rey nos lo imaginamos inquieto en el lecho y confortado por una reina que le señala seguir a su corazón. Pero el noble caballero recuerda que su padre, hombre prudente y de acción en batalla, le ha repetido una y otra vez que las decisiones se han de tomar en frío, apelando a la pura razón. No teniendo con qué contentar su corazón ni satisfacer al juicio, le ha dado por dormirse, fiándose en que quizás en sueños se le rebelaría la respuesta correcta, tal y como al emperador romano Constantino le ocurrió.

Pero sujeto a la apreciación harto simbólica de las representaciones oníricas, el rey sigue en las mismas. No sabe a ciencia cierta a qué viene que un caballo muera ante sus ojos debido a los latigazos crueles de su amo, ni que éste posteriormente sea comido por una familia que no tenía dinero para carne de vaca. Confuso, sin significación alguna quizás. De hecho, sin significación de ningún tipo. Ver caer la lluvia frente al ventanal tampoco ayuda mucho. Hasta que ya en consejo final y ante la reina, el general de armas le urge tomar una medida: sacrificar a la mitad de la población de una aldea esperando que los mismos vasallos enfrenten con mayor coraje al enemigo, o proceder a su evacuación y dejar que el enemigo avance poniendo en peligro a todo el reino. En ninguna opción hay garantía de seguridad, de salir avante ante lo adverso.

Es para estas situaciones para lo cual se inventaron las frases cortas, los axiomas, los aforismos, los refranes popular, los principios absolutos. “Divide y vencerás” (no propiamente, puede que ambos se vuelvan en tu contra y en vez de un enemigo ahora tengas dos), “el fin justifica los medios” (siempre y cuando se resuelva qué es fin y qué es medio), “La lástima es traición a la patria” (con el sólo hecho de saber que lo dijo Robespierre podemos tirar la frase a la basura), “Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades” (siempre y cuando el tiempo no sea lo suficientemente extenso para rebasar a la decisión), “La guerra contra las mujeres es la única que se gana huyendo” (sin comentarios), “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy” (aunque mañana quede nada para hacer) sí, pero hay que recordar que “cada día trae su propio afán…” (Pero no por mucho madrugar amanece más temprano y si, en cambio, encuentra todo cerrado)…etc. Sabiduría popular que lo único que hace es facilitar la idea de una sabia decisión. A la persona impopular le ayuda en muy poco.

(No hay ser más impopular que un poderoso. Así, se suele decir de un gran conquistador adjetivos tan contradictorios tal y como el agua y el aceite son: generoso, malvado, magnánimo, cruel, injusto, sereno, arrebatado, intrigoso, pacificador, etc. Los poderes absolutos suelen amplificar nuestros vicios y virtudes).

A veces, una verdad es tal con independencia de la emoción que le dio origen, de la envidia de la que proviene, del reproche que se quiera hacer, de la culpa que queremos purgar. Esto es algo que comúnmente se pasa por desapercibido, y se suele juzgar a una verdad por la persona o situación que le dio origen (tal y como pasó con la frase de Robespierre). Sin embargo, es también sabido que a toda moral hay que juzgarla por su genealogía. Al fruto lo podemos medir, al tipo de hombre que engendra cierto prototipo de moral; de la misma forma podemos sondear la semilla de la cual proviene.

Pues nos parece sin lugar a dudas una explicación plausible el que se pueda adivinar la decisión de algo según sea el hombre o mujer al que se le plantea. Un rey misericordioso (débil desde el punto de vista de los valores bizarros de temperamentos corpulentos), optará por abdicar y entregar el reino. Prefiere la vida a la libertad; tanto error sería culparlo dada las limitaciones de su carácter, como darlo por modelo de virtud. Por el contrario, un rey que goza de la libertad y prefiere enfrentar la muerte antes que ver pisoteado su nombre, no dudará en hacer una carnicería sin tregua. Los hombres “racionales” no pueden entender esto. No los juzgo, no los aplaudo, pero tampoco invento la efectividad de la miseria humana para hacernos fuertes y osados.

Pues bien, este hombre del cuál os hablo es un gran adalid de la libertad. Le oprime pensar en el costo de ser libre, pero no hay otro modo. En el fondo, nótese muy bien, una decisión no es más que la triste disyuntiva de traicionarnos a nosotros mismos o sernos fieles. La moral auténtica se trata de coherencia. Un hombre sin principios no es más que un muerto, una cosa. Hasta el nihilista más empecinado, cuando opta por matarse o vivir sin compromiso alguno con nada, no da muestras más que de un romanticismo en su conducta.

