domingo, 12 de junio de 2011

ESQUIZOIDIA









1.- contacto vital con la realidad (Una interpretación de Eugène Minkowski sobre la filosofía bergsoniana).
Todo lo que la realidad tiene de positivo, su dinámica incomprensible, su contingencia absoluta, ha de absorber la presencia estática de aquello que pedagógicamente le llamamos “ser”. El alienado ya no experimenta esta absorción. No conoce límites entre su propósito fundamental de origen propio, y la interacción que debe asumir como necesaria dentro del mundo, es decir, sufre un extrañamiento de éste en una autosegregación que lo deja por completo fuera de lo real.
¿Qué es lo real? Lo real no es un ente, una conjunción (a manera de estructura), sino la interacción que se crea dentro de la estructura del yo no-yo. La realidad no es estar en un “adentro” o un “afuera”, sino en una participación que hace intercambiar posiciones, de manera intermitente, al individuo y al “mundo” respecto de su tendencia a la consciencia, misma que sirve de plataforma para la consecución del ideal o valor que nos es más propio.
La realidad es a la consciencia lo que la vida al impulso surgido del deseo posible. Cuando no se distingue esta nota de posibilidad, cuando se da rienda suelta a la ensoñación perdiéndose del faro del sentido vital, es cuando surge la primera nota de locura prematura.
Lo sano, es estar abierto al mundo una vez se ha regresado de la soledad, del retiro hacia el fuero interno. De ahí que se diga que la interacción entre hombre y mundo-vida, es intermitente. De la misma manera en la que la locura juvenil no se manifiesta sino a través de ciclos (llegando cada vez más a la permanencia en el individuo), el hombre está en una constante negociación del precio que significa su particular forma de felicidad. Este “regateo”, dialéctica que tramamos para no quedarnos fuera de lo posible, es propiamente el significado de vida.


http://www.fcede.es/site/es/libros/detalleslibro.asp?IDL=168

lunes, 6 de junio de 2011

LO SÉ TODO PERO NO DEBO AÚN MATARME





El término “hipótesis” es otra forma de llamarle al prejuicio. Todo prejuicio siempre se comprueba. La razón de ser de la ciencia se haya en dicha nimiedad. La tecnología y la cultura nacen de ese destino incorruptible.




La verdad nunca debió de ser objeto de furores. Era cuestión de aplicar un método, el de las ciencias, el que nos deslumbra con sus resultados prácticos.




No tendría preferencia entre la Edad Media y la Ilustración, desde ningún punto de vista: siempre se ha conocido la verdad fundamental. La certeza o su invención, siempre fueron de muy otra ralea. El hombre es inseguro porque siempre ha sido inferior a la naturaleza, por eso crea la religión y la moral. A eso le llamamos trascendencia.




La filosofía, luego entonces, obteniendo su noción de ser o de vacío, debió de quedar relegada a la ociosidad vespertina del café, entreteniéndose, sobre todo, en eso de la libertad y del destino. Otra cosa era actuar por motivos honestos, por elegancia de maneras o de formas de nobleza.




He aquí que creo haber dicho todo lo esencial. Jamás la verdad puede ser fundamento de moral alguna. Se actúa por necesidad, y ésta necesidad necesita de llamarle “real” a los motivos por los cuales actúa…lo real me es indiferente. Lo que no puede serme indiferente es que me debo a alguna forma de conducta en tanto no me he matado. De igual forma, me es indiferente la razón por la cual no me he matado, lo relevante es que esto es así y que eso no me lo indica ninguna forma de conocimiento porque la vivencia de esa condición es de plano superior.




No pudiéndole llamar razón de ser al sueño que de nosotros tira, me quedo con el alcance de mi inteligencia, con la sensibilidad de saberme vivo.




La moral y la religión son banales en tanto sean medios de expresión de lo sublime o de su invención; es decir, la trascendencia no deja de serlo porque sea falsa. Es probable que esa sea su condición sine qua non.

martes, 31 de mayo de 2011

DE LA PATERNIDAD ROTA



De la paternidad rota
Para Leonardo en su cuarto cumpleaños.

He aquí que movido por un sentimiento innoble de altruismo, he procedido al inventario de mis desatinos como padre. Habría de ser muy ingenuo para suponer que eso recaudaría alguna forma de ventaja tanto para mis manos como para mis obras. Sin embargo, no existiendo cualidad más propia en el hombre que el de la necedad, me ha dado por reconvenir tal certeza. Ya sea que a poco o a mucho bien tenga el buen gusto de prestar oídos a mi insania, verteré algunas conclusiones bien poco concluyentes sobre el estado de cosas actuales.