¿Cómo se es? ¿Quién uno es? Y después: ¿cómo quiero ser? ¿Quién quiero llegar a ser? Simplemente. Los errores en nuestra vida surgen de no encarar esta realidad y arrastrar a todos los demás a causa de nuestras inconsecuencias. La única forma que conozco de hacerle daño a la gente es de no ponerle sobre aviso acerca de nuestros objetivos. Aunque esto es un tanto cuanto vago, lo cierto es que hay que definir qué se es para evitar las confusiones. Un rey con principios que han surgido de sí con toda su fuerza en el ser, sin duda actuará resuelto y con todo el poder de su voluntad.

Me ha parecido, de un vistazo, que un hombre resuelto hará lo mismo que uno que no lo está: sus acciones no sirven para nada; en cambio sí servirán para hacerle sentir bien consigo mismo. Habiendo obrado por medio de principios o la buena sazón del tiempo, siempre se recurre a estos recursos para justificarnos. Me parece una verdad inquebrantable esto. Sin embargo, como apuntábamos antes, en ello puede darse una razón justificable, con independencia de que sea cierta o no.

Bueno, ya hable demasiado de esto, así que, Adiós.

domingo, 12 de junio de 2011

ESQUIZOIDIA









1.- contacto vital con la realidad (Una interpretación de Eugène Minkowski sobre la filosofía bergsoniana).
Todo lo que la realidad tiene de positivo, su dinámica incomprensible, su contingencia absoluta, ha de absorber la presencia estática de aquello que pedagógicamente le llamamos “ser”. El alienado ya no experimenta esta absorción. No conoce límites entre su propósito fundamental de origen propio, y la interacción que debe asumir como necesaria dentro del mundo, es decir, sufre un extrañamiento de éste en una autosegregación que lo deja por completo fuera de lo real.
¿Qué es lo real? Lo real no es un ente, una conjunción (a manera de estructura), sino la interacción que se crea dentro de la estructura del yo no-yo. La realidad no es estar en un “adentro” o un “afuera”, sino en una participación que hace intercambiar posiciones, de manera intermitente, al individuo y al “mundo” respecto de su tendencia a la consciencia, misma que sirve de plataforma para la consecución del ideal o valor que nos es más propio.
La realidad es a la consciencia lo que la vida al impulso surgido del deseo posible. Cuando no se distingue esta nota de posibilidad, cuando se da rienda suelta a la ensoñación perdiéndose del faro del sentido vital, es cuando surge la primera nota de locura prematura.
Lo sano, es estar abierto al mundo una vez se ha regresado de la soledad, del retiro hacia el fuero interno. De ahí que se diga que la interacción entre hombre y mundo-vida, es intermitente. De la misma manera en la que la locura juvenil no se manifiesta sino a través de ciclos (llegando cada vez más a la permanencia en el individuo), el hombre está en una constante negociación del precio que significa su particular forma de felicidad. Este “regateo”, dialéctica que tramamos para no quedarnos fuera de lo posible, es propiamente el significado de vida.


http://www.fcede.es/site/es/libros/detalleslibro.asp?IDL=168

lunes, 6 de junio de 2011

LO SÉ TODO PERO NO DEBO AÚN MATARME





El término “hipótesis” es otra forma de llamarle al prejuicio. Todo prejuicio siempre se comprueba. La razón de ser de la ciencia se haya en dicha nimiedad. La tecnología y la cultura nacen de ese destino incorruptible.




La verdad nunca debió de ser objeto de furores. Era cuestión de aplicar un método, el de las ciencias, el que nos deslumbra con sus resultados prácticos.




No tendría preferencia entre la Edad Media y la Ilustración, desde ningún punto de vista: siempre se ha conocido la verdad fundamental. La certeza o su invención, siempre fueron de muy otra ralea. El hombre es inseguro porque siempre ha sido inferior a la naturaleza, por eso crea la religión y la moral. A eso le llamamos trascendencia.




La filosofía, luego entonces, obteniendo su noción de ser o de vacío, debió de quedar relegada a la ociosidad vespertina del café, entreteniéndose, sobre todo, en eso de la libertad y del destino. Otra cosa era actuar por motivos honestos, por elegancia de maneras o de formas de nobleza.




He aquí que creo haber dicho todo lo esencial. Jamás la verdad puede ser fundamento de moral alguna. Se actúa por necesidad, y ésta necesidad necesita de llamarle “real” a los motivos por los cuales actúa…lo real me es indiferente. Lo que no puede serme indiferente es que me debo a alguna forma de conducta en tanto no me he matado. De igual forma, me es indiferente la razón por la cual no me he matado, lo relevante es que esto es así y que eso no me lo indica ninguna forma de conocimiento porque la vivencia de esa condición es de plano superior.




No pudiéndole llamar razón de ser al sueño que de nosotros tira, me quedo con el alcance de mi inteligencia, con la sensibilidad de saberme vivo.




La moral y la religión son banales en tanto sean medios de expresión de lo sublime o de su invención; es decir, la trascendencia no deja de serlo porque sea falsa. Es probable que esa sea su condición sine qua non.

martes, 31 de mayo de 2011

DE LA PATERNIDAD ROTA



De la paternidad rota
Para Leonardo en su cuarto cumpleaños.

He aquí que movido por un sentimiento innoble de altruismo, he procedido al inventario de mis desatinos como padre. Habría de ser muy ingenuo para suponer que eso recaudaría alguna forma de ventaja tanto para mis manos como para mis obras. Sin embargo, no existiendo cualidad más propia en el hombre que el de la necedad, me ha dado por reconvenir tal certeza. Ya sea que a poco o a mucho bien tenga el buen gusto de prestar oídos a mi insania, verteré algunas conclusiones bien poco concluyentes sobre el estado de cosas actuales.

Mi hijo vería por primera vez la luz del día, como en la prontitud de una hora pero de hace cuatro años, en un hospital de seguridad social al que mi trabajo de aquel entonces me permitía acceder. En otra ya famosa situación, mi hijo sería atendido, bajo total falta de venía de su madre, de una enfermedad respiratoria que terminaría por agravársele.

De los hijos los rasgos propios suelen ser el blanco perfecto de las lisonjas. Más cuándo en una criatura le florecen nuevos bríos, el padre suele encariñarse de muy otra forma. No habiendo suerte de orgullo propio, el desarrollo del niño viene a ser como una revelación novísima, un milagro que nada tiene que ver con los autos de fe. La sangre de la madre, sin duda, es la responsable de que el padre no tuviese mucho a qué aferrarse aún y cuando esa misma circunstancia tuviese la soberanía de revertir la situación. Cuando a mis manos vino el ángel sin alas, le miré en el rostro sin duda toda de una ignota seña. A un hijo se le puede llegar a amar de la forma inversa en la que no es necesario hacerlo puesto que todo cuánto se le pudiera dar ya se le ha puesto por albaceazgo a los genes. Ese término afortunado, el de “la herencia” que aquel sabio monje cultivador de no sé qué leguminosas dio por llamarle a la predestinación, me ha venido cincelando la testa en estos duros tiempos de memoria filial. Pues bien, no habiendo quedado a muy buen término con la madre de mi vástago, además de la falta de garantía que la ausencia de impronta parental daba, se me sumaba el gravamen de la ausencia en cuerpo del niño. Más, la certeza inescudriñable de que una ausencia más otra ausencia es una presencia completa, terminó por tranquilizarme y sumirme en la dicha de que aquel infante de ser digno hijo mío en suficiente estima me tendría.

Aunque la sapiencia popular reza que no se extraña lo que no se ama, habría que observar que tal esfuerzo de sabiduría no es muy justo con la verdad de que un amor puede quedar reservado a lo profundo en tanto de una manera muy sutil la memoria queda amortajada en una primera piel. En ese río subterráneo vengo a descubrir, y esto me parece aunque discutible no exento de plausible argumentación, una arteria no tan pobre que se podría suponer de ella una estatura semejante a la prosapia. Los reflejos del padre se ven en el niño de tantas maneras como a la imaginación le sea posible ver. Nadie, por más que a la ausencia absoluta se mimetice, debería poder creer desaparecer su espectro. Así como de Dios se dice, en estos tiempos modernos, que su ausencia es el espacio en el que se mueven los cuerpos, y su eternidad la placenta de la que cuelga nuestra esperanza, así del niño entregado al orfelinato de las sombras, construye por padre a un fantasma. De tal manera esto es así que, no sé mediante qué mecanismo, ciertos niños hijos de Orfeo terminan por tener por padre al mejor del mundo. Y si Orfeo tocaba la lira era porque de suyo era la música fugaz y envolvente, la que, transubstanciada en hálito, recorría las sábanas del niño procurándole el dulce sueño.