Mi hijo vería por primera vez la luz del día, como en la prontitud de una hora pero de hace cuatro años, en un hospital de seguridad social al que mi trabajo de aquel entonces me permitía acceder. En otra ya famosa situación, mi hijo sería atendido, bajo total falta de venía de su madre, de una enfermedad respiratoria que terminaría por agravársele.

De los hijos los rasgos propios suelen ser el blanco perfecto de las lisonjas. Más cuándo en una criatura le florecen nuevos bríos, el padre suele encariñarse de muy otra forma. No habiendo suerte de orgullo propio, el desarrollo del niño viene a ser como una revelación novísima, un milagro que nada tiene que ver con los autos de fe. La sangre de la madre, sin duda, es la responsable de que el padre no tuviese mucho a qué aferrarse aún y cuando esa misma circunstancia tuviese la soberanía de revertir la situación. Cuando a mis manos vino el ángel sin alas, le miré en el rostro sin duda toda de una ignota seña. A un hijo se le puede llegar a amar de la forma inversa en la que no es necesario hacerlo puesto que todo cuánto se le pudiera dar ya se le ha puesto por albaceazgo a los genes. Ese término afortunado, el de “la herencia” que aquel sabio monje cultivador de no sé qué leguminosas dio por llamarle a la predestinación, me ha venido cincelando la testa en estos duros tiempos de memoria filial. Pues bien, no habiendo quedado a muy buen término con la madre de mi vástago, además de la falta de garantía que la ausencia de impronta parental daba, se me sumaba el gravamen de la ausencia en cuerpo del niño. Más, la certeza inescudriñable de que una ausencia más otra ausencia es una presencia completa, terminó por tranquilizarme y sumirme en la dicha de que aquel infante de ser digno hijo mío en suficiente estima me tendría.

Aunque la sapiencia popular reza que no se extraña lo que no se ama, habría que observar que tal esfuerzo de sabiduría no es muy justo con la verdad de que un amor puede quedar reservado a lo profundo en tanto de una manera muy sutil la memoria queda amortajada en una primera piel. En ese río subterráneo vengo a descubrir, y esto me parece aunque discutible no exento de plausible argumentación, una arteria no tan pobre que se podría suponer de ella una estatura semejante a la prosapia. Los reflejos del padre se ven en el niño de tantas maneras como a la imaginación le sea posible ver. Nadie, por más que a la ausencia absoluta se mimetice, debería poder creer desaparecer su espectro. Así como de Dios se dice, en estos tiempos modernos, que su ausencia es el espacio en el que se mueven los cuerpos, y su eternidad la placenta de la que cuelga nuestra esperanza, así del niño entregado al orfelinato de las sombras, construye por padre a un fantasma. De tal manera esto es así que, no sé mediante qué mecanismo, ciertos niños hijos de Orfeo terminan por tener por padre al mejor del mundo. Y si Orfeo tocaba la lira era porque de suyo era la música fugaz y envolvente, la que, transubstanciada en hálito, recorría las sábanas del niño procurándole el dulce sueño.

Argumentación fatua, silogismo villano y patricio, como sea que la mala entraña gestione, lo cierto es que del padre lo menos que podemos hacer es guardarle venerable respeto. De la madre se pueden tener sentimientos tanto más nobles como ruines dada la reliquia nefasta que la naturaleza tuvo a bien darle por regalo. Este regalo, bendición o maleficio, debe su complexión bifronte a que de suyo es el apego que la cría debe sentir por la madre, en virtud de su terrible similitud con la entraña. Nada tan aciago para la civilidad humana que aquella madre que desteta al hijo de manera absoluta condenándolo al aborto moral. Perdonársele todo es posible, menos la ligereza de no dejarse llevar por el instinto de madre. Así, cuando teniendo por modelo y virtud la gracia del universo, pudiendo entrever en éste la mano armónica de un perfecto arquitecto, las sociedades prescriben la admiración hacia la mujer que ha parido y que con el esfuerzo del tesón les ha dado pan y leche a sus crías. No en vano podríamos hallar en el Primer libro del Libro sagrado que por castigo la mujer sufriría al parir y que engendrando hijos se salvaría, como apunta el converso Saulo de Tarso en su epístola a los Romanos.