Argumentación fatua, silogismo villano y patricio, como sea que la mala entraña gestione, lo cierto es que del padre lo menos que podemos hacer es guardarle venerable respeto. De la madre se pueden tener sentimientos tanto más nobles como ruines dada la reliquia nefasta que la naturaleza tuvo a bien darle por regalo. Este regalo, bendición o maleficio, debe su complexión bifronte a que de suyo es el apego que la cría debe sentir por la madre, en virtud de su terrible similitud con la entraña. Nada tan aciago para la civilidad humana que aquella madre que desteta al hijo de manera absoluta condenándolo al aborto moral. Perdonársele todo es posible, menos la ligereza de no dejarse llevar por el instinto de madre. Así, cuando teniendo por modelo y virtud la gracia del universo, pudiendo entrever en éste la mano armónica de un perfecto arquitecto, las sociedades prescriben la admiración hacia la mujer que ha parido y que con el esfuerzo del tesón les ha dado pan y leche a sus crías. No en vano podríamos hallar en el Primer libro del Libro sagrado que por castigo la mujer sufriría al parir y que engendrando hijos se salvaría, como apunta el converso Saulo de Tarso en su epístola a los Romanos.

Importando poco si tal admiración tiene por fuente la más alta virtud, lo cierto es que ha dejado al varón en posición cómoda y en espacio suficiente para salir a la guerra o a la caza. Y si esto es una acción prestigiosa en las sociedades sopretexto de gallardía y dación, debido a la imposición moral del hombre, lo cierto es que viene a ser cierta aquella frase difícil del sofista griego Cálicles cuando aseveraba que la ley siempre es del más fuerte. A expensas de no sé cuántos hijos, ciertos vituperables padres hacen y deshacen en la vida de cuánta moza se les ponga enfrente. Sátiros por vocación, no sabrían siquiera entrever la idea de continencia y de apego a los actos dentro de los cuales descuella el de viril responsabilidad.
Siendo que la mujer tiene casi siempre las de perder, me he puesto en actitud estoica a recorrer las ventajas que tiene la ausencia del padre en el hijo.
Parece ser, y esto me parece evidente pues de otra forma no me atrevería a insinuarlo, que responsable es de nuestra apreciación actual de las relaciones morales, esa visión cristiana de apego a la familia por parte del padre, cuya metáfora más afortunada se ha encontrado en el matrimonio entre la Iglesia y el Cristo. Piedad ofertada por la doctrina cristiana es esta la de que incurre en irresponsabilidad el padre que en nada aporta a la familia, tanto moral como materialmente le sea posible. Delito y pecado, no es bien visto quien a regar hijos por el mundo se dedica dejando por mejor regalo de sí su malhadada semilla. “De la educación se encargan las mujeres”, dicen por allá viles refranes, mismos que regresan cargados de más ceguera cuando es a hombres quienes dichas mujeres educan. Parecería que un hombre desprecia a una mujer en la medida en la que ésta le fue por madre amorosa, y parecería cosa de Belcebú que quien más ama le sea recompensada tal acción con insufribles penas. El encomio, por el contrario, habría de ser encontrado según la indecencia de estos días, en quien ama egoístamente y menosprecia aquello que lo eleva a imagen de querubín.