Importando poco si tal admiración tiene por fuente la más alta virtud, lo cierto es que ha dejado al varón en posición cómoda y en espacio suficiente para salir a la guerra o a la caza. Y si esto es una acción prestigiosa en las sociedades sopretexto de gallardía y dación, debido a la imposición moral del hombre, lo cierto es que viene a ser cierta aquella frase difícil del sofista griego Cálicles cuando aseveraba que la ley siempre es del más fuerte. A expensas de no sé cuántos hijos, ciertos vituperables padres hacen y deshacen en la vida de cuánta moza se les ponga enfrente. Sátiros por vocación, no sabrían siquiera entrever la idea de continencia y de apego a los actos dentro de los cuales descuella el de viril responsabilidad.
Siendo que la mujer tiene casi siempre las de perder, me he puesto en actitud estoica a recorrer las ventajas que tiene la ausencia del padre en el hijo.
Parece ser, y esto me parece evidente pues de otra forma no me atrevería a insinuarlo, que responsable es de nuestra apreciación actual de las relaciones morales, esa visión cristiana de apego a la familia por parte del padre, cuya metáfora más afortunada se ha encontrado en el matrimonio entre la Iglesia y el Cristo. Piedad ofertada por la doctrina cristiana es esta la de que incurre en irresponsabilidad el padre que en nada aporta a la familia, tanto moral como materialmente le sea posible. Delito y pecado, no es bien visto quien a regar hijos por el mundo se dedica dejando por mejor regalo de sí su malhadada semilla. “De la educación se encargan las mujeres”, dicen por allá viles refranes, mismos que regresan cargados de más ceguera cuando es a hombres quienes dichas mujeres educan. Parecería que un hombre desprecia a una mujer en la medida en la que ésta le fue por madre amorosa, y parecería cosa de Belcebú que quien más ama le sea recompensada tal acción con insufribles penas. El encomio, por el contrario, habría de ser encontrado según la indecencia de estos días, en quien ama egoístamente y menosprecia aquello que lo eleva a imagen de querubín.

Según estas naturalezas del todo acorde con la bestialidad a la que le es propio lo humano, es hasta virtuoso que un hombre poco se preocupe por amar a quien sea que fuere. Sin embargo no es del todo cierto que por los frutos se conoce la planta mater de la que surgen tales engendros. Si en pecado es concebido un hijo no de ahí se sigue que en pecado haya de morir. De la misma forma que un hijo hacerse puede mejor imagen de sí ante la falta de mimos y de alcahuetes, procede señalar que el desamor puede confundirse con el desapego que troca el vicio en virtud.
En estos tiempos difíciles en los que el horrendo fantasma repetitivo de la transformación de los valores hace mella, es confuso observar como un hombre puede renunciar al amor que lo esclaviza por mor de una fuerza y carácter viril, o que esta misma experiencia de la observación tope con aquel que es simplemente desamorado e ingrato. Todo radica, según dicen algunos, en el animus que le dota de sentido al acto. La procedencia del fruto habrá que mirarla tanto como el resultado de ese largo proceso ignomioso que es desarrollarse y sobrevivirse a sí mismo.
Pues bien, si el axioma del vulgo aquel de que “los hijos no esperan” fuese realmente incólume, no se entendería la fortaleza del hombre frente al abatimiento del abandono. Viéndole con cruda benevolencia, le resulta mejor al destino humano el de carecer de padres en tanto que la medida de su grandeza es inversamente proporcional a la admiración hacia éstos. No ser fértil es una forma de negarle a la ascendencia su titularidad sobre nosotros, aun y cuando la gloria sea de distinto grado. En efecto, me ha parecido de un tono romántico tener por ídolo a aquel quien nos ha engendrado, justo cuando es éste quien ha puesto sus esperanzas en nosotros. Error tan caro como lo es ese otro el cual en algunos psiquiatras hace estragos: el de la tragedia griega de Edipo que preconiza el infortunio del hombre en que, solamente logra volverse alguien en la medida de la muerte del padre propio. Cada ser humano, aislado de sus antecedentes y subsecuentes, debiera mirar su prontitud con total falta de injerencia de los progenitores e hijos.

Evidencia incuestionable es, luego entonces, la capacidad de cada ser por crecer y desarrollarse a tal grado que logre sobresalir de entre sus llagas profundas o extensas.

A esto he arribado justo en el momento en que un arrepentimiento inventado recorría mi cuerpo estremeciéndolo y agitándolo como si de un guiñapo se tratara. Más, mi llanto en poco ayuda a comprender la fatalidad de las cosas. Ciertamente el mozalbete de gracia era rebosante, y la inocencia que destilaba podía desarmar hasta al ángel rebelde más despiadado, sin embargo me parece, más que de una lógica irrebatible de una inteligencia paciente, que no se extraña más que del disfrute de aquella criatura. Nos decimos del derecho que éste posee de tener a su padre cerca de él y que éste sea el blanco de sus aprecios, pero eso no puede ser más que un pretexto. El mundo del niño se las arregla solo y nada tiene que ver con la ternura que le hemos inventado para redimir nuestra espantosa vileza. No necesito más prueba de ello que el hecho de por sí incuestionable de que esa creencia de que el verdadero juez de nuestra vida son los hijos propios y que son estos los que nos terminarán retribuyendo la grandeza o pobreza en la que hemos invertido, sea de dudosa sazón. Tal certeza no esboza más que un sistema en que una corona se da a los padres por premio cuando han procedido respecto a los hijos con buena educación. “Respetarás a tu padre y a tu madre y Jehovah tu Dios te dará largos días sobre la tierra”, reza el mandamiento completo. Es claro que los octogenarios no terminan en un asilo por ingratitud de los hijos, sino porque la vida debe continuar.

Si esta inercia de la cual es deudora la vida prestará sus argumentos a la moral, seríamos como esas manadas de seres que abandonan a los viejos a su suerte ante la imposibilidad de detener a la manada completa. Así, bajo ese mismo principio arrastramos al niño hacía un mundo en la que pretendemos ponerlo a salvo de la posibilidad de abandono. Se dice que un buen hombre no puede morir solo. Pero he aquí que he visto que el justo es también abandonado por sus propios hijos. En el mundo real no existe principio moral que valga y eso se debe a que la misma naturaleza ha tenido por bien tener a lo real y a lo valioso como si de agua y aceite se tratara.

No teniendo pendiente en mi alma porque la vida espera en su tiempo preciso, miro el día de mañana que ya nace. El espíritu del hombre está allá donde aún la noche no toca, y su libertad allende la ilusión se desvanece.

Alejandro Martínez.
31 de mayo de dos mil once.

sábado, 28 de mayo de 2011

miércoles, 25 de agosto de 2010

EL ANCIANO








Se tenía que enfrentar consigo mismo, dar vueltas alrededor de su habitación, caer silente en el ningún lado. Tenía que repasar una y otra vez sus posibilidades dejadas atrás, sus semillas de futuro. Tenía que ver sus verdades y enfrentarlas con las de los demás, descubrir que la noche y el día, sus buenos y malos, no eran más que lo mismo, que no había diferencia substancial alguna entre la agonía de vivir, y la de estar muriendo.

Cuando hubo desgastado todo lo fascinante, el mínimo de misterio de la presencia, la música, la pintura, la poesía, el beso reconfortante de su mujer, volteo los ojos a una tristeza larga, en donde se depositan los días de los hombres sabios.

Caminar, mirar el ocaso hundirse en un sueño roto, no poder desear ya nada, ni bueno ni malo, eran el presentimiento de una plegaria. Curado de la vida, no era más que un fantasma entre los hombres, es decir, no era más que él ya, sin obstáculo ni dique que lo salvaguardara de sí mismo; era su víctima más doliente, su verdugo más cruel.

Al fondo se fueron sus sueños, sus pensamientos, su vagabundeo: Afrodita había muerto hace mucho, y sólo quedaba la herencia en harapos de su madre Penia.

Contemporáneo de los cementerios, del baldío, no sentía más potencia que el de la muerte, la potencia absoluta, indescifrable, insobornable del vacío.

Avanza, palpa la luz con tu mano de tiniebla,
Atraviesa el silencio que componen las palabras,
Instálate ahí donde ves tus declinaciones emigrar,
En donde radica un no-yo.

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Como si un demonio nos poseyera, un destino viniese a cobrarnos alguna deuda olvidada. Una paranoia, una depresión olvidada que emerge de una insondable profundidad. Estamos alegres, y de repente, ya no.

Ver los cambios que efectúa nuestro ánimo una y otra vez, en tiempos más o menos cortos, en intervalos inesperados, es mantener la consciencia aún despierta: algo que no es nosotros nos mantiene en una región inalterada en donde no penetran los vaivenes del mundo, de nuestra historia personal. Empezamos a adquirir control. Pobre de aquél al que le parece que es siempre el mismo, sin duda se equivoca.

Esta tristeza infinita "que siempre está ahí y que aparece como sin razón, pero que, precisamente por ello, se puede concluir que siempre ha estado ahí", que nos arrebato momentos en los que deberíamos ser pura raudeza, acción o alegría, sin duda, es el centro del ser del hombre.

La alegría, la jovialidad, el extásis, la ternura, el odio, el miedo, toda forma de sentimiento positivo, propuesto por los fluidos del devenir, no son más que periféricos.

Al centro solamente está la tristeza infinita de vivir.

Y más allá, cruzando ese epicentro, como un tunel que nos devora, está la reconstrucción de todas las fuerzas apetentes por construir y destruir; el agobio, la apatía, quedan atrás, y solamente aparece una lucidez flotando en su limbo.

Entonces, es posible hacer lo que sea.