Según estas naturalezas del todo acorde con la bestialidad a la que le es propio lo humano, es hasta virtuoso que un hombre poco se preocupe por amar a quien sea que fuere. Sin embargo no es del todo cierto que por los frutos se conoce la planta mater de la que surgen tales engendros. Si en pecado es concebido un hijo no de ahí se sigue que en pecado haya de morir. De la misma forma que un hijo hacerse puede mejor imagen de sí ante la falta de mimos y de alcahuetes, procede señalar que el desamor puede confundirse con el desapego que troca el vicio en virtud.
En estos tiempos difíciles en los que el horrendo fantasma repetitivo de la transformación de los valores hace mella, es confuso observar como un hombre puede renunciar al amor que lo esclaviza por mor de una fuerza y carácter viril, o que esta misma experiencia de la observación tope con aquel que es simplemente desamorado e ingrato. Todo radica, según dicen algunos, en el animus que le dota de sentido al acto. La procedencia del fruto habrá que mirarla tanto como el resultado de ese largo proceso ignomioso que es desarrollarse y sobrevivirse a sí mismo.
Pues bien, si el axioma del vulgo aquel de que “los hijos no esperan” fuese realmente incólume, no se entendería la fortaleza del hombre frente al abatimiento del abandono. Viéndole con cruda benevolencia, le resulta mejor al destino humano el de carecer de padres en tanto que la medida de su grandeza es inversamente proporcional a la admiración hacia éstos. No ser fértil es una forma de negarle a la ascendencia su titularidad sobre nosotros, aun y cuando la gloria sea de distinto grado. En efecto, me ha parecido de un tono romántico tener por ídolo a aquel quien nos ha engendrado, justo cuando es éste quien ha puesto sus esperanzas en nosotros. Error tan caro como lo es ese otro el cual en algunos psiquiatras hace estragos: el de la tragedia griega de Edipo que preconiza el infortunio del hombre en que, solamente logra volverse alguien en la medida de la muerte del padre propio. Cada ser humano, aislado de sus antecedentes y subsecuentes, debiera mirar su prontitud con total falta de injerencia de los progenitores e hijos.

Evidencia incuestionable es, luego entonces, la capacidad de cada ser por crecer y desarrollarse a tal grado que logre sobresalir de entre sus llagas profundas o extensas.

A esto he arribado justo en el momento en que un arrepentimiento inventado recorría mi cuerpo estremeciéndolo y agitándolo como si de un guiñapo se tratara. Más, mi llanto en poco ayuda a comprender la fatalidad de las cosas. Ciertamente el mozalbete de gracia era rebosante, y la inocencia que destilaba podía desarmar hasta al ángel rebelde más despiadado, sin embargo me parece, más que de una lógica irrebatible de una inteligencia paciente, que no se extraña más que del disfrute de aquella criatura. Nos decimos del derecho que éste posee de tener a su padre cerca de él y que éste sea el blanco de sus aprecios, pero eso no puede ser más que un pretexto. El mundo del niño se las arregla solo y nada tiene que ver con la ternura que le hemos inventado para redimir nuestra espantosa vileza. No necesito más prueba de ello que el hecho de por sí incuestionable de que esa creencia de que el verdadero juez de nuestra vida son los hijos propios y que son estos los que nos terminarán retribuyendo la grandeza o pobreza en la que hemos invertido, sea de dudosa sazón. Tal certeza no esboza más que un sistema en que una corona se da a los padres por premio cuando han procedido respecto a los hijos con buena educación. “Respetarás a tu padre y a tu madre y Jehovah tu Dios te dará largos días sobre la tierra”, reza el mandamiento completo. Es claro que los octogenarios no terminan en un asilo por ingratitud de los hijos, sino porque la vida debe continuar.

Si esta inercia de la cual es deudora la vida prestará sus argumentos a la moral, seríamos como esas manadas de seres que abandonan a los viejos a su suerte ante la imposibilidad de detener a la manada completa. Así, bajo ese mismo principio arrastramos al niño hacía un mundo en la que pretendemos ponerlo a salvo de la posibilidad de abandono. Se dice que un buen hombre no puede morir solo. Pero he aquí que he visto que el justo es también abandonado por sus propios hijos. En el mundo real no existe principio moral que valga y eso se debe a que la misma naturaleza ha tenido por bien tener a lo real y a lo valioso como si de agua y aceite se tratara.

No teniendo pendiente en mi alma porque la vida espera en su tiempo preciso, miro el día de mañana que ya nace. El espíritu del hombre está allá donde aún la noche no toca, y su libertad allende la ilusión se desvanece.

Alejandro Martínez.
31 de mayo de dos mil once.

sábado, 28 de mayo de 2011

miércoles, 25 de agosto de 2010

EL ANCIANO








Se tenía que enfrentar consigo mismo, dar vueltas alrededor de su habitación, caer silente en el ningún lado. Tenía que repasar una y otra vez sus posibilidades dejadas atrás, sus semillas de futuro. Tenía que ver sus verdades y enfrentarlas con las de los demás, descubrir que la noche y el día, sus buenos y malos, no eran más que lo mismo, que no había diferencia substancial alguna entre la agonía de vivir, y la de estar muriendo.

Cuando hubo desgastado todo lo fascinante, el mínimo de misterio de la presencia, la música, la pintura, la poesía, el beso reconfortante de su mujer, volteo los ojos a una tristeza larga, en donde se depositan los días de los hombres sabios.

Caminar, mirar el ocaso hundirse en un sueño roto, no poder desear ya nada, ni bueno ni malo, eran el presentimiento de una plegaria. Curado de la vida, no era más que un fantasma entre los hombres, es decir, no era más que él ya, sin obstáculo ni dique que lo salvaguardara de sí mismo; era su víctima más doliente, su verdugo más cruel.

Al fondo se fueron sus sueños, sus pensamientos, su vagabundeo: Afrodita había muerto hace mucho, y sólo quedaba la herencia en harapos de su madre Penia.

Contemporáneo de los cementerios, del baldío, no sentía más potencia que el de la muerte, la potencia absoluta, indescifrable, insobornable del vacío.

Avanza, palpa la luz con tu mano de tiniebla,
Atraviesa el silencio que componen las palabras,
Instálate ahí donde ves tus declinaciones emigrar,
En donde radica un no-yo.

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Como si un demonio nos poseyera, un destino viniese a cobrarnos alguna deuda olvidada. Una paranoia, una depresión olvidada que emerge de una insondable profundidad. Estamos alegres, y de repente, ya no.

Ver los cambios que efectúa nuestro ánimo una y otra vez, en tiempos más o menos cortos, en intervalos inesperados, es mantener la consciencia aún despierta: algo que no es nosotros nos mantiene en una región inalterada en donde no penetran los vaivenes del mundo, de nuestra historia personal. Empezamos a adquirir control. Pobre de aquél al que le parece que es siempre el mismo, sin duda se equivoca.

Esta tristeza infinita "que siempre está ahí y que aparece como sin razón, pero que, precisamente por ello, se puede concluir que siempre ha estado ahí", que nos arrebato momentos en los que deberíamos ser pura raudeza, acción o alegría, sin duda, es el centro del ser del hombre.

La alegría, la jovialidad, el extásis, la ternura, el odio, el miedo, toda forma de sentimiento positivo, propuesto por los fluidos del devenir, no son más que periféricos.

Al centro solamente está la tristeza infinita de vivir.

Y más allá, cruzando ese epicentro, como un tunel que nos devora, está la reconstrucción de todas las fuerzas apetentes por construir y destruir; el agobio, la apatía, quedan atrás, y solamente aparece una lucidez flotando en su limbo.

Entonces, es posible hacer lo que sea.

Y hacerlo bien y pronto.



viernes, 20 de agosto de 2010

Los Totalitaristas Frustrados



Refiere Cioran en sus cuadernos:

"Anoche, larga conversación con un poeta húngaro (Pildusky) sobre Simone Weil, a la que considera una santa. Le digo que yo también la admiro, pero que no era una santa, que había en ella demasiada de esa pasión e intolerancia que detestaba en el Antiguo Testamento, del que procedía y al que se parecía, pese al desprecio que sentía por él. Es un Ezequiel o un Isaías femenino. Sin la fe, y las reservas que ésta entraña e impone, habría sido de una ambición desenfrenada. Lo que destaca en ella es la voluntad de imponer a toda costa la aceptación de su punto de vista, atropellando, violentando incluso, al interlocutor. He dicho también al poeta húngaro que tenía tanta energía, voluntad y obstinación como Hitler...Al oírlo, el poeta puso unos ojos como platos y me miró intensamente, como si acabara de tener una iluminación. Para mi asombro mío, me dijo: tiene usted razón"

Sin duda, Cioran se veía en la Virgen Roja. Su admiración por ella, está más de una vez citada en sus cuadernos. "Inmenso orgullo" que causa más embeleso que su "inteligencia" (Pag. 122), recuerdo de "Soriana Gurían más el genio", "rival de cualquier gran delirante de la historia contemporánea" (Pag. 100). Descripciones que aportan una dimensión única a la personalidad de Weil y que, sin embargo, no tienen la mínima nota de veneno o envidia: Cioran tiene razón.