Y hacerlo bien y pronto.



viernes, 20 de agosto de 2010

Los Totalitaristas Frustrados



Refiere Cioran en sus cuadernos:

"Anoche, larga conversación con un poeta húngaro (Pildusky) sobre Simone Weil, a la que considera una santa. Le digo que yo también la admiro, pero que no era una santa, que había en ella demasiada de esa pasión e intolerancia que detestaba en el Antiguo Testamento, del que procedía y al que se parecía, pese al desprecio que sentía por él. Es un Ezequiel o un Isaías femenino. Sin la fe, y las reservas que ésta entraña e impone, habría sido de una ambición desenfrenada. Lo que destaca en ella es la voluntad de imponer a toda costa la aceptación de su punto de vista, atropellando, violentando incluso, al interlocutor. He dicho también al poeta húngaro que tenía tanta energía, voluntad y obstinación como Hitler...Al oírlo, el poeta puso unos ojos como platos y me miró intensamente, como si acabara de tener una iluminación. Para mi asombro mío, me dijo: tiene usted razón"

Sin duda, Cioran se veía en la Virgen Roja. Su admiración por ella, está más de una vez citada en sus cuadernos. "Inmenso orgullo" que causa más embeleso que su "inteligencia" (Pag. 122), recuerdo de "Soriana Gurían más el genio", "rival de cualquier gran delirante de la historia contemporánea" (Pag. 100). Descripciones que aportan una dimensión única a la personalidad de Weil y que, sin embargo, no tienen la mínima nota de veneno o envidia: Cioran tiene razón.

Su "profundo desconocimiento" de sí misma, a pesar de su inteligencia "desconcierta" sobremanera: ¿acaso la inteligencia en un santo revela la materia real de la que está hecho? Toda espiritualidad y muestra de beatitud, sin duda debe tener como contrapeso la idiotez, de otra manera no se trataría más que de Nietzsche. La inteligencia verdadera es demoníaca. Y la penetración lúcida de todo lo real no es más que destrucción, ímpetu de dictador, totalizante a fuerza de sondear su propia destrucción.

martes, 3 de agosto de 2010

Nuestra Bodhisattva favorita


Uno de sus recopiladores al final del prologo al libro "Profesión de Fe" (http://www.institutosimoneweil.net/index.php/web-links/38-libros/81-profesion-de-fe), le llama, si mal no recuerdo, "Nuestra Bodhissatva" favorita.
Certero sin lugar a dudas. Desde luego parecería una aberración religiosa tomando en cuenta que el budismo y el cristianismo son como el agua y el aceite, al decir de algunos especialistas en materia de religión. Pero los especialistas en religión, como bien diría Cioran al hacer una crítica dura contra su viejo amigo Mircea Eliade, no pueden revestir el caracter profundo que encierra la vocación religiosa del hombre. Todo estudio o tratado no es más que la esterclerosis de una savia ya de muy otra ralea: un instinto vital que se pierde en la noche oscura del espíritu humano.
Leer a Weil es con mucho, una de las experiencias más gratificantes que un alma celosa de la verdad anterior podría tener. Y es que no sólo se trata de un lugar común hoy en nuestra decadencia religiosa el prestar oídos a nuevos profetas, si no que, se constata con el esplendoroso brillo de la compasión magnánima de la Virgen Roja, siempre una "historia de amor es una historia nueva".
Su versión del cristianismo, ha destrozado el crucifijo que por tanto tiempo forjó la religión más entredicha de todos los tiempos. Tal pareciera como si, lo que a mi parecer es, la religiosa más ferviente de los últimos tiempos, se hubiese propuesto la labor titánica que emprendió hace más de dos mil años, el Bodhissatva por antonomasia, el real: Nagarjuna ante la momificada escolástica del budismo. Tal labor es la de la destrucción total de todas las seguridades religiosas, los dogmas fundantes, para así hacer más visible el cuerpo real del Cristo, o la ambivalencia del Sunyata.
No hay que ser muy diestro en teología o en hermeneútica religiosa para percatarnos que Weil es, lo que dirían los ortodoxos, una hereje. Pero, ¡oh blasfemia entre blasfemias!, ya quisieran los amantes del cadaver crucificado hablar como sólo ella lo ha hecho, lo ha sabido hacer y aún falta por decodificar. Detrás de su mirada de infinita tristeza por este mundo raído de la posibilidad de la luz, se esconde el más peligroso de los santos, el más fuerte de los espíritus que a naturaleza humana se le pudo haber ocurrido. Sin con el Shakyamuni teníamos suficiente (lograr la suprema ambición de quedarnos sin ambiciones), llega la mística experta en el vacío ha señalarnos la destrucción total de los cimientos de lo que antes llamabamos "Dios".
Totalmente de acuerdo, no se levantan nuevos dioses si antes no se han derrumbado por completo los anteriores. Metareligión, misticismo reinventado, un supremo núcleo que describe la base común de todo sentimientos religioso allende está el deseo de autodestrucción del hombre, de abolición del principio vital y de las causas existenciales, es la experiencia que nos viene a transmitir esta Bodhisattva cristiana.
No deseo ahondar más en el tema de lo que ya he aventado al aire sopena de malinquietar. No es esa mi intención. Resta por decir que se tiene aún mucho que inventar y decir (la misma cosa) acerca de esta mujer hecha de un material distinto a la del hombre. Su genialidad, su iluminación, no nos dejará nunca de estremecer: ha hecho vibrar hasta aquél que creía destruido por completo los cimientos de lo religioso, le ha hecho adivinar la magnitud del silencio de la muerte de un Dios, o el completo desasociego de saberse esclavo de este mundo, víctima de este ocaso sempiterno que es no ser nada, nadie, una errabunda silueta de una nada marchita.