Su "profundo desconocimiento" de sí misma, a pesar de su inteligencia "desconcierta" sobremanera: ¿acaso la inteligencia en un santo revela la materia real de la que está hecho? Toda espiritualidad y muestra de beatitud, sin duda debe tener como contrapeso la idiotez, de otra manera no se trataría más que de Nietzsche. La inteligencia verdadera es demoníaca. Y la penetración lúcida de todo lo real no es más que destrucción, ímpetu de dictador, totalizante a fuerza de sondear su propia destrucción.

martes, 3 de agosto de 2010

Nuestra Bodhisattva favorita


Uno de sus recopiladores al final del prologo al libro "Profesión de Fe" (http://www.institutosimoneweil.net/index.php/web-links/38-libros/81-profesion-de-fe), le llama, si mal no recuerdo, "Nuestra Bodhissatva" favorita.
Certero sin lugar a dudas. Desde luego parecería una aberración religiosa tomando en cuenta que el budismo y el cristianismo son como el agua y el aceite, al decir de algunos especialistas en materia de religión. Pero los especialistas en religión, como bien diría Cioran al hacer una crítica dura contra su viejo amigo Mircea Eliade, no pueden revestir el caracter profundo que encierra la vocación religiosa del hombre. Todo estudio o tratado no es más que la esterclerosis de una savia ya de muy otra ralea: un instinto vital que se pierde en la noche oscura del espíritu humano.
Leer a Weil es con mucho, una de las experiencias más gratificantes que un alma celosa de la verdad anterior podría tener. Y es que no sólo se trata de un lugar común hoy en nuestra decadencia religiosa el prestar oídos a nuevos profetas, si no que, se constata con el esplendoroso brillo de la compasión magnánima de la Virgen Roja, siempre una "historia de amor es una historia nueva".
Su versión del cristianismo, ha destrozado el crucifijo que por tanto tiempo forjó la religión más entredicha de todos los tiempos. Tal pareciera como si, lo que a mi parecer es, la religiosa más ferviente de los últimos tiempos, se hubiese propuesto la labor titánica que emprendió hace más de dos mil años, el Bodhissatva por antonomasia, el real: Nagarjuna ante la momificada escolástica del budismo. Tal labor es la de la destrucción total de todas las seguridades religiosas, los dogmas fundantes, para así hacer más visible el cuerpo real del Cristo, o la ambivalencia del Sunyata.
No hay que ser muy diestro en teología o en hermeneútica religiosa para percatarnos que Weil es, lo que dirían los ortodoxos, una hereje. Pero, ¡oh blasfemia entre blasfemias!, ya quisieran los amantes del cadaver crucificado hablar como sólo ella lo ha hecho, lo ha sabido hacer y aún falta por decodificar. Detrás de su mirada de infinita tristeza por este mundo raído de la posibilidad de la luz, se esconde el más peligroso de los santos, el más fuerte de los espíritus que a naturaleza humana se le pudo haber ocurrido. Sin con el Shakyamuni teníamos suficiente (lograr la suprema ambición de quedarnos sin ambiciones), llega la mística experta en el vacío ha señalarnos la destrucción total de los cimientos de lo que antes llamabamos "Dios".
Totalmente de acuerdo, no se levantan nuevos dioses si antes no se han derrumbado por completo los anteriores. Metareligión, misticismo reinventado, un supremo núcleo que describe la base común de todo sentimientos religioso allende está el deseo de autodestrucción del hombre, de abolición del principio vital y de las causas existenciales, es la experiencia que nos viene a transmitir esta Bodhisattva cristiana.
No deseo ahondar más en el tema de lo que ya he aventado al aire sopena de malinquietar. No es esa mi intención. Resta por decir que se tiene aún mucho que inventar y decir (la misma cosa) acerca de esta mujer hecha de un material distinto a la del hombre. Su genialidad, su iluminación, no nos dejará nunca de estremecer: ha hecho vibrar hasta aquél que creía destruido por completo los cimientos de lo religioso, le ha hecho adivinar la magnitud del silencio de la muerte de un Dios, o el completo desasociego de saberse esclavo de este mundo, víctima de este ocaso sempiterno que es no ser nada, nadie, una errabunda silueta de una nada marchita.