miércoles, 14 de julio de 2010

Yo escrito


No hay nada más fuera de la realidad de la persona que la proyección hecha en papel y tinta: todo cuanto un escribidor redacte no puede más que expresarlo de forma mínima e insustancial. O bien, expresa una parte de nosotros ficticia pero que está latente, una parte sutil, una forma diferida, un espectro, una caricatura. Hasta hoy día, nunca he podido separar lo escrito de quién lo escribe. Incluso en literaturas neutras o insignificantes se puede discernir la impronta de quien sea. Cuando miro un acuerdo judicial veo el estilo de una persona, su voluntad, su tacto. Ciertos textos parecen respirar, tener relieve, transpirar y erizarse. Pero no están vivos. Una sociedad tan penetrada de la palabra, es decir, decadente, está un poco imposibilitada para no creer en la veracidad del abecedario. Nunca nada de lo que se dice, se dice en un solo sentido ni expresa lo que se quiso expresar. Las intenciones del escritor siempre se diluyen en el verbo. Eso de que Jesucristo fuese incomprendido era absolutamente predecible, ¿qué Dios sacamuelas no se iba percatar que eso era tiempo perdido? Para colmo hubo escribientes, malos oídos, memorizadores fantasiosos, peores lectores.

La crónica de sí mismo, es dinámica. La realidad, más apegada al aburrimiento, es decir, al ser, es estática, está quieta. Nos repetimos en nosotros mismos, por eso es posible el encuadre diferente. Esto funda nuestro deseo de libertad, esa pérdida momentánea en el laberinto de las posibilidades. Pero lo posible no es, pues lo que es, nunca es libre: vive atrapado en su segundo, en su continuidad, en el cepo del pasado.

Si eleváramos a Jesucristo a nivel de la metáfora, ¿el kerigma cristiano se mantendría en pie? No, porque carece de sustancia: la divinidad del Mesías se funda en su carácter sobrenatural. En realidad no avala nada, pero nos gusta suponer que un ser milagroso es por fuerza, divino. Invertida claustrofobia de nuestra mediocridad, los seres luminosos resultan poco atractivos si en ellos no hay la chispa del prodigio, ora resuciten a otros, ora se resuciten a sí mismos. La vida del Shakyamuni no está desprovista de tales ornamentos; pero fácilmente se puede adivinar que no son más que elementos ajenos al relato esencial. De alguna manera, la enseñanza central del Budismo es contraria a la idea de milagro, anomalía cósmica que desequilibra el orden de lo perfecto. Tal como diría Spinoza “el auténtico milagro es que no ocurra nada fuera del orden natural, pues la presencia sola de la naturaleza es el despliegue auténtico del milagro”. La naturaleza es el reflejo del rostro de Dios: un milagro equivaldría a que éste sacará la lengua. Todo milagro es demoníaco: quebranta las leyes mismas de un demiurgo. Es un acto de rebeldía creacional. Por el contrario, sustentar que un mensaje reconciliador con el cosmos es por fuerza carente de misterio, de sobrenaturalidad, es desconcertadoramente sospechoso en tanto estamos acostumbrados a las engañifas del prodigio.

Lejos de darle nobleza y espiritualidad al cristianismo, la idea de la resurrección del Cristo, le otorga un aire de cara vulgaridad. El gravamen proviene del hecho de que sólo a un fatuo se le ocurriría pedir un aval a un mensaje si éste, por sí, resulta descabellado o lo suficientemente divino para insuflar aliento espiritual. Y para lo uno y lo otro tiene todo lo religioso per se. Si la “locura” de la predicación es tal, no es por la carestía de medios en su mensaje central para convencer, sino porque se atribuye postulados innecesarios y sibilinos, fuera de esta realidad: ¿qué importa que quien nos hubiese salvado haya sido Dios mismo o cualquier otro, si de todos modos se necesita de un sacrificio externo a nuestro ser para merecer la redención? Si Cristo no hubiese resucitado nunca, si su polvo hubiese sido llevado por el viento y jamás se hubiese atrevido a profetizar que “este templo sería reconstruido en tres días”, en nada variaría su divinidad capaz de asumir la misma muerte que el hombre sufre. ¿Qué imposibilita al creador a inmolarse, no en una cruz, sino en un sepulcro por la eternidad toda? Esto casi es demasiado para la comprensión humana, rebasa su capacidad de representación mental. Pero es más fácil cantar: “¡¿Dónde está muerte tu aguijón, dónde oh sepulcro tu victoria?!” revelándose, finalmente, la suerte de energía que animó al evangelista a pregonar la resurrección: el miedo a la muerte.

Si la resurrección, milagro común al fin y al cabo, escandaloso como un dramón de telenovela coronada por la tragedia, sirve de piedra angular para sembrar la buena nueva, para otorgarle mayor sentido a la fe, poco se tiene que hacer con el contenido de la fe en sí misma, objeto primordial de la señal, conclusión al atractivo de lo sobrenatural. Por el contrario, en las religiones no reveladas, el milagro es algo secundario, banal, e incluso, pernicioso. Prueba de ello es que sólo a las religiones reveladas se les ocurriría que los últimos tiempos la gente sería embelesada por falsos milagros, de anticristos y profetas satánicos. ¿Y dónde quedan los que solamente juzgan el contenido de la doctrina y no su aval misterioso, su enigma sobrenatural? Sin duda morirán en el bostezo universal, cuando llegue el fin de los tiempos en donde todos volveremos a la nada genética, idiotizados y vagando en manadas.

Este ornamento de lo escrito, maquillaje de la cara, empiripollamiento de una verdad, la hace sospechosa. Si algo por sí no es atractivo, se le llena de fru-fru, en suma, “de arte”, y es porque debe tener un parentesco con la charlatanería. Este rococó, es propio del discurso filosófico, del poético, de la literatura misma. El hombre no se expresa en ninguna forma de arte, por el contrario, huye de sí cuando toma el cincel, el arma, incluso cuando hace uso de sus manos en el aire. El hombre se mueve porque desea huir de sí mismo, de su impermanencia, pero ¡oh desgracia de desgracias! su cuerpo lo sigue, su mente no lo deja, esa caminata desbocada, imparable del pensamiento, lo conduce a vértigos insondables, es decir, hacía sí mismo. Todo milagro es una expresión de fastidio universal, de búsqueda del “chisme” jocoso, de la tragedia desgarradora, que “eleva“ al hombre a las alturas de donde un día fue descalabrado. Pero estamos en el fondo: somos pesados, grávidos, las leyes universales de la física se ensañan con nosotros y nos dejan sumidos en la mediocridad de la existencia.

El hombre no tiene milagro, no posee más que la inventiva de lo sobrenatural que, no posee mayor significado que la invención de un mundo aparte al cual aspirar. La pretensión de la escritura es la más sutil de todas, el milagro más desconfiable. Siempre uno sonará el mayor brillante déspota cuando se escriba sobre algo, se dé la opinión de un tema, incluso cuando hagamos crítica literaria. Adeptos a la paradoja, no vacilaremos en destruir nuestra propia creación, y arremeteremos contra nosotros mismos en un acto de frenética redención. Petulancia exacerbada, pues una vez que nosotros mismos nos hemos ensañado con nuestro punto de vista, ya nadie estará más capacitado para hacerlo. ¿Queréis encontrar a los seres más arrogantes? Buscadlos entre aquellos que practican la “sana autocrítica”, y conoceréis a los más intratables, a los más pagados de sí mismos. De esta manera excluimos a los demás de nuestro destazamiento como críticos legítimos, pues sólo nosotros tenemos ese derecho, el de rebajarnos hasta la figura de cadáver.

Una obra difícilmente expresa al hombre que se tiene por su creador. No expresa más que a un fantasma que se tiene a sí mismo como creador, otro de los personajes creados por él. Al hombre que se oculta de tras de esa fachada, nunca le conoceremos. Eso de ser “escritor” causa náuseas y es profundamente revelador de un desaseo de espíritu. Lo sabemos: las grandes almas no escriben, no tienen porque inventarse milagros, sentencias fúnebres, verdades infernales. Intuyen la fuerza de la vida, su caudal imparable, su cumplimiento puntual. No tienen nada que decir como no sea a quien aman, a quien odian, a quien le es indiferente. Pero siempre a ellos, seres de carne y hueso. No conocen la terapéutica del ensañamiento con los hombres abstractos para poder sobrevivir día a día. Matan o perdonan y sufren esas consecuencias. Pero ¡desgraciados de los que vertimos nuestros malestares en el papel: estamos mermados de fuerza para hacer las operaciones anteriores!

La escritura es el mayor acto de merma vital, de decadencia. Las demás actividades del espíritu aún conservan un sabor de fuego y sangre, pero, un escritor, mientras más voluptuoso, más salvaje y visceral suene, más débil y enfermo se encuentra. Jamás he leído un libro que me exprese a la realidad; todo no son más que sutilezas de un intelectual que quiso llevar la vida silenciosa de las fatalidades, de los temblores sudorosos, de los degollamientos superlativos y, simplemente, no pudo y, por ello, se lo tuvo que imaginar. La violencia del lenguaje, su lubricidad, su borbotonzazo de sangre, no anima más que a los tibios, a los cobardes. La imaginación sirve para masturbarnos las imposibilidades biológicas.

Los otros, a quienes envidiamos y de los cuales nos vengamos con artilugios librescos, viven de manera brutal, bestial, placenteros del goce de estar en la vorágine de la carne. Cierto que morirán perplejos ante sus vidas propias, pero eso será un breve instante. Nosotros, en cambio, todos los días sufrimos una muerte anticipada cuando nos percatamos lo imposibilitados que estamos de entregarnos a la molicie, de enredarnos entre las piernas de alguien, de vivir la espontaneidad de las estaciones, la rapacidad de las flores, los delirios animales. Vivimos perplejos de tanta sensibilidad en los sentidos. Cierto que gozamos más con poco, pero la insatisfacción es de otro tipo. Molestos de nuestro desfase, a veces cometemos imprudencias, actos de desesperación, entonces descubrimos que nacimos con mala estrella, que es fatal que nunca nos pase lo bueno, lo gracioso, lo afortunado: terminamos peor que antes pues no estamos capacitados para sustentar los momentos alegres. Para ello sería necesario alimentarse de mañana, estar aventado al futuro con una constante carga de ensoñación y entumecimiento. Pero no podemos, eso, decimos, sale caro, no tiene seguridad, es insensato. Entonces, nos volteamos al libro, al papel, a la máquina: Confeccionamos el universo en donde estamos a gusto, en donde controlamos los elementos de esa realidad, acomodándolos a una forma harto satisfactoria de nuestras potencias. Nos vengamos de los demás sabiendo más que ellos, adivinando sus emociones ocultas, desnudando sus felicidades. Conocemos el sepulcro que les aguarda, el pecado que los corroe, para poder arribar a un pedestal que nos ha reservado la debilidad de nuestra constitución biológica. Esto, no tiene otro nombre más que el de mezquindad, miseria de la especie no apta para la selección natural.

sábado, 10 de julio de 2010

El misterio de la secta

El ventanal da hacia un paisaje maríno, y el aire que sopla desde la costa mueve las cortinas. Parece que vendrá una tormenta. En el horizonte hay oscuridad. El pueblo se disemina por pequeñas colinas, llega hasta la casa del viejo que todavía es iluminada por el sol poniente.

Joven: ¿Qué es lo principal de todo esto?
Viejo: ¿De qué?
Joven: Del libro.
Viejo: Nada; quiero decir, cualquier cosa de todo lo que en ella hay.
Joven: Pero, en su caso, qué le ha parecido más importante.
Viejo: Acepto que todos somos diferentes y que mis obsesiones no tienen que ser la de los demás. En eso tengo gran debilidad de carácter.
Joven: Entiendo.
Matilda: ¿Y te vas a quedar con esa respuesta?
Joven: ¿Por qué no?
Matilda: Porque no responde nada.
Viejo: de hecho se sigue preguntando porque la primera pregunta resultó erroneamente elaborada.
Joven: ¿Siempre es así?
Viejo: Me parece que sí.
Matilda: En su opinión, ¿qué fue lo más importante del libro?
Viejo: La existencia de la secta.
Matilda: No entiendo.
Viejo: sí, verás...Se supone que el libro es un fraude, es decir, no lo escribió el Gadareno de los evangelios, sino alguien más moderno. Esto es una ridiculez puesto que, por ejemplo, a nadie le interesa siquiera si los evangelios fueron escritos por Lucas, por Juan o por Marcos, etc., si no si guardan relación canónica con el resto de los libros del nuevo testamento. Todo estriba en su ortodoxia. Pero, ya que eso es una perogrullada, he de decir que la historia maniquea y gnóstica de los hermanos cósmicos es una ralea ya muy sabida. Lo que no lo es es si la fuente de la cual provienen pertenecia a una liturgia practicante o si era pura invención de un ocioso.
Matilda: me ha decepcionado un poco su observación, creía que procedería a una reflexión metafísica sobre Dios y sus criaturas.
Viejo: No, eso para mí carece de interés: Sé que no son más que fábulas. Resulta más interesante indagar el orígen real de los pensamientos. Si hay la posibilidad de la existencia de una secta, pues es a ustedes a los que ahora les toca averiguar.
Joven: ¿la misión consiste, entonces, en olvidarnos de las meditaciones metafísicas y abordar la genealogía de este libro?
Viejo: les prometo que es mil veces más interesante eso que andar indagando el porqué una serpiente se devora a sí misma.

Matilda y el joven muchacho se quedaron viendo como inquietos, penetrados por algo que no se esperaban...¿Eso era todo